Están Creciendo, no Pueden Perder un Minuto
por Matías Di Loreto


Nora dice con tono firme aquello que la exasperó y aún la exaspera: “pareciera como si los docentes estuviésemos leyendo un libreto y los pibes pasan y nosotros con el mismo libreto; vuelven a pasar y nosotros igual”. Sin levantar la mirada –como ausente— hace un ademán con el que parece mover el tramo de una singular cinta de montaje. “Yo no estoy de acuerdo con esa profesionalización”, concluye.
Cuando Nora era profesora de Educación Física una de sus intenciones fue la de mirar más allá de ese grupo de alumnos que durante el día vestían guardapolvos y que con ella maniobraban en joggings y zapatillas cómodas. Entonces, interactuaba con las historias de nenes expectantes o aburridos, adolescentes que amagaban cuerpazos, o de recios morochos con fulgor en los ojos.
Así lo hizo en la Isla Maciel, partido de Avellaneda, cuando se hizo cargo de sus primeras horas de clase. Luego en Barracas y también en Florencio Varela. Una constante atravesaba esos destinos: últimos orejones del tarro en los actos públicos, nadie quería dar clases en colegios de distritos donde el Estado se hacía presente apenas con guardapolvo y tiza en mano –también estetoscopio en el mejor de los casos— recibiendo, en consecuencia, demandas que encontraban sin respuestas a los docentes.
Por eso fue que en cierto modo el camino para ejercer la docencia no tuvo demasiados obstáculos para aquella joven egresada de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) en el año 1978. “Nunca hice suplencias”, grafica.
Ser profesora de Educación Física para Nora significó extender su militancia universitaria y llevar al ámbito escolar sus convicciones de cambio social, de que la Educación debe ser inclusiva.
Dice: “Yo me formé entendiendo a la Educación con el binomio educare/educere, lo que podés absorber y lo que sacás de adentro. Y en esa tensión el conocimiento es una construcción colectiva, dialéctica, y el aprendizaje debe ser holístico, integral. Todo está en tensión. Es tan sencillo como entender eso”.
Sin embargo, aquello que Nora explica con el gesto de quien enuncia lo obvio no fue –a decir verdad— la constante que encontró en las instituciones escolares en las que se desempeñó. Algunos miembros de las comunidades educativas que integró parecían ocupar el lugar adonde nunca quisieron estar, desestimando el rol de jerarquía que ocupaban en la formación de muchos chicos y chicas, dejando pasar sin pena ni gloria las historias ante las que se anteponía como una tapia sorda, un mismo método de trabajo. Un “mismo libreto”, vale decir.
¿Cómo se lucha con eso desde adentro mismo del sistema? ¿Tomando el toro por las astas?

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Una vez, siendo profe en la entonces Escuela Nº 39 de Melchor Romero (La Plata) a Nora le llegó el comentario de que Ramón andaba hosco en las clases, con atención dispersa, la cabeza en otra, o profundamente triste. Con el comentario también llegaba una rudimentaria explicación: “está así porque todos los días tiene que ir caminando hasta su casa que queda en La Granja”.
En las orillas hacia el oeste del cuadrado platense los trabajadores golondrina un día decidieron hacer nido allí, consolidándose algunos puñados de casas que luego adoptaron nombres como Abasto, Lisandro Olmos, La Granja y Melchor Romero, entre otros, con servicios de la gran ciudad al alcance de la mano –como el hospital o la escuela—.
Más de 30 cuadras eran las que Ramón tenía que recorrer hasta llegar a la escuela o a hasta su casa, decían. “Así no hay temple ni voluntad que aguante”, habrán concluido. Pero Nora desconfió de esa explicación y quiso acompañar a Ramón –ya sin sus ropas de docente y desestimando la cautela que sugiere la responsabilidad civil— para saber realmente cuál era la causa por la que había dejado de destacarse en matemáticas así como en sus clases de gimnasia. Pero el pibe no caminó hasta La Granja sino que a poco de andar se metió en la estrechez del asentamiento del que todos desconfiaban. En una oscura casilla de chapa y madera aquel niño a quien Nora llama “luz de mis ojos”, había presenciado el nacimiento de un nuevo hermano por parto repentino, alumbramiento prematuro y delicado que la madre superaba en el reposo de un hospital. Y sin el amparo materno, los hermanos habían quedado a cargo del padrastro, borracho y violento.

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Nora afirma que es a través de la expresión de los chicos en la escuela que uno puede conocer a la comunidad en la cual se inserta. “Yo digo que Ramón es la luz de mis ojos porque él me hizo conocer todas esas historias”: aquel pequeño universo que latía en la pobreza a pocas cuadra de la 39 y que los docentes se empeñaban en ignorar, abocados en interpretar lo que allí era un remanido libreto. “Nosotros no podemos hacer nada con eso, no te podés involucrar”, insistían.
Con experiencia en la docencia y con ganas de afincarse en un establecimiento cercano a lo que ya era su propio nido familiar en las afueras de La Plata, Nora acumuló en la Escuela Nº 39 sus horas de clase; horas que la movilizaron a tomar decisiones importantes para su vida y que concentran los recuerdos que se acumulan en su mente, ahora que ya está retirada de la actividad.
En 2004 en el patio de la escuela sucedió el sumun de la violencia que atravesaba aquel barrio marginal donde Ramón crecía: un joven montado a caballo entró buscando a otro –alumno de la 39—, queriendo cobrar un asunto pendiente. A dos cuadras de ese patio una foto en un monolito con amuletos, cartelitos y frases recuerdan hoy a la víctima de aquel fatal episodio que dejó pasmada a la escuela en su conjunto.
“El miedo paralizó a la institución”, dice Nora. Entonces la escuela fue cerrando sus puertas, como si el candado en aquel portón de rejas pudiera evitar que allí dentro se manifestara la crisis que afuera ofrecía un abismo al que habían caído, por ejemplo, presidentes de la Nación.
Así lo recuerda Nora: “Dejaron de sacar a los pibes de la escuela por miedo a que pase algo; el miedo a lo diferente te va paralizando, el miedo a hacer algo distinto”. Y para ella, el corsé educativo es fatal: “No podés perder un minuto con los pibes. Están creciendo, no pueden perder un minuto”.

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En el año 2007 la legislatura de la provincia de Buenos Aires sancionó con fuerza de ley la reforma del sistema de enseñanza primaria y secundaria, creando una nueva escuela secundaria básica de seis años de duración. Nacía así la ESB N° 78 de Melchor Romero. La expectativa de este cimbronazo no tuvo eco, sin embargo, en los sucesivos concursos que se celebraron para ocupar la dirección del nuevo establecimiento, quedando desiertos todos y cada uno de los llamados que se hicieron en instancias distritales y regionales. La papa caliente llegó, al fin, al plantel docente que la 39 legaba a la flamante escuela.
Entonces, el toro por las astas: Nora tomó a su cargo la dirección de la ESB Nº 78 entendiendo que estaba ante una posibilidad concreta para incidir sobre la realidad de un barrio casi invisible y sobre el horizonte de posibilidades de una generación en riesgo, que crecía a la sombra de un modelo de sociedad que a lo largo de los años creaba desigualdad. “En la escuela eso se ve de una forma descarnada. La escuela es expulsiva y nadie da un minuto de su tiempo”, dice y afirma: “no es voluntarismo ni la vocación sarmientina, es compromiso. Se perdió la centralidad que es el pibe; ¿para qué estamos acá, para qué estudiamos? Por los pibes”.

“Ilustrar” - Laura Bettini-

«Ilustrar” – Laura Bettini-
IV Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Tras la asunción de la nueva dirección, la matrícula inicial del colegio se duplicó con la incorporación de aquellos a quienes el sistema educativo, sus libros y sus teóricos definen como los que están en la frontera. Es decir, los pibes del asentamiento que Nora había conocido tras toparse con la cotidianeidad de Ramón y que habían encontrado en esa mujer curiosa a una referente que hablaba —habla aún— de “educar para la libertad. Lo dice Paulo Freire. Lo más difícil es plantear la Igualdad que es diferente al Respeto porque esconde una desigualdad; y así vivimos replicando los mecanismos de poder que la escuela no reconoce. No se trata de imponer, sino de reconocer, aceptar y actuar”.
Avalada por un marco legal que fomenta la participación estudiantil, la inclusión y la vinculación de los contenidos curriculares con el mundo del trabajo, Nora puso en tensión las prácticas y costumbres pasivas que formaban parte de aquel entorno escolar, un tanto menos progresista que la ley que por primera vez hablaba de “sujetos”. La 78 debía ser otra cosa porque “¿es del docente el aula y la escuela?”. Si era expulsiva, los jóvenes de Melchor Romero y sus alrededores tenían que apropiarse de la institución (un bien público, al fin) y ser protagonistas del proceso de aprendizaje, donde la propuesta curricular serviría como un umbral desde donde arrancar.
“La Educación requiere de la continuidad de estímulos, de vínculos que permitan una conexión que favorezca la construcción colectiva del conocimiento. Y también la Educación significa la continuidad en ciertos hábitos, que aquellos chicos no tenían”. Por eso Nora se empeñó en hacer de la 78 un lugar que recibiera a pibes y pibas, que los esperara, y en el que participaban de ciertos “rituales” como saludar a la bandera, cantar el himno, o comentar antes de entrar a clase algún episodio significativo para
ellos. Y como también dispone la ley, se formó un centro de estudiantes.
Además, el Ministerio de Trabajo provincial comenzó a implementar allí talleres de oficios y de informática con título habilitante. Entonces, la escuela cobraba vida fuera de su histórico horario con actividades coordinadas también desde la UNLP y el Ministerio de Educación de la Nación, a través del Programa de Voluntariado Universitario. “En la escuela también hicimos cumpleaños de 15 y ¡hasta una fiesta de casamiento!” comenta Nora, orgullosa.
Aquella pujante iniciativa duraría 4 años, no sin obstáculos. Por el contrario, el lugar de relevancia otorgado a los jóvenes no fue del agrado de aquella comunidad educativa. “La dirección es un lugar de Poder y debe ser compartida, sino no existe, no sirve”, dice Nora y esa fue su mayor frustración. En principio durante el tiempo que duró su paso al frente de la 78 no hubo quien asumiera la vice dirección, al tiempo que los deseosos del verticalismo se dedicaron a profundizar lo que Nora denomina “un boicot”: “La variable común era la de no darle clases a los pibes, y para mí eso fomenta la desigualdad. Siempre apoyé las medidas de fuerzas de mis compañeros, pero en contextos como el de esta escuela la variable no puede ser esa, es necesario innovar en las medidas de fuerza y que no sean los pibes sobre quienes caiga todo. Me da la sensación de que no se sienten parte de un Estado”.
Junto a la extensa nómina de acciones desestabilizadoras Nora también insiste en mencionar las satisfacciones que le produjo compartir esa pendiente con algunas personas invalorables como Adriana, la cocinera de la escuela que abría la escuela los sábados, o “Paola, una preceptora que le daba clases a los pibes cuando no iban los profesores y ante quien sus compañeros argumentaban que eso le correspondía a los profesores y que ella no estaba para eso”.
“Yo era la loca, la que caminaba por el límite, la que estaba fuera de toda legalidad”. Por eso lo que para ella significaba el empoderamiento de una generación, para otros era encubrimiento: “una vez se llevaron presos a unos pibes a la comisaría que está frente a la escuela; los acusaban de robo en banda y recurrí a la Comisión Provincial por la Memoria y junto con el asesoramiento de la CORREPI (Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional) me ayudaron a sacarlos”.
“Yo también había estado presa en la misma comisaría”, revela Nora y evoca: “Fue en el año ’75 cuando cursaba en la Universidad y militaba en el Movimiento de Orientación Reformista. Estábamos volanteando en una fábrica textil de Olmos a la que querían cerrar y nos llevaron a todos. En el baño, me tragué unos papelitos en los que tenía contactos de compañeros”.
El “secreto” que la directora confió luego a sus alumnos estrechó aún más aquel vínculo deseado pero lejos de constituir una casualidad, cierra el siniestro círculo en el centro del cual, en la década del 70, se ubicó a la subversión, encontrándose hoy los jóvenes de sectores populares como el enemigo de época sobre el cual recaen las políticas de seguridad, así como la exclusión, estigmatización y criminalización.

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Prematuramente jubilada del sistema formal que fue expulsivo también para ella, Nora insiste en su vínculo con la docencia y participa en la localidad de City Bell del Centro de Artes y Ciencias, una experiencia impulsada en nuestro país por Olga Cossettini y reconocida como “escuela activa”, cuyos objetivos son –a grandes rasgos— eliminar las fronteras entre la escuela y la comunidad, fomentar la pluralidad y el respeto por la personalidad infantil.
“La educación también es una utopía para mí, como dice Eduardo Galeano. Nuestro rol es abrir ventanas y decir ‘ahí está el mundo’. Lo importante es seguir caminando”.