mención de honor IV Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Marcos Rodrigo Ramos

Al Chino Pratt lo mataron cerca de la estación de Castelar una noche de Agosto. A lo mejor era cierto que se estaba haciendo el galán con una mujer que tenía dueño y que el macho ajustó cuentas. Lo que si sé es que lo mataron por atrás, de u tiro en la nuca, y eso no se perdona.
El Chino y yo éramos carne y uña, siempre juntos con las mines, el faso y la cerveza en “El Viejo Graff”, riéndonos de todo y de todos cuando pasaban las ratas por el mostrador y las cucarachas te cobraban el peaje para entrar al baño. Al bar lo cerraron por ruidos molestos, pero esa es otra historia, un día si quieren les cuento.
La cosa es que cuando me avisaron ya habían cerrado el cajón y el granuja del hermano del Chino estaba haciendo de las suyas de levante con la rubia que servía el café en la cochería. Triste en un rincón lo encontré al Tano. Fue él quien pasaba justo por el lugar y al escuchar el tiro encontró el cuerpo baleado del Chino. Todavía respiraba. Le pregunté quien había sido pero solo logró balbucear dos frases: “lunar blanco en la espalda” y “pampero de luxe”. La primavera evidentemente se refería a una mancha en la piel, en cuanto a la segunda no teníamos ninguna idea de a qué podía referirse.
Dos semanas después del asesinato, la mujer del Tano lo descubrió. En las paredes de la estación Morón había visto pegado el cartel de una de las presentaciones de la banda de rock “Pampero de Luxe”.
De inmediato informamos todo lo que sabíamos al comité el cual nos dio carta libre en cuanto a gastos y procedimientos para vengar la muerte del querido Chino Pratt, contando con autorización hasta para matar a toda la banda. Si bien este hubiera un recurso práctico y veloz desistimos de él. Eran cinco los músicos y no llevaría demasiado tiempo el descubrir cuál de ellos era el del lunar blanco en la espalda, el asesino.
El 12 de septiembre se presentaba Pampero de Luxe en la pizzería “La Farola”, el calor era insoportable. El primero en entrar a probar sonido fue un pibe de pelo castaño largo de no más de dieciocho años, todos le decían Fede. Fue allí que noté que la mayoría de los reflectores estaban a su espalda. Mandé al Tano a que se colocara en una de las mesas que estaban detrás de él. La banda no sonaba mal, dos guitarras, bajo, batería, cantante y la clásica novia de un amigo en euros esporádicos. A mitad del concierto, tal como lo había previsto el baterista se sacó la remera. El Tano al rato se acercó con el informe: ningún lunar en la espalda.
En el intervalo me acerqué al escenario en donde el bajista realizaba ejercicios de digitación. Me presente fingiendo estar interesado en que la banda tocara en el local de un amigo. El Gemelo Ramos me pareció un buen tipo, simpático y amable no sólo me ofreció charla sino que también me alcanzó una de las guitarras, una Ibanez azul oscura.
Comenzamos a zarpar un blues y se nos unió el baterista Fede. Diría que el tema salio bastante bien porque la gente hizo silencio para escucharnos y luego nos aplaudieron entusiasmados (cuando era mas pibe toqué varias veces en Pappo’s Blues pero esa es otra historia, algún día si quieren les cuento). De pronto alguien me quitó la guitarra con bastante violencia y sin mirarme dijo: “Basta de pavadas”. Era Zequi, uno de los guitarristas; su pelo largo y su barba desaliñada no ocultaban su cara de odio, en cierta medida lo justifiqué porque “el instrumento de un músico es como la novia, no se presta”.
El Gemelo me presentó a los integrantes del grupo. Allí mismo los invité a que vinieran ese domingo a la tarde a comer un asado a la quinta que tiene el Comité en Seré. Les dije que iba a estar un amigo que tenia un programa de radio y que llevaran los instrumentos porque estaba interesado en escucharlos para financiarles una grabación. Aceptó complacido sin sospechar mis intenciones reales.
El domingo hacia calor. En la quinta toda la fachada estaba preparada. Nada parecía poder salir mal. A las once llegó la banda. El Tano fingió ser un productor. Rápido conectaron los instrumentos y optaron por realizar un show acústico, los temas sonaron tristes, dramáticos pero bien ejecutados.
Luego vino el asado. Tal como lo habíamos planificado la Punga se llevó a un galpón del fondo al guitarrista y compositor de la banda Juan. Bastaron treinta minutos para que volvieran. La Punga me hizo una seña. Juan tampoco era nuestro asesino.
No tuvo suerte con Pady, el cantante, que prefirió quedarse cerca de los chorizos, argumentó que le debía fidelidad a su novia (fidelidad a las achuras dijo la Punga). Zequi, el otro guitarrista, el melenudo que me había quitado la guitarra me miraba fijo, al notar que yo también lo observaba sonrió y señaló a Helga con el dedo. Helga era mi novia, mi amante, mi mujer. Aunque no quería que lo hiciera le dije que fuera con él. Pasaban los minutos y ninguno de los dos volvía. Se me acercó el Gemelo con su bajo y una guitarra. “tocate algo”, me dijo. Le hice caso. Sobre la base de un blues cuadrado improvisé notas agudas, fraseos tristes, con fuerza, estirando las cuerdas a más no poder, gritando con las manos, hundiéndome en la vorágine de la música como en un profundo sueño, llorando sin saberlo. Cuando terminé el Gemelo me abrazó como si supiera y comprendiera. No hacían falta las palabras, bastaba su abrazo de hermano, de amigo, tan parecido al abrazo del Chino y sin embargo…
El Gemelo no se sacó en ningún momento su gruesa campera por lo que no pudimos realizarle la revisión. Al rato llegó Helga mascando chicle. “ninguna mancha”, me dije prendiendo un cigarrillo.
Sólo quedaban como sospechosos Pady y el Gemelo. El Tano dijo que los matara a los dos y listo. Yo dije que no, el próximo domingo después de la actuación de Pampero de luxe en la plaza de Ituzaingo, me encargaría yo mismo de meterle un tiro en la nuca al asesino del Chino Pratt.
Esa semana el Tano me contó que había visto a Helga salir del departamento de Zequi. Ella negó todo. En cierta medida me alegró porque pensé que si me había mentido al meterme los cuernos, también lo podría haber hecho cuando me dijo que no había ninguna mancha blanca en la espalda de Zequi.
El domingo fui solo a la plaza. Era de noche y el anfiteatro estaba lleno. Todos los músicos se acercaron a saludarme, todos menos Zequi. Fui a una de esas cabinas de plástico que habían puesto como baños químicos, allí cargué mi arma con una sola bala, una calibre veintidós como la que usaron cuando mataron al Chino Pratt.
Entre el público estaba Helga, noté que ni siquiera se miraban con Zequi, pensé que quizás el Tano se había equivocado con el dato que me había dado. De repente ella fue hasta el escenario, él se acercó y se besaron en la boca rápido. El recital seguía pero ya no podía escuchar la música, mi alma no la escuchaba. Cuando termino el concierto y viendo que Zequi estaba solo y nadie me veía lo empujé con violencia y lo metí adentro de una de las cabinas de los baños. No alcanzó ni siquiera a verme la cara cuando le metí el balazo en la nuca.
El Comité y todos los familiares del Chino me felicitaron “Por fin podrá descansar en paz”, dijeron. Yo ahora ando bien, con Helga mucho mejor. Volví a tocar la guitarra eléctrica. No les voy a contar en que banda ni en reemplazo de que fallecido guitarrista. Esa es otra historia, un día si quieren les cuento.

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