# HA PASADO MUCHO TIEMPO – por Graciela Beatriz González

Aunque han pasado muchos años y mi boca tiene surcos dibujados por el tiempo, en el instante exacto en que llamaste, floreció aquella sonrisa de adolescente que permanecía guardada en mi memoria.

No sé si fue un presentimiento pero, hace un par de meses que me he dejado el cabello como antes y he comprado la colonia con tres números iguales que dejaba en mi cuerpo ese olor a flores frescas que tanto te gustaba.

La ropa ha cambiado y también yo. Quise recuperar la onda del pasado y descubrí que aquella moda de falda mínima ya no me queda pero, los colores son los mismos y con un poco de esfuerzo quizás, a tus ojos, mi vestido se asemeje.

Si supieras… Me estuve preparando todo un día para mostrarte que, en definitiva, sigo siendo la misma mujer que conociste.

Tuve mucho miedo cuando viajaba para verte, no fue buena la despedida y quizás tampoco será bueno el encuentro. He hallado tres mil doscientas cincuenta y tres palabras para decirte, las he ensayado desde que me llamaste por teléfono, las he escrito en papelitos de colores, las he pegado en la puerta de mi heladera, las he estudiado aunque, probablemente, no recuerde ninguna de ellas cuando estemos frente a frente.

Llegué a tu ciudad hace dos horas para buscarte, ahora camino por calles desconocidas que me parecen eternas (debí ponerme los zapatos viejos, los metatarsos vencidos me duelen a cada paso) y llego por fin al bar donde me esperas.

¿Entro o no? Demasiado tarde, siento tu mirada que me estudia mientras mis rodillas tiemblan, me recompongo y te sonrío con soltura; nos damos un beso de circunstancia en la mejilla mientras el mozo nos apura para la orden y, sin darme cuenta, pido para ti un café negro, sin azúcar y mi cortado liviano, con ella. Me miras sorprendido y escudriñas mi rostro (me pongo colorada de vergüenza) y luego me dices crudamente: ¿por qué me dejaste? Me levanto al instante, de mis ojos surgen lágrimas como vertientes, me acerco, acaricio tu cara, beso suavemente tus labios y me marcho, no sin antes sacar de mi cartera un sobre con una carta de hace muchos años y depositarlo en tus manos.

Te quedas allí, derrotado, con un rictus de rencor dibujándose en tus labios y yo voy hacia la Terminal de Ómnibus para emprender el camino hacia mi ciudad. El retornar será penoso, se conmocionaron mi mente y mi corazón, pero siento íntimamente que he actuado de la manera correcta. He visto en ti al hombre que había amado, que amé siempre y aún así volví a dejarte, aunque esta vez las razones hayan sido diferentes; ha pasado mucho tiempo, cada uno tiene sus cosas y la balanza nunca se inclinará a nuestro favor.

En mi casa todo está normal, me reciben con alegría mi perro y mi gato, ellos siempre esperan mi regreso. A la noche mientras preparo mi cena te recuerdo, el paso del tiempo no te ha cambiado casi nada, mi corazón dio un vuelco al verte pero no pude soportar esa angustia que todavía te acompaña. No sé el por qué de tu pregunta, por eso te devolví la carta donde me decías que te irías de viaje porque necesitabas despegar, realizar tu destino y, como consuelo “espero que te vaya bien”. Así se dieron las cosas; de todos modos me ha hecho feliz estar contigo.

Ha pasado un mes; temprano en la tarde me siento al sol tibio del invierno en el jardín de mi casa y preparo el mate para pasar un buen rato, el perro ladra desaforado como cada vez que llegan visitas, me levanto y voy hacia la puerta, allí estás tú, con el sobre que te diera, en la mano.

Te pido que pases y mientras nos saludamos, me entregas la carta. No es la que te dí, la abro y leo asombrada “Debo decirte que ya no te quiero, he perdido el amor que sentía por ti, lamento que así sea”, firmada con ¡mi nombre! Mis ojos se abren con sorpresa y te digo que yo jamás te envié esta carta, ésa no es mi letra, es parecida pero ¡es la letra de mi mamá! Te tomas la cara con las dos manos y me dices con pesar -yo tampoco escribí la carta que recibiste, es la letra de mi hermano.

Sin decir nada te llevo al patio y señalo la silla que está a mi lado, los dos nos sentamos en silencio, el sol nos da en la cara y cerramos los ojos; tus manos buscan mis manos…

 # Suma

Nuestro amor es la suma

de todos los amores vividos en el tiempo.

Como un río incesante, desfilan

las noches de luna veladas en vigilias

y los sueños vanos.

Tiene la luz del sol cuando amanece

y las sombras tempranas de la noche,

el llanto de los dolientes solitarios

y la alegría desbordante de los jóvenes.

Está hecho de terribles recuerdos

de frustraciones y abusos,

escogidos de nuestras memorias.

Aunados están los dolores del alma

por caprichos del destino.

Este hacedor de encuentros y desencuentros,

halló la manera de lograr un enlace único

que devino en amor,

el signo más, en esta coincidencia cósmica.