¿Hoja en Blanco?

By 25 noviembre, 2014n.14 - miedo

por Gonzalo Feijó

Uno de los motores de la literatura -¿a qué negarlo?- es el lugar común de pensar a un escritor desorbitado, inclinado sobre la blancuzca hoja, mientras se pregunta qué diantre va a escribir para corromper la uniformidad indeseable de la hoja inmaculada.

¿Pero esa entidad inmaculada existe, o es una patraña de pedagogo chapucero? Convengamos que la hoja será cualquier cosa menos una página en blanco: un garabato descomunal, una
tachadura infinita de arranques truncos, un acopio empecinado de pasos en falso; en fin, cualquier cosa, menos una página en blanco.
Esa imagen viene por lo general acompañada por otra no menos burda: la del escritor que padece al momento de la creación; es un ser más traumado y agobiado que el Sufridor Odiseo, incómodo siempre, ya sea por el torpedeo o por la ausencia de las Musas, que no han condescendido a atravesar el patio de baldosas temblorosas que llevan hasta su piecita de pensión (porque el escritor es un mero ser espiritual, despojado de las debilidades y urgencias del común de los mortales).
Nada más falso, porque es bastante claro que nadie da a la imprenta un producto intelectual que juzgue canallesco, y porque la lógica de la publicación de libros es una de las formas más nítidas de narcisismo, con sus renunciamientos circenses a cuestas, y la secreta y raramente confesada intención de cambiar el mundo en una frase.
Por lo tanto, se me hace que tal miedo literario no existe, a pesar de haber desviado la atención sobre los verdaderos miedos en ese galpón de convenciones estáticas que es el lugar común. Hay muchos otros miedos que para el escritor inédito (1) suelen ser más palpables e inmediatos. Dejo afuera de este análisis a los escritores éditos, porque convengamos que cuando uno ya está subido al carrusel de la consolidación, la historia cambia bruscamente, y empieza a tallar esa entidad amorfa y altamente perniciosa que los doctos en el tema dieron en llamar «opinión pública».

El amigo purista

Bruscamente, sin que siquiera pudiéramos sospecharlo, un amigo o conocido se ha convertido de buenas a primeras en cruzado contra los matungos del idioma, que de manera imprevista, han corporizado todas sus fealdades en nosotros mismos. Naturalmente, toda crítica sopesada es constructiva; nadie se escandaliza por su aparición, porque al contrario de lo que puede pensarse, es uno mismo quien genera las condiciones para esa crítica, ya que uno por lo general es incapaz de individuar los errores propios, más cuando se trata de «contenidos» que tienen que ver con algo tan complejo y dependiente de tantos factores como la escritura.

Pero el amigo purista persigue otro objetivo: es el denigrador sistemático de todo lo propio, es el crítico ecuánime devenido en censor, que tacha enteras parrafadas, adorna los márgenes con pulgares apuntando al sur, y rezonga por el hecho de tener que perder su tiempo en necedades, tarea que de todos modos realiza con abnegación, movido por el piadoso afecto que le generan nuestras desamparadas páginas. Ese miedo, que por lo general es inconfesado en la oralidad y suele limitarse a la letanía escrita, como muchas de las sensaciones que se hacen carne en el cuerpo del escritor inédito, lleva a cerrar el grifo, como dice Cortázar en El examen, en una página en la que analiza el flagelo con su usual clarividencia:
«Tuve un par de amigos que me querían mucho, creo que por eso mismo no elogiaban casi nunca mis cosas y tendían a criticarlas con una sacrificada severidad. No podía esperar bocas
abiertas ni en uno ni en otro. Me señalaban todas las patinadas de pluma, todo lo inútil; veían en mí como un deber a corregir. Eso me obligó, por lealtad y agradecimiento, a cerrar las canillas mayores y dejar el chorrito de agua. Ponía la copa debajo y cada tantos días –y noches y noches dándole vueltas, limando sacando moviendo puteando-, empezaba a formarse algo que podía quedar.»
Durante cierto tiempo me esforcé en hacer circular algún escrito que consideraba terminado. Luego opté por solventar y hacer correr unos pocos ejemplares caseros (cosidos con hilo sisal, como manda el imaginario), pensando que la presencia física del
libro, enjaulado en el sobre papel madera, movería a la piedad de los lectores. Hasta que decidí de una vez por todas cerrar el grifo, sin caer por ello en el soberbio error de pensar que ellos se lo perdían, sino simplemente entendiendo que, por alguna razón, no
se sentían motivados a hacerlo; ese día fui feliz y libre, y por más contradictorio que parezca, por primera vez me sentí un escritor, porque estaba haciendo algo por mí y para mí.
Sin sospecharlo siquiera, Barthes analiza una fase ulterior de eseartista adolescente, que ahora peina canas:
«A este respecto, confieso algo que me ha ocurrido en casa de amigos que tienen en su biblioteca algún libro que yo he escrito (tal vez leerse sin complacencia unos a otros forma parte de la amistad): me fascina espiar esos libros para ver qué es lo que les pareció particularmente (¿importante, interesante, original, erróneo?) como para subrayarlo. Una especie de curiosidad acerca del desfase siempre presente entre producción y reconocimiento, entre el autor y el lector.»
El reconocimiento público debe ser una de las formas más persistentes de la vulgaridad, y serfamoso, por la razón que fuera, un calvario en continuado.

De luces y sombras
Si hay un libro que resume las luces y las sombras del arte de escribir, ese libro es el frondoso tomo La trastienda del escritor de la exhaustiva Pepa Roma. Volviendo al tema de la soberbia de todo artista – ese afán de trascendencia que en definitiva non es tan nocivo, porque en general, al no salir a la luz los resultados de esa obsesión, suele reducirse a una mera gimnasia privada-, Pepa nos dice:«El buen artista cree que no hay nadie tan bueno como para darle consejos. Tiene una vanidad suprema». En apariencia la elección de esta cita nada tiene que ver con el miedo literario, pero –yo me pregunto-, ¿la soberbia, la altanería ramplona de todo supuesto genio, no expresa en realidad un miedo tácito y potente a no ser aceptados? Borges, maestro en el arte de la falsa modestia, cuenta que su primer libro en realidad fue el tercero que escribió, pero que felizmente éste último fue el primero en ser publicado, porque los anteriores eran bochornosos. Si los anteriores eran bochornosos y Borges establece una antinomia, significa queel último es, como mínimo, más que aceptable, por no decir genial.
Pepa recoge también dos opiniones por demás interesantes de David Bradley, quien afirma: «cuando el mundo todavía no te conoce como escritor, escribir es el único acto de autoafirmación que tienes». Que yo sepa, el hecho de que el mundo todavía no me conozca como escritor -cosa por otra parte tampoco está entre mis ambiciones inmediatas- no me hace menos escritor. De hecho Pepa habla de «la necesidad de romper ese círculo de soledad esencial» como un paso vital a dar para dejar de ser el artista cachorro.

Discrepo absolutamente, porque –parafraseo a Chejov- escribir es ante todo, o al menos para mí, un escándalo de índole privada, esencialmente placentero y solitario, y cuya significación se reduce al simple hecho de hacerlo, sin importar las circunstancias posteriores. Si a esa satisfacción personal se agrega la posterior empatía de un eventual lector, bienvenida sea
(bienvenida por inesperada, como cuando, después de un largo viaje, un amigo querido nos llama a la puerta imprevistamente).

» Ay, Dios Mío» de Malvina Soledad Tejas
Tercera Mención, cat. miedo
I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas Crepúsculo

«Miedo a fobia» de Darío Zana
I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas Crepúsculo

En Bradley rastreo de nuevo la confusiónesencial: cuando se erige en nuestras mentes el concepto de escritor, estamos demasiado habituados a pensarlo en términos de «escritor de mercado» (ya sea este impertérrito o genuflexo), y dejamos de lado a la persona, entre las cuales me incluyo, que escriben por el simple hecho de escribir, porque lo reputan una necesidad básica y esencial de su vida.
Sí coincido con Bradley cuando afirma que «ser escritor es vivir en el filo mismo del conflicto, lo que en el momento creativo se traduce en evitación y atracción, pasión y fobia a escribir». Pero el conflicto no pasa por el dulce caos de la creación – barullo intensísimo y hermoso-, sino, al menos en mi caso, por la imposibilidad creciente de encontrar las condiciones materiales y
temporales para poder sentarse a propiciar ese hermoso caos.
Bradley cierra la faena con dos lugares comunes: «su sino (el del escritor) es pasarse la vida buscando con tanta persistencia la forma de verter todo aquello que le posee sobre un trozo de papel, como huyendo de la página en blanco que espera a ser rellenada». Para empezar, nos encontramos con otro topos recurrente en la vida atribulada del escritor: si bien es cierto que en algunas situaciones hacemos uso de ínfimos trozos de papel para apuntar la idea y que no se nos escabulla, convengamos que no siempre es así, ya que por lo general al momento de escribir no lo hacemos en las precarias condiciones del imaginario medieval; en cambio, la mayoría de las veces, encontramos las condiciones para tomar nota de la idea y seguir adelante con lo que estábamos para luego encontrar el momento
de desarrollarla como corresponde. El otro lugar común: el de pensar que la hoja en blanco espera para ser rellenada; sería pertinente aclarar que ella (2) puede tener utilidades varias, y no se pasa la vida desvanecida en un cajón esperando el momento sublime en el que será protagonista de lujo del despliegue cautivante del escritor.

El miedo a publicar
Otra de las formas más concretas de la soberbia literaria es la del recurrente miedo a publicar; porque convengamos que lo único que puede generar ese pánico es el hecho de darnos cuenta que lo que escribimos «puede no ser grandioso» y «quizás no cambie el mundo». La clave está en pensar que hay lugar para todos en la viña del señor; dicho en otras palabras, entender que no seremos los mejores pero tampoco los peores (renunciar a esa falsa antinomia es tener la batalla casi ganada de antemano), entender que nuestras páginas pueden respirar y existir sin necesidad de esperar el tan ansiado reconocimiento, que ellas no se superponen ni ocupan o pierden su lugar imaginario a favor o detrimento de otros, porque una cosa es la vocación literaria (ese defenestrado pero precioso«círculo de soledad esencial»), y otra cosa es la discordia apretujada, la lucha de egos y codazos entre los tomos que arrumban una mesa de librería. (3)
Se me acusará de ser todavía un cachorro. ¡Lo soy! El cachorro es un ser esencialmente bienpensado, que no se pierde en ilusiones vanas ni espera demasiado de los otros. Creo.


(1) Canallescamente, cuando se habla de escritores, se deja de lado a ese grupo ingente y no menos digno de escritores que, por circunstancias varias, todavía no han podido dar a conocer sus obras. Uno de los propósitos esenciales de este muchachote es el de denunciar la falsa antinomia entre «escritor de culto» y «escritor de mercado». ¡Patraña! Todo escritor édito hoy en día es un escritor de mercado, sin que ello represente en absoluto algo reprobable. Habrá que hacer una distinción entre ellos, por cierto:
los habrá «escritores ligeramente emparentados con el mercado, por una necesidad básica de vocear su mercancía», y los habrá «deliberadamente genuflexos, esos decidores todoterreno que siempre tienen a flor de piel una opinión formada sobre el tema en boga». Uno de los propósitos de esta página es el de defender la existencia -que abrirá una cuña entre las entidades anteriores- de los escritores inéditos, esos artistas ocultos, relegados, que, hasta donde se sabe, respiran, se pasean por el mundo, y, principalmente, escriben.
Por otra parte, se me dirá que internet ha democratizado e invertido esa lógica de trascendencia/intrascendencia, pero claro está que este medio revolucionario nada nos garantiza en cuanto a éxitos futuros.

(2) Recuerdo que, al menos en mi caso, no hay tal hoja en blanco; lo que hay es un manojo caótico de tachaduras y frases inconexas.
(3) Recuérdese el acertado comentario de Borges cuando dice que un escritor, al imaginar un libro, no prefigura sus páginas ni sus párrafos, sino la gravitación física del objeto libro.