por Analía Do Carmo

El tiempo vuela, puede decir alguien que siente nostalgia del pasado. No pierdas el tiempo le dicen, a veces, las madres a sus hijos cuando perciben que ellos no logran concentrarse en su tarea. Solemos escuchar y repetir esas frases como si el tiempo fuera algo tangible;

como si pudiéramos alcanzarlo en una esquina y decirle en el rostro que tenga piedad y que no se vaya tan de prisa. La Humanidad ha sentido desde siempre la obsesión por la idea del
tiempo. Sin embargo la percepción angustiosa de ciclos de 24 horas agrupados con la forma de colecciones de minutos y segundos es una característica propia de la modernidad, que se ha ido acentuando con el perfeccionamiento progresivo de los mecanismos de medición. Cada civilización y cada sociedad han interpretado la temporalidad de manera distinta. Nosotros somos los hijos del reloj mecánico, la máquina que ha logrado producir una medida de tiempo exacta.

La máquina del tiempo
El primer instrumento utilizado para medir el tiempo diario es un reloj de sol egipcio que data del año 1.450 antes de Cristo. Consitía en un artificio que señalaba las horas del día a partir de la variación uniforme que experimenta la sombra proyectada por una varilla sobre una escala. El origen de los relojes mecánicos no es bien conocido pero los primeros modelos de la historia se asocian a los monasterios e iglesias. Según cuenta una leyenda el primer reloj moderno funcionaba por la acción de pesas y fue inventado por un monje llamado Gerbert que, a fines del siglo X, se convirtió en el Papa Silvestre II. Sin embargo otras fuentes señalan que fue en el siglo XII, en Borgoña, donde un monje ideó un sistema mediante el cual cada hora era indicada por el toque de una campana.

En los monasterios, antes que en cualquier otro lugar, surgió la necesidad de dividir la vida del hombre en intervalos regulares para alcanzar la meta de una vida ordenada y conocer con precisión cuándo era momento de orar o de hacer sonar las campanas. A partir del siglo XIII el reloj comienza a aparecer en las ciudades incentivando la organización de las actividades de los mercaderes y de los trabajadores. El desarrollo del capitalismo desviará la atención de las personas de lo intangible a lo tangible. El tiempo empieza a ser percibido como una medida que puede usarse o economizarse y ser manipulada para manejar los ritmos de la producción de mercancías. La Eternidad dejó de servir como medida de las acciones humanas.
Lewis Mumford, un historiador de la técnica, se preguntaba en su libro Técnica y Civilización:»¿Acaso fue debido a este deseo colectivo cristiano de asegurar el bienestar de las almas en la eternidad, mediante plegarias regulares, que la división del tiempo en horas y las costumbres temporales de orden se apropiaron de la mente de los hombres?»
Desde las versiones más rudimentarias, como la del reloj de arena o la clepsidra, el hombre ha intentado dominar el paso del tiempo. Aunque, claro está, que todavía no ha podido dominarlo. Apenas si hemos conseguido contabilizarlo estableciendo una medida para organizar la vida.
Si usted lector intentara imaginar sus días sin la compañía constante de un reloj seguramente tendría muchas dificultades ya que hasta las funciones orgánicas más básicas están reguladas por las agujas. Muchas veces comemos no porque tengamos hambre sino porque el reloj indica que es momento de hacerlo. O vamos a dormir no porque sintamos cansancio sino porque el reloj lo ordena. Sin embargo los seres humanos, que somos los únicos capaces de distinguir pasado, presente y futuro, no siempre hemos percibido los acontecimientos como ordenados e irrepetibles. Basta un breve recorrido histórico para verificarlo.

Filosofía del tiempo
La idea de historia como una secuencia de acontecimientos ordenados e irrepetibles forma parte de nuestras concepciones modernas. La mayoría de las civilizaciones antiguas vivieron de acuerdo a la mitología del tiempo cíclico que lo describe como una duración continua. La noción de tiempo cíclico, la primera desarrollada en la historia del hombre, presupone un tiempo infinito, que no comienza ni termina y que se repite constantemente como los ciclos de la naturaleza. La percepción de la temporalidad estaba ligada a la sucesión de días y noches, a los cambios de las cuatros estaciones y a una serie de experiencias que se repetían: el sol asoma por el horizonte, la luna cambia su forma y el viento mueve las copas de los árboles. La idea del eterno retorno y de un universo circular que gira sobre sí mismo supone, a su vez, la repetición y, en última instancia, que no fuera posible la aparición de lo verdaderamente nuevo. Siguiendo este razonamiento se observa que para las civilizaciones antiguas lo que sucede en el presente no tiene, en realidad, un sentido absoluto, puesto que todo se repetirá a sí mismo eternamente.

Si continuamos curioseando en épocas pasadas encontraremos
que, por ejemplo, en la Edad Media las acciones de los hombres y la vida mundana se movían desde la perspectiva de la vida en el más allá. La esperanza de alcanzar la felicidad se situaba en el otro mundo. Por lo tanto es lógico pensar que el tiempo terrenal no tuviera la misma significación que hoy. El tiempo medieval se caracterizaba por ser prolongado y lento, estaba dotado de un carácterético y sagrado y los acontecimientos ordenados por la intervención divina. Con la consolidación del cristianismo, la noción de tiempo experimentó un cambio importante, ya que esta religión negó la posibilidad de un tiempo cíclico. La pasión, muerte y resurrección de Jesucristo eran hechos únicos e irrepetibles que daban sentido a la existencia humana. Así el tiempo empieza a ser percibido, fundamentalmente, como lineal y orientado hacia el futuro, y todo el sentido de la historia aparece como un desplazamiento en el tiempo, que tiene su origen en la creación y que culminará en el juicio final, que será el final de los tiempos.
Para el pueblo egipcio la creencia en una vida después de la muerte estaba tan profundamente arraigada que se concebía como una continuación de la etapa terrenal. Incluso se pensaba que en esa vida futura se encontrarían las mismas dificultades, peligros, y sucesos diarios que en la tierra. Tenemos que pensar que si la muerte era entendida como tránsito y no como fin, la experiencia de temporalidad y el valor del tiempo presente eran muy distintos al que manejamos en la actualidad.
La civilización moderna deposita todas sus expectativas en el presente. A medida que los mecanismos de iluminación artificial se fueron perfeccionando, primero utilizando gas y luego electricidad, fue posible aprovechar en su totalidad las horas del día. Según John Bury, quien escribió un libro que se llama La idea del progreso, la esperanza de lograr una sociedad feliz en este mundo ha venido a reemplazar, como centro de movilización social, a la esperanza de felicidad en otro mundo.

La idea del progreso
La física moderna, la medicina y el resto de las disciplinas científicas justifican su existencia en la expectativa de que es posible que la humanidad logre mejorar su estadía en la tierra. El futuro se presenta como un horizonte temporal deseable en la medida que aparece como un espacio de infinitas posibilidades par la experimentación.
En la antigüedad, por el contrario, se percibía al tiempo como enemigo de la humanidad porque se pensaba que el mundo llevaba, en sí mismo, el germen de la decadencia; que se estaba viviendo en un período de inevitable degeneración y que cuando ese momento llegara todo se disolvería en el caos dando comienzo, nuevamente, al proceso de la historia.
El tiempo moderno es la condición esencial para que exista la idea de progreso ya queéste carecería de valor si supiéramos que el mundo va a acabarse en un futuro próximo. Así como la Humanidad se ha puesto metas como la libertad o la organización social, el progreso es un concepto que sitúa las esperanzas del hombre en el futuro y supone que la civilización está destinada a avanzar indefinidamente hacia algo mejor. La idea de tiempo acuñada por la física moderna se basa en el avance constante de la ciencia hacia algo superior que está por venir.
El clima intelectual de la Edad Media no hubiera permitido desarrollar la doctrina del progreso. Sucede que según la teoría cristiana el propósito del movimiento de la historia es asegurar la felicidad en el más allá y no se creía posible lograr cambios que pudieran traer esa felicidad en el transcurso de la vida terrenal.

Tiempo libre VS tiempo de trabajo
Hoy, con la vista puesta en el presente, la pérdida de tiempo se convirtió en uno de los pecados más odiosos para los predicadores religiosos protestantes. A menudo las personas que disponen de mucho tiempo libre son tildadas de vagas o perezosas. Es interesante observar que en la actualidad cuando hablamos de tiempo libre nos estamos refiriendo a un tiempo muy concreto, que no es el laboral. Prácticamente el tiempo libre se define por oposición al tiempo de trabajo. Resulta paradójico que en el pasado las actividades de ocio fueran, practicadas, exclusivamente, por las clases dominantes ya que eran dignificantes y conferían honor. Mientras que las llamadas de no-ocio (negocio) eran exclusivas de clases inferiores que trabajaban en la obtención de elementos útiles para satisfacer las necesidades vitales de la sociedad. En la Antigua Grecia el ocio era lo opuesto al trabajo e implicaba liberarse de la necesidad de trabajar para disponer de tiempo. Claro que esta concepción fue posible porque Grecia disponía de un contingente muy grande de esclavos que cumplían con las labores necesarias para la supervivencia del conjunto de la ciudad. Por lo tanto la posibilidad de tiempo libre de unos se fundamentaba en la ausencia de tiempo libre en otras personas. Pero a diferencia de la época actual ese ocio era un estado del ser, una característica inherente de la persona que no tenía necesidad de trabajar y no una cantidad determinada de tiempo que se tenía por fuera del trabajo.
Muchos coinciden en señalar que no fue la máquina de vapor la máquina clave de la época moderna sino el reloj porque permitió sincronizar las acciones de los hombres y establecer regularidades en su comportamiento. El tiempo mecánico hizo posible pensar al día como secuencias aisladas y organizar los tiempos de trabajo necesarios para impulsar el funcionamiento de las fábricas en los comienzos de la Revolución Industrial.

El tiempo como invención del hombre
Más allá de los diferentes significados que se le ha dado al tiempo a través de la historia la noción no deja de ser una construcción subjetiva relacionada con creencias particulares de cada sociedad. Para Albert Einstein la distinción entre pasado, presente y futuro es sólo una ilusión persistente. El tiempo no es real como sí lo serían la materia y el espacio. Carlo Rovelli, un físico de la Universidad del Mediterráneo en Marsella, dice que «En realidad nunca podemos ver el tiempo. Decimos que medimos el tiempo con relojes, pero solo vemos las manecillas de los relojes, no el tiempo en sí mismo.» Filósofos como Immanuel Kant y Friedich Hegel también insistieron con la idea de que el tiempo es una representación intelectual antes que una realidad conocida a través de la experiencia.
¿Qué es lo que los relojes están midiendo entonces? Seguramente todos hemos experimentado alguna vez la sensación de minutos y segundos que parecen extenderse eternamente o, por el contrario, la impresión de un tiempo que pasa demasiado rápido como un rio que fluye sin detenerse nunca. Es muy distinto pasar un minuto bajo el agua que estar un
minuto leyendo un libro. Es probable que el tiempo sea un concepto humano, algo creado por la mente y medido por ella. No somos esclavos del tiempo quizás apenas rehenes de la medida
que hemos creado para contabilizarlo.