2do premio IV Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Daniel Gerardo Borré

La ceniza iguala a todos, (Lucio Séneca)

Improbable texto de Víctor Veronius, escritor ignoto, contemporáneo del emperador Adriano. Casi nada del relato resulta verosímil, inconstancia de Petronio. Y, sin embargo, entre líneas pervive, apócrifo o no, un incierto autor latino, arcaico, acaso un Víctor Veronius conjetural, remanente, quien con obstinación estoica, más que talento residual, pareciera sobreponerse a esta adulterada traducción.

I. En la pared lateral de una taberna la sombra disimulaba una borrosa inscripción, una advertencia: «muchos a los que la Fortuna ensalza luego de repente los abate y pisotea». Para Tiberius Larcius la admonición no podía ser mas ridícula. En los últimos años su patrimonio se incrementaba sin pausa. Tierras fértiles, viñedos, ganado, una pequeña flota, numerosos esclavos, su magnifica villa Aurea y, sobre todo, la creciente e inocultable envidia de conocidos, clientes y algún cuestor le daban la exacta medida de su éxito.

Una y otra vez se había beneficiado con el lucrativo comercio, las crisis que brindan inescrupulosas ganancias y una aptitud filosa para la usura, disimulada en afable solicitud. Los meses venideros aportarían comicios y ahora sus amistades lo propondrían como edil. Controlaría el mercado, las tiendas, organizaría los juegos para la plebe…Más riquezas, expansión y prestigio. Era hora de dar señales de agradecimiento a los dioses.
Traspasó el vestíbulo y en el atrio iluminado por el mediodía lo recibió un anciano sirviente. Llama a Marcellus, le ordenó con prisa mientras caminaba hacia el peristilo. Se aposentó en el tablinio, aguardó unos instantes y llegado el cocinero lo exhortó sin ahorrar ansiedad: prepárate para el banquete más trascendente de tu incomoda existencia. Mañana, a la hora nona, comenzará el festín. Nadie olvidará a Tiberius Larcius.

II. La servidumbre es difícil. Mal paridos, mal alimentados, mal criados, los esclavos son ingratos. Los hay genuflexos y sumisos, vencidos. También los hay dóciles y amables, con vocación de servicio, pero son una minoría. Muchos, rebeldes, tributarios de la férula y el rigor. Lamentablemente los castigos sólo tonifican su resentimiento. Si se los trata con bondad confunden al amo con pastor. En la mayoría de los esclavos se esconde un conspirador, ladino y cobarde, agazapado en los escombros de su debilidad pero resistente. Por cierto, de vez en cuando, el azar, la suerte o los lares nos conceden un buen siervo, pensaba Tiberius Larcius.
Marcellus, próximo a los cincuenta años, de obesidad circunscripta al abdomen, las mejillas y las manos, de ojos pícaros y sonrisa fácil, había nacido en Julia Gemella Acci, Hispania. Confiable, manso, leal y consecuente, era un incondicional amante de la cocina y del vino. Artífice inagotable de manjares: Tiberius Larcius le debía gran parte de su renombre como anfitrión inigualable.
De nacimiento dudoso en Aquinium, Campania, Decimus Iunius era tan lúcido como sensible y dotado de una extraordinaria memoria. Aún no había cumplido los veinticinco años; la poesía, la oratoria, el griego y el latín se daban en él con prodigiosa naturalidad. Treinta mil seistercios, varias mulas y buenos caballos había pagado Tiberius Larcius por él en Roma. Y ya el joven se les había hecho recuperar con creces, por su consejo a menudo perspicaz y su indudable habilidad en la confección capciosa de documentos y contratos.
El arrogante amo sentía por ambos siervos una
renovada gratitud, que cuidaba de no explicitar. El día de la cena imaginada estaba próximo. Marcellus y Decimus Iunius serían, sin sospecharlo, sus protagonistas extremos.

III. Cuando la misma mañana del banquete Tiberius Larcius le comunicó su plan a Livia Pompea sólo encontró una indignada resistencia a aceptarle de buen grado, proporcional a la infausta sorpresa que en ella provocaba. Sin embargo, no tardó en comprender que su marido tramaba algo superlativo. Tan inusual como contundente, esa decisión le traería ingentes dividendos futuros y de eso se trataba, al fin y al cabo, la esencia de convocar a un banquete. Una excentricidad memorable podría valer más que cualquier burda ostentación de lujuria pensó Livia Pompea, mientras terminaba de sellar el acuerde de complicidad con su esposo. Ajenos a las oblicuas especulaciones, les sirvientes ya se desplazaban excitados por teda la villa; se frecuentaba la cocina, se adornaban los aposentos con flores mediterráneas y se acondicionaban los amplios triclinios que daban al jardín estival. Transcurrida la hora nona, comenzaron a llegar los invitados.

IV. Como ordena la buena costumbre, una vez practicada la ablución de las manos y reunidos todos los comensales, Tiberius Larcius inició un discurso de salutación, bienvenida y auspicios de buenaventura. Cuando todo parecía encaminarse a la gustatio, primera parte del banquete, el anfitrión hizo una inesperada pausa en su alocución y, luego, martilló el suspenso con una prepuesta inaudita.
Tengo un magno anuncio que haceros, expuso con teatral impostación En el transcurso de esta cena se establecerá un certamen sin precedentes. Y prosiguió con grandilocuencia: por un lado, Marcellus, nuestro cocinero, deberá deleitarnos con sus manjares exquisitos y por otro lado, Decimus Iunius, nuestro poeta, deberá conducirnos al éxtasis espiritual. De este modo, se confrontarán el arte gastronómico y el arte poético y quien logre despertar el mayor placer en nuestros sentidos, hasta la embriaguez, será, a partir de mañana… liberto, si liberto, enfatizó, habéis escuchado bien… ¡libre para siempre desde Britannia hasta Carthago! Y continuó exultante …, que Baco acompañe a nuestro cocinero y que Apolo y sus musas inspiren a Decimus Iunius. Vosotros, caros amigos, seréis los árbitros terrenales de esta contienda sin par. Para concluir, exclamó eufórico abriendo los brazos:
¡Que triunfe el hedonismo!
La absoluta perplejidad de los invitados pronto se transformó en espontáneas alabanzas para el anfitrión y concurrentes vociferaciones terminaron consagrando a Tiberius Larcius como «el magnánimo». Si la fabulosa Roma había tenido a su Licinius Lucullus, de ahora en más, su hija menor, la inquieta colonia Cornelia Venerea, -Pompeya-, albergaría en su seno a Tiberius Larcius.
De inmediato se sirvieron los primeros entremeses: una fuente con calabazas cocidas condimentadas con pimienta y comino molidos, un poco de ruda, vinagre y aceite de oliva, y otra con dátiles rellenos con nueces y fritos en miel cocida. Se adicionaban unos multiplicados platos con garbanzos hervidos, deliciosamente preparados con huevos, hinojo y garo espeso.
Bellos esclavos se dispusieron a escanciar una deliciosa mezcla de vino y miel, mientras Marcellus, asistido en la cocina por dos matronas, ornamentaba una elíptica bandeja con finas capas de lechuga, anchoas, aceitunas negras y alcaparras y en otra reemplazaba las anchoas por champiñones y ostras recién traídas.
Nunca antes había imaginado aquel cocinero elemental que hortalizas y condimentos serían sus aliados incondicionales. Cada verdura, cada pescado, cada ave y su carne preparada adquirían, súbitamente, estatus de salvoconducto para alcanzar su libertad.

V. Los últimos colores del cálido atardecer se demoraban en el jardín perfumado de la villa, haciendo más propicia la cena. En una habitación contigua a los bulliciosos triclinios, Decimus Itmius urdía una apresurada estrategia, que neutralizara, al menos, los primeros embates gastronómicos. ¿Podría un conjunto heterogéneo de comensales, pronto ebrios, encontrar deleite alguno en sus recitados y cánticos? ¿Podrían los voraces invitados saciar su apetito y a la vez disponer el ánimo para versos y metáforas? ¿Podría asistirle a la Poesía una fortuita oportunidad de derrotar a la Gula? La desventaja era ostensible, razoné con temprana resignación. Mientras el cocinero tendría como súbditos a los sentidos de la vista, el olfato, el tacto y nada menos que el del gusto, él debería arreglárselas con la modesta lealtad del oído de los asistentes y, en el mejor de los casos, una actuación histriónica podría sumarle algunas miradas de aprobación.
Un mancebo interrumpió abruptamente las cavilaciones del poeta. Lo requería el amo; debía asistir, hacer su entrada, impresionar a la concurrencia.
De armonioso rostro griego y cuerpo juvenil, ataviado con jubón corintio y sandalias plateadas, Decimus Iunius, como un Adonis de provincia, concitó admiración preliminar en la audiencia. Su voz envolvente ensayo un panegírico inaugural, con voluptuosa adulación a su amo. . .Nada entre los cielos y la Tierra es más digno de veneración que la magnanimidad de los elegidos, y Vos, generoso Tiberius Larcius, estáis entre ellos.
Con efectistas aliteraciones y alusión a divinidades mayores el poeta-esclavo fue tejiendo sinonimias entre el anfitrión y la excelencia. Mucho mas vanidoso que sensato, Tiberius Larcius se embriagaba de satisfacción descubriendo, con máxima credulidad en el discurso, virtudes romanas, que nunca antes había sospechado en su persona. Las ruidosas adhesiones de los invitados y el gesto pletórico del anfitrión indicaban a las claras que Decimus Iunius había acertado.

VI. En copas de murrina, que aumentaban la fragancia, algunas damas se permitían aperitivos: suaves vinos de rosas, ajenjo o violetas. La luna
creciente se facetaba con ondulante asimetría en las fuentes gemelas de Venus y Diana. El sonido transparente y fresco de las aguas y los aromas de la cocina invadían sin limitación el patio y las habitaciones más próximas. Mientras tanto, Marcellus preparaba con artesanal esmero y celeridad extrema las réplicas que la summa cena demandaba.
Recostado en un lecho arqueado, desde su lugar de honor, Tiberius Larcius presidía el ágape con enorme beneplácito mientras bebía de su cáliz de oro, con estudiada mesura.
Marcellus ya sabia: primero pescados. Imponentes rodaballos, escaros, salmones y lenguados con exquisita salsa de hierbas a base de pimienta, comino, cilantro, jengibre, orégano y miel eran recibidos con soberbia aprobación. Para contrarrestar el ataque, Decimus Iunius había elegido a Horacio y Virgilio, sin lograr mayor auxilio de sus hexámetros.
El apetito de los comensales se incrementaba con la continua circulación de tentadores platos. En salsa de anís, menta, perejil y puerros irrumpieron unas tórtolas bien cocidas y un inmenso pavo real dorado, todo preparado de suerte tal que el conjunto simulaba un Neptuno y las Nereidas. Una pata del pavo sobresalía como tridente…Marcellus podía oír las exclamaciones, incuestionables signos de explícita admiración, que jugarían en su beneficio, en tanto y cuanto supiera estimularlos hasta el fin de aquella bacanal irrepetible.
Serían las mujeres, preservadas del vino, quienes, avanzada la cena, podrían inclinar la balanza a su favor, intuyó Decimus Iunius. Con magistral oportunismo asestó un golpe mortal a un grupo de damascos y cerezas, que acompañaban a tres pollos Hitos, trozados y sazonados con una pasta agridulce de membrillos y almendras. Por cierto, maravillosos dísticos elegíacos y endecasílabos del consagrado Catulo, acompañados con delicado tañido de su lira, habían encontrado íntimo eco en la feminidad.
Algunos hombres conversaban y hasta discutían con vehemencia alcohólica ignorando a Ovidio. Ácidos epigramas, nuevamente de Catulo, satirizando con soma la ordinariez reconstituyeron el interés de comensales disipados. Livia Pompea y sus amigas, exaltadas, festejaban al poeta y su intérprete. Marcellus se puso en alerta. ¿Podría perder su libertad asesinada por versos alejandrinos?

VII. El calor de la cocina, humos diversos, leña, vasijas, recipientes de terracota, ollas sobre el fuego, voluminosas ánforas, reducido espacio. Sus rellenas compañeras, solidarias en la incomodidad, se habían conjurado con Marcellus prometiéndole que entregarían sus almas para hacerlo liberto. Instante cardinal para invadir con sabrosos lomos de cerdo y corderito, finamente cortados, y mezclados con ciruelas y hortalizas.
Con disimulada inquietud, Valerius se acercó a su amo y le comunicó al oído que había que comenzar a racionar el vino, cada vez más aceleradamente escaso. Tiberius Larcius, fastidiado, le indicó diluirlo con más agua caliente y miel. No obstante, de común acuerdo con Livia Pompea, convinieron en adelantar la comissatio.
Frutas secas, guirnaldas de flores y ungüentos aromáticos para los comensales. Unas sensuales bailarinas, esclavas de Grecia y Oriente, ingresadas por orden del anfitrión, habían cautivado todas las miradas. La fiesta comenzaba a transformarse en leve orgía y unos improvisados versos procaces de Decimus Iunius encontraron magnifica recepción. Sin embargo, la mayoría de los hombres, en ebriedad jocosa, celebraba con griterío coral los deliciosos postres de un inspiradísimo Marcellus.
Tan cálidas como el día, las horas de la noche se habían precipitado y sin consuelo le arrebataban al esclavo-poeta sus últimos fragmentos de ilusión.

VIII. Detrás de Tiberius Larcius, el mural del triclinio mayor atrapaba, entre bermellones, verdes y dorados, el lúbrico beso de un sátiro y una ninfa sosteniendo una manzana. Con la suficiencia egregia de un emperador, el anfitrión convocó a los contrincantes y en su honor propuso un brindis final. Repartió exagerados elogios con falsa imparcialidad. En su interior sabía bien que no podía dejar ir a Marcellus. Las elecciones se avecinaban, ofrecería otros banquetes y contar con un maestro cocinero serviría para ganar más influencias y favores. El bienestar de su esposa también dependía, en gran medida, de Marcellus y sus matronas. Por otra parte, entre sus crecientes allegados contaba con jurisconsultos respetables, que lo asesorarían si fuera necesario. Parásitos adulones no faltarían. Y, en las festivas cenas venideras podría, por algunos sestercios insignificantes, costear el servicio de comediantes, acróbatas y músicos, que alegrarían a cortesanas y comensales. Ergo, podría prescindir de Decimus Iunius sin que se lo extrañara demasiado. Además, en los últimos meses le había parecido descubrir en Livia Pompea sugestivas miradas libidinosas hacia la masculinidad de su todavía joven esclavo, sublimadas en el descuido. . . La suerte ya estaba echada.
Por la autoridad que las leyes y el venerado Iupiter me confieren he decidido, a partir de esta misma noche, conceder la suprema libertad a mi siervo…Un abrupto silencio, tenso como el pulgar suspendido de un césar, agigantó la inapelable sentencia, el nombre postergado…a mi siervo…
Decimus Iunius, proclamó infatuado con absoluta convicción. Los comensales celebraron la decisión brevemente. Las uvas de Baco, transformadas en elixir para los mortales, habían embriagado a casi todos y el festejo pronto se tiñó de disenso. Un coro espontáneo de beodos empezó a nombrar a Marcellus con creciente vociferación. El vino imponía verdad, exigía justicia. Para aumentar el desconcierto del anfitrión, sus mas leales amigos, también extraviados en ebriedad, sumaban al nombre del cocinero el de su amo y repetían, altisonantes, el epíteto de «magnánimo», horadando su arbitraria conciencia como un ariete lacerante y fatal.
¿Qué hacer? ¿Podía dudar, amputar su estima y contradecirse? ¿Era aconsejable mostrarse falible, vulnerable y permitir que torcieran su puño? Y, sin embargo, nunca podría llegar a perdonarse que una desacertada elección, a criterio de sus enardecidos invitados, enturbiara para siempre aquel agasajo dionisíaco, pensó Tiberius Larcius. Cerró los ojos, beso el rubí de su prominente anillo y, por instantes, ya en su omnipresente cargo de edil, el anfiteatro le ofreció toda su arena cruel y el combate encarnizado de los gladiadores y, entonces, escuchó más cercano el clamor de la muchedumbre, que gritaba hasta aturdirlo: ¡magnánimo, magnánimo, magnánimo! Cuando despertó de aquel ensueño grandioso, en un impulso devastador y ecuánime, también libero a Marcellus de su larga esclavitud.

IX. A la hora undécima del día siguiente, Decimus Iunius apresuraba su partida. Iría a Roma, próspera y resplandeciente bajo el imperio de Tito Flavio Vespasiano. En camino a Herculaneum, detuvo su caballo, obsequio tardío de Livia Pompea. En las últimas insurrecciones polícromas del atardecer, el poeta comenzaba a disfrutar, como nunca antes, de la fragancia agreste, la tenue brisa, la maravillosa libertad. Era joven y los dioses del destino le sonreían. Tiempo de un inicio, de un estallido, de un nuevo nombre; se llamaría Juvenal. ..

X. Otro día tórrido. En su habitación, Tiberius Larcius y su mujer analizaban prioridades. Un febril arrepentimiento lo había infectado y por nada del
mundo deseaba dar por liberto a Marcellus. La arbitrariedad es uno de los emblemas del poder, sostenía Livia Pompeya, con tono enfático. Pronto serás edil, deberás aprender a ser ambiguo, profundizar eufemismos, refinar hipocresías, perfeccionar la traición. Nadie osará condenar tus veleidades; antes bien, las admirarán. Que Marcellus siga sirviéndonos es indubitable designio de nuestros dioses benefactores.
Por las empedradas calles Marcellus descendía hacia el puerto de Pompeya, a comprar pescados frescos para la cena de sus patrones. Pensaba en el mar, interrogaba su futuro, ignoraba el motivo de su postergada libertad. Alejándose de la ciudad se detuvo frente a un muro, que proclamaba: «soy tuya por dos ases de bronce». Era el noveno día antes de las calendas de septiembre, hacia la séptima hora. A espaldas de Marcellus, una extraña nube de humo negro, con forma de amenaza terminal, impacientaba la cima del monte Vesubio.

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