Falta o privación de algo Necesario / María de los Ángeles Frutos

Cuando me invitaron a hablar sobre este tema, no pude escapar a la tentación de remitirme a la definición de la palabra que lo nombra y que, por ende, le da existencia. Así me encontré con que carencia es “falta o privación de algo necesario”, y también con una serie de preguntas…

¿Quién, o quienes, definen lo que es o no necesario en nuestras vidas? ¿Es uno mismo, o son otros quienes se toman ese trabajo? ¿Cómo podríamos hablar de carencia, sin hablar de Carencia de que? ¿Acaso nos faltan elementos vitales para la subsistencia? ¿Para el crecimiento físico y personal? ¿Para mejorar nuestras relaciones, nuestra calidad de vida, etc.? ¿Son estas necesidades reales o son creaciones de otros que nos son impuestas?
Esta duda, la necesidad de preguntarme por estas cosas, me llevo a intentar superar este simple juego de interrogaciones con otras como ¿Se trata de tener un mejor coche, dos o tres televisores, computadoras, ropa de tal o cual marca, juguetes híper costosos, viajes a lugares recónditos del planeta?, etc.
Entonces, como un primer intento de respuesta, corremos a lo largo del día para generar algo que nos de dinero y así poder saciar todas esas faltas y no sentir esos vacíos tan grandes en nuestras vidas.

En las noches la disputa familiar por el control remoto suele ser agotadora, entonces “carecemos” de paciencia y entendimiento con nuestro conjugue e hijos, pero lo mas importante es que carecemos de otro televisor y… corremos a comprar otro, algo mas para cargar a la tarjeta.
Satisfecha esta carencia, nos damos cuenta de que el auto, ese que siempre nos acompañó y con el cual realizamos algunos lindos viajes “no tiene todas las comodidades como debiera”. Los asientos no son tan buenos, no tiene aire acondicionado, ni dirección asistida y no sé que mas.
¡Entonces vamos por más!!!!
Porque nos merecemos ese confort, pero porque sobre todo ¡lo necesitamos! Y acudimos a un préstamo. Personal, prendario, hipotecario, ¡no importa! Tenemos que tener el nuevo auto y, después de todo, la cuota no es tan alta.
Nuestros hijos crecen y ya no se divierten como antes. La montaña de juguetes y juegos en su cuarto no es suficiente, ya no los satisface. Necesitan una play station, con joysticks, memoria, guitarra, y un sinnúmero de juegos, y más accesorios que no recuerdo. Todos sus amigos la tienen y no quieren venir a casa porque no pueden jugar “a los jueguitos”. Además ya tenemos otro televisor en donde conectarla y, aparentemente, eso nos permitirá estar todos en paz.
¿Que hacemos? compramos el bendito aparato que terminará en un estante y sólo se usará unas cuantas veces por mes. Comprendiendo finalmente que esta satisfacción nos salió cara y sólo fue satisfecha por una semana.

Pero esto no termina aquí. La era tecnológica nos invade y todos los chicos de la escuela tienen faceboock, juegan en mundo gaturro, club penguin, cartoon, etc. y para poder compartir con sus amigos los nuestros deben pasar un buen rato conectados a Internet. Cosa que determina que solo podremos usar la computadora si salimos sorteados o si nos levantamos a la madrugada. Esto último siempre y cuando nuestro hijo aun no este en la adolescencia, sino tampoco es una opción.
Pero volviendo al punto es que no tenemos la computadora para trabajar -o creían que solo la usaba para jugar horas a un juego online-, entonces debemos salir a comprar otra porque una…una no es suficiente.
A esta altura, puedo asegurar que carezco de sueldo. Sí porque los primeros días del mes mi ingreso se va en el pago de todas las cuotas de los elementos que compramos porque realmente necesitábamos.
Pero ese no es el punto que busco darle a estas líneas, vivimos en un mundo que diariamente crea necesidades, grandes o pequeñas y que tiene la habilidad de hacernos sentir que realmente nos faltan todas esas cosas que nos ofrece y que nuestra vida sería mucho mejor si las tenemos. Pero si comenzamos a prestar atención a todos esos mensajes, si los analizamos, podemos dilucidar que sobre todo solemos carecer del poder de discernimiento. Que todas esas cosas que necesitamos imperiosamente facilitan nuestra vida, pero no son imprescindibles como creemos.
Carecemos de voluntad para negarnos a comprar como valederas todas las cosas que la sociedad de consumo cree que son necesarias.
Al seguir pensando y repensando sobre las carencias, me surge un intento de ordenarlas de alguna manera, en un punteo de distintos órdenes, aunque unas y otros se mezclen y superpongan…

Los Hijos

En el orden familiar, hay veces en que carecemos del carácter necesario para negarles a nuestros hijos todo lo que se les ocurre, aunque nos cueste horrores costearlo, porque sabemos que ellos no tienen la culpa de la inflación, del atraso en el pago de las horas, viáticos y demás.
Y también hay ocasiones en que carecemos de la voluntad para enseñarles qué cosas son realmente necesarias y que es fundamental el esfuerzo y trabajo para conseguirlas.
Carecemos de paciencia cuando ellos están aprendiendo, porque no entendemos los sistemas modernos de enseñanza. O mejor dicho porque nos molesta pasar tanto tiempo tratando de que aprendan a leer comprensivamente, cuando es más simple suponer que eso debería hacerlo la maestra.
E íntimamente vinculado con lo anterior, carecemos de respeto hacia quien les enseñan, porque nos piden que desde casa nosotros colaboremos, y como no podemos, no sabemos, o no tenemos espacio para hacerlo, solemos recurrir al descrédito de la docente, trasladándole la carga de nuestra responsabilidades.
Pero principalmente carecemos de tiempo de calidad.

«No te extraño pero te añoro, no te suplico pero te lloro»
de María Mercedes Languingue

II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

«Ademán -sin título social» de Félix Morrillo
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Estamos con ellos en todo momento pero sentimos que no los disfrutamos, que no jugamos, que no compartimos lo suficiente. Siempre hay algo más importante que hacer, planchar, cocinar, ordenar, trabajar, etc. Y ellos se la pasan saltando a nuestro lado tratando de llamar nuestra atención y que le dediquemos una sonrisa, un beso o una palabra alentadora.
Carecemos, muchas veces, de la capacidad de escucharlos. Cuantas veces nos sorprendemos gritando un ¿Qué Queresss?, para obtener como respuesta “darte un beso mamá” o “ayudarte a lavar los platos” y te sentís el peor padre del mundo, porque lógicamente estabas enfrascado en tus problemas y el se dio cuenta a pesar de su corta edad y solo quería reconfortarte.

El Trabajo

En el orden laboral, fruto de la rutina y del agobio, solemos carecer de consideración, como una válvula de escape podemos ofender a alguno de los compañeros, colocándole algún sobrenombre ridículo o tratándolo mal, sin tomarnos la molestia de saber un poco más de sus vidas y que es lo que ha llevado a esa persona a ser de tal o cual forma.
Carecemos de tolerancia, y en nombre de nuestras verdades pisoteamos al otro, sin siquiera ponernos a pensar un minuto e intentar comprender cuales son sus razones para pensar distinto.
Carecemos de respeto por el trabajo del que me precedió, todo lo anterior fue errado, malo, feo y yo debo ponerle mi impronta, dejarle “mi marca”, aunque la misma no podría realizarse sin la base del que estuvo antes.
Carecemos de dedicación cuando realizamos nuestras tareas, porque aunque este mal o a medias, yo “al menos” hago algo, a diferencia de la nada que hacen los otros. Y esa es la justificación de nuestra mediocridad.

Orden personal

Si bien los dos ítems anteriores dan cuenta de escenas personales, existe uno que es íntimamente propio. En él es en donde carecemos de tiempo para llamar a nuestros amigos. Aquellos que son los amigos del alma y con quien hemos pasado infinidad de momentos felices en la vida, y pasan los meses y no sabemos de sus vidas. Pero, como ellos tampoco llaman, entonces parece que está todo bien.
Y es en este espacio donde suelen aflorar nuestras creencias religiosas, y nuestra carencia de firmeza y convicción para sostenerlas. Porque si abiertamente hablamos de que creemos en un dios y que queremos educar a nuestros hijos en base a ciertos lineamientos, muchas veces se nos burlan y ridiculizan y cedemos mansamente a esas burlas en vez de intentar que el otro entienda nuestra fe.

Es en nuestra intimidad donde reconocemos que hay momentos en los que carecemos de la sinceridad necesaria para hablar con aquellas personas más cercanas, como padres y hermanos, para decirle cuanto los queremos o necesitamos en determinados momentos, porque eso nos haría ver como sensibleros o débiles y no es cuestión. Pero sabemos que habremos de arrepentirnos de no haber dicho lo que sentíamos el día que alguno nos falte.
Y es allí, en nuestro espacio tan íntimo donde nos damos cuenta de que carecemos de predisposición para escuchar y hablar cuando es necesario y acumulamos broncas que solo nos envenenan el alma y nos hacen sentir miserables. Porque es mejor no enfrentar lo que la otra persona tiene para decir, sobretodo si creemos que no nos va a gustar lo que vamos a escuchar.
De nuevo en el espacio público, en la calle, nos damos cuenta de que carecemos del raciocinio al manejar un vehículo o mejor dicho de la capacidad de incorporar los “código necesarios para tal fin”. Porque la “calle es una jungla donde nadie respeta nada” y no nos interesa ir gesticulando y puteando a cuatro vientos delante de nuestros hijos. Sobre todo cuando momentos antes los reprendimos y castigamos por decir algún improperio.
En este lugar se manifiesta nuestra carencia de solidaridad, ante el problema de aquel desconocido que camina a nuestro lado, ante cualquier contratiempo que él experimente seguro que habrá otro que se hará cargo.
Yo no tengo tiempo para perder declarando o acompañando a alguien que no conozco y sigo mi marcha como si nada hubiera pasado, sepultando al otro en el olvido. Pero sobre todo nuestro Ego nos oculta la carencia de humildad y de sabiduría, ya que consideramos que nuestras vidas son un derroche de virtud, y buenas decisiones; y que los otros viven equivocados. Pero la realidad nos muestra que somos seres humanos con más errores que aciertos y que solo eso es lo que hace más interesante nuestra existencia.
Que se entienda que no estoy en contra de todo lo que he escrito, sino que considero que debemos comenzar a tomar distancia de la vorágine cotidiana y darle espacio a esas otras cosas que nos forman como personas y dejamos arrumbadas en el fondo de nuestro corazón y mente.
Darle espacio a esas habilidades necesarias para sentir que somos parte de algo, y mirar nuestra vida con otros ojos. No como consumidores desenfrenados que solo necesitan generar divisas para poder comprar todo lo que creemos necesitar.
Creo que lo más importante es darnos cuenta de cuales son nuestras verdaderas necesidades y tratar de satisfacerlas, eso hará que nuestra vida tenga un verdadero sentido.
Pero sobre todo que podamos evaluar cuales son las cosas que al final vamos a llevarnos. ¿A dónde? A donde cada uno considere que iremos después de la muerte. En mi caso al cielo, aunque creo que por algunas de estas carencias voy a tener que pasar un tiempito por el purgatorio.