Fotos Viejas – Fundación Tres Pinos
mención de honor IV Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Héctor Alfredo Prahim

“Sólo está el viento donde la rosa estaba”
Walter de la Mare

Enrolló el hilo en el dedo y mordió para cortar. Giró el sobrante en el botón recién pegado, y enhebró más hilo en la aguja.
Solo nos queda el silencio, dijo, y comenzó a remendar. En vano había intentado darle cuerda al fonógrafo.
El aullido de un perro logró levantarle la vista de la costura.
No tema, dijo, y clavó la aguja en la almohadilla del costurero, y fue a colgar el traje de marinerito en el respaldo de la silla. Yo siempre voy a estar aquí.
Regresó y se sentó en la cama. Tomó uno de los zapatos, el izquierdo. Untó un trapo en la pomada y frotó rápido. Estiró el brazo y contempló el brillo. Lo mismo hizo con el derecho, y al terminar de lustrar los puso uno al lado del otro. Giró la cabeza y sonrió, triste, besó la planta del pie del chico.
No se enoje, dijo y se pasó la mano por los ojos. Lloraba despacio y sin lágrimas. Fue hacia la cómoda, y regresó con un peine y un frasco de gomina. Se sentó y le acaricio la cara. Lo tomó de la pera y dividió el pelo despacio, remarcando la línea del medio con los dientes del peine. Una brisa caliente entró por las rendijas. La mujer dejó el peine y se puso de pie, caminó hasta la ventana. Miró hacia el fondo de la calle. Suspiró y volvió la vista hacia el perro que había pasado toda la mañana aullando; ahora estaba acostado, con el hocico entre las patas, asándose en el viento de la siesta. La mujer apartó los ojos, y corrió la cortina, volvió a la silla.
Van a empezar a venir, dijo, y levantó del respaldo el traje de marinerito. Una vez más comprobó que los botones estuviesen bien pegados, pasó un dedo por un zurcido, lo llevó hasta la cama, lo dejó junto al chico. Basta con que aparezca uno primero, dijo, o dos, para que después vengan todos de golpe. Déjeme vestirlo, sea bueno.
Pasó el pantalón por una pierna. Después por la otra. Con mucho esfuerzo se lo subió. Lo tomó de la espalda y lo sentó. Lo sostuvo mientras le colocaba la camisa, primero una manga, luego la otra. Se limpió el sudor con el antebrazo y se quedó pensando. Percibió el olor de la gomina cuando descansaba la cabeza en el hombro del chico.
Comenzó a abrochar botón por botón, demorándose en cada ojal. No pudo llegar al último. Se levantó y fue hasta el baúl. Hizo como que buscaba algo, no quería que el chico la viera así, con lágrimas en los ojos.
Gracias por dejarse vestir, dijo, y fue hasta el ropero, hurgó, y volvió con una caja de cartón. Se sentó. Con el pie corrió la escupidera debajo de la cama, y fue pasando en el regazo fotos viejas, de casamientos, de hombres posando con fusiles y haciendo venias. De pescadores sobre la cubierta de una barcaza descascarada. Siguió hasta que dijo:
Ésta, mire. Si, es ésta. En la foto aparecía un chico sonriendo, sentado en un banco de plaza, en pleno día de sol. La mujer sopló suavemente la foto y la besó. Se puso de pie y fue hasta el espejo, colocó la foto en el borde del marco, y se corrió el pelo hacia un lado.
De un día para otro se envejece, dijo y miró al chico a través del espejo, sonrió desganada. En cambio usted, agregó, usted va a ser niño siempre.
Golpearon la puerta. La mujer volvió al lado del chico, le puso los zapatos, y terminó de abrocharle los puños.
Nuevamente golpearon. La mujer cerró los ojos, y respiró profundo. Alzó las manos del chico, se hizo una caricia torpe en las mejillas y brotaron lágrimas. Bajó las manos, le entrelazó los dedos. Le cerró los ojos, y oyó el aullido del perro. Se demoró con un beso en la frente, y por tercera vez llamron a la puerta. Se puso de pie, se acomodó el pelo y tomó aire.
Pasen, dijo.

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