# HISTORIAS DE CAFÉ – por Norma Morell

A Víctor Funes le agradaba sentarse en ese bar-café ubicado en Avenida Callao; desde allí observaba, dando riendas suelta a su imaginación. Los habitué del lugar siempre respetaron “su” mesa, junto al ventanal que daba a la vereda. Cada caminante tenía para él algo particular.

Por ejemplo la niña que todos los días pasaba saltando, le hacía recordar a una vieja propaganda televisiva; sólo faltaba escuchar la voz infantil diciendo: ¡Era para untar! ¡Era para untar! O la anciana, que caminaba con mucha dificultad, y que sin embargo no dejaba de saludarlo con una sonrisa, acostumbrada a verlo allí sentado.

También aquel señor con aires de ejecutivo, elegantemente vestido. Tal vez -pensaba- no sea una persona de alma buena, se me ocurre que lleva consigo un gran secreto. ¡Quién sabe si la gente que recorre esa vereda o la de enfrente, tengan la misma pasión, los mismos sueños!

¡O no! Pero sueños al fin.

¡Quizás entre ellos hay alguien que va decidido a matar! ¡O sabe Dios si ya lo hizo!

Otros irán al encuentro del amor, o a terminar con él. Están aquellos que en forma solidaria vuelven unos pasos para ayudar a alguien. Los de bastones blancos con sus lazarillos.

¿Qué pensarán?… ¿Qué es lo que guardan en sus almas?… ¿Doloridas inquietudes?, ¿Falsos futuros? ¿O una alegría, porque alguien alguna en un apretón de manos, pareció ofrecerle su amistad?

El café se enfría en el pocillo, y Víctor sigue esperando el pasar del niño que toca en la armónica una bella y dulce melodía, que tanto lo estremece. Entonces pide otro café.

Por fin el niño entra, como todos los días, Funes lo escucha y agradece por sus melodías. Le da unas monedas que el niño toma, pero antes de retirarse, las deja sobre la mesa, mirándolo con una sonrisa. Un ritual.

Pasan los meses, y así sucesivamente, las mismas personas, los mismos gestos, parecen robots –pensó-; pero el niño, que cada día con una melodía distinta entra y le endulza el alma, nunca buscó dinero, mas bien, con su música trata de alegrar almas solitarias.

Un día de esos como cualquier otro, el niño faltó a esa cita misteriosa.

¡Cuánto dolor en el corazón de Funes!

En ese momento sintió culpa por no haberse tomado un tiempo para la charla y preguntarle algo de su vida… solamente disfrutaba el momento; y ahora que él no había llegado a la cita, reflexionó: Los seres humanos vemos o sentimos lo que hacen por nosotros y nos regocijamos por ello. Tal vez el niño en su soledad buscaba la atención de mis palabras y no lo noté.

Nuevamente el café se enfrió. Apoyó la cabeza sobre los brazos, con los ojos cerrados pudo comprobar que su alma no estaba sola… fue fugaz.

Con otro modo de mirar la vida y sus circunstancias, abrió los ojos, y vio sobre la mesa, una armónica, unas pocas monedas… y el café humeante.