# ESTO NO SE LLAMA DE NINGUNA MANERA – por Marta Cuerpo

Siempre había un lugar a donde se escapaba. No estaba en ningún sitio en particular, era algo más subliminal, quizás. Era una habitación llena de pizarras blancas, con rotuladores de colores esparcidos por el suelo -jamás podrías encontrar allí un Kreidemarker negro. Con millones de juguetes que coleccionaba. Con estampas y fotografías de personas grandes a las que adoraba. Con evocaciones y sensaciones vibrando por ahí, esperando a ser actuadas. Con símbolos que inventaba y que con un grácil garabato implosionaba.

Cada vez que entraba por la puerta lo hacía de manera eufórica, porque siempre encontraba algo que la impedía que se enfadara. Era de esas personas que un día se cayó en lo profundo de un pozo y cuando salió descubrió que era capaz de rasgar motivos para la risa en todo cuanto rozaba. Y es que uno tiene que haber experimentado la velocidad del vacío, la oscuridad, para darse cuenta de que es la luz quien realmente viaja.

En ese lugar hay probablemente más historias que días vividos. Más personajes que intérpretes. Más conceptos que lenguaje pueda existir. Ficciones que no eran, si no, realidades a destiempo. A veces por vergüenza, otras por torpeza, en la mayoría de los casos por ironía y otras veces porque… Las quería guardar ahí y no sacarlas hasta que con ellas pudiera recrear la magia ofreciendo una sorpresa.

Entre todo aquel batiburrillo de coleccionables presidía un cuadro encantado: los relojes blandos de Dalí, “La persistencia de la memoria”.

Si esto fuera un relato, tal vez, debiera titularse así.

Era un espacio que resultaba feo y bonito. Un espacio lejano y cercano. Infinito y acotado. Dulce y salado. Acuoso y airoso y, pese a todo, estrafalario. Era un lugar atemporal e inmortal. Y podría decirse que en silencio, pero no sería cierto porque en ausencia de ruido ella siempre escuchaba su propio latido.

Cada vez que entraba por la puerta lo hacía sin edad, porque al entregar lo que llevaba miraba a su alrededor y se daba cuenta de que por mucho que pasara el tiempo, por mucho que aparecieran las arrugas en la piel, o las canas en su pelo; ella seguía siempre coleccionando el mismo cielo.

Y cada fragmento que encontraba por ahí le remetía a la misma historia. Al mismo destino. A la misma época en distintos años. Al mismo… ¿Sentido? A un cambio en la dirección. A un extraño viaje ilusionista recorrido a pasos de equilibrista. A unas nubes de algodón, que no necesitan ningún alcohol para quemar y producir combustión…

Así como por casualidad, siempre que cerraba la puerta algo se escapaba. Y al salir, ella lo encontraba. Con cariño, y sabiendo muy bien el motivo del azar, recogía al milagroso motivo esquivo y le contaba siempre la misma historia:

-¿Y si crees que vives para el tiempo, y en realidad es el tiempo quien vive para ti? ¿Y si el tiempo no hay que pasarlo, sino absorberlo en tu pasear? ¿Y si todo lo que viene se fuera y no volviera más?

Pues eso. Que tú estuviste dentro y ahora ya… Estás fuera. Pero siempre puedes ser otro, aún siendo el mismo, otro distinto al que yo quisiera…