Epidemia de Raúl Blazquez

El estudiante de arquitectura sonríe. A su alrededor se desarrolla un día tranquilo, de luz primaveral, de encuestas en los telediarios y de pan recién hecho. Después de esperar en un paso de cebra unos segundos que se le han hecho horas, y de pasear la mirada hasta la nausea por los rincones de una calle que ha recorrido ya cientos de veces, al ir o al volver de la facultad, el estudiante ha visto circular ante sus ojos un camión cargado de pollos. Ha recordado entonces el miedo atroz que, hasta su adolescencia, sintió hacia las aves de corral. Un miedo cerval, un miedo absurdo, que solo pudo superar gracias a un tratamiento psicológico, y cuya vivencia, entonces angustiosa, se le presenta ahora en la bruma de su memoria de manera vergonzante, divertida incluso, tan jocosa que de inmediato le ha hecho sonreír.

El estudiante conserva por unos segundos una sonrisa casi infantil, sonrisa que trata de compartir con quienes le rodean, pero nadie parece tener motivo alguno para la alegría y por lo tanto no lo acompañan. El estudiante ríe entonces ligeramente y ante la indiferencia de los demás, trata de reprimir sus carcajadas para no desentonar con el ambiente. Se muerde los labios, suspira. No puede evitar que se cuelen en su ánimo algunas risas, cada vez más fuertes y continuas. Los transeúntes que esperan junto a el en el semáforo, comienzan a mirarlo, extrañados. El estudiante de arquitectura por momentos se controla, pero a cada pausa sigue una risa más explosiva que la anterior. Y la risa le hace pensar. Piensa que quizá no tenga su fobia tan superada como suponía. Piensa que, a lo mejor, el camión que ahora dobla por la esquina no existe, que no es más que una proyección actualizada de sus miedos antiguos. O lo que es peor, piensa que el camión es real, y que esta risa es una manifestación, un síntoma de alguna enfermedad que ha respirado en las plumas que los pollos han repartido como tentáculos por toda la calle. Y ríe, ríe como un loco. Y no puede dominarse, y la necesidad de hacerlo parece impulsarlo al borde de un precipicio de profundidad impredecible.

En la acera de enfrente, una mujer con aspecto de rama seca mira perpleja al estudiante que ríe. La mujer carga con incontables bolsas de la compra, y con sus ojeras reclama sordamente una pausa. La mujer cansada observa curiosa la risa del estudiante. Lo observa con mucha atención, bebiendo sus gestos, repasando sus labios, sus dientes. Asumiendo el sonido de sus contagiosas carcajadas, que parecen atravesar la calle y chocar de golpe contra las agotadas arrugas de la mujer, entre las que, poco a poco, se va perfilando una desacostumbrada sonrisa.

Se abre el semáforo al paso de los peatones. El estudiante se marcha, se aleja de la mujer, se aleja riendo. La mujer cansada lo mira al tiempo que tarda en cruzar al otro lado. Ya muy apartado de la mujer, el estudiante de arquitectura se apoya en una farola y lentamente se deja caer, como una cereza madura, al suelo.

La mujer camina mientras va repitiendo, sin saberlo, las mismas pautas del estudiante. La compulsión nerviosa de una sonrisa primero, una risa ligera después y una atronadora carcajada finalmente. La mujer tiene que detenerse para reír a gusto. Le pesan demasiado las bolsas. De pie, en medio de la calle, ríe a pleno pulmón, a su alrededor otras personas van y vienen, sonriendo unos, riendo otros y desconcertados la mayoría. La mujer no puede parar de reír, pero no hay demasiada dicha en su risa. Sus carcajadas parecen más cercanas a un desahogo, a una necesidad insalvable.
La mujer toma un poco de aire, coge sus bolsas y sigue su camino, pero de inmediato su espalda empieza nuevamente a contraerse. Los espasmos en su cuerpo son cada vez más violentos, profundos y enfermizos.

Se tambalea. Está a punto de desfallecer la mujer cansada cuando se cruza con Mario, que regresa corriendo de cumplir con su circuito diario de footing. Mario mira sobrecogido a la mujer. Es la primera vez que ve esa expresión desesperada y aterradora en el rostro de alguien que ríe.
Sin comprender muy bien lo que acaba de presenciar, Mario sigue corriendo. En su recorrido se encuentra con las risas de más hombres. Risas desmesuradas, insostenibles. Risas que harán que, en unas horas, los cadáveres se amontonen por las calles como colillas en el cenicero de un burdel. En una esquina un anciano acuna entre sus brazos a una niña que se agita como un pistón lento. Mario mira la escena y se para. No entiende lo que pasa, pero de pronto, sin saber por que, también el comienza a sonreír.

Mario sonríe. Mientras reanuda la marcha, sonríe con cierta incomodidad, como desajustado con el entorno. Entra en su portal, abre el buzón, llama al ascensor y se cruza con una vecina. La vecina, ignorante de lo que acontece en el exterior, lo saluda, y entonces sucede. Mario explota con todo su cuerpo en una carcajada de manantial que perfora la montaña. Se ríe en la mismísima cara de la mujer. Mario ríe como si no hubiese reído jamás. No puede parar y no le importa. Necesita reír, eso es todo lo que sabe. La vecina lo mira asustada, comienza a alejarse lentamente hacia la puerta y finalmente escapa a toda prisa. En la huida tropieza con un escalón y cae. Mario la ve y se deshace en una risa primitiva, desaforada. Esta desencajado, enrojecido y abotargado, al borde de la asfixia. De ese modo sube en el ascensor.

Intentando rescatar algo de aire, entre hipidos y risas, Mario entra en su casa. A su encuentro, atraída por un jolgorio que parece prometer alguna anécdota memorable, sale Carmen, su mujer.
-¿Qué? ¿Qué pasa? ¿De qué te ríes? – pregunta.
Mario no puede contestar. Lo único que consigue es encoger los hombros. Esa es la respuesta más lógica que Mario puede ofrecerle.
– Mario… ¿Estas bien?… Mario – insiste su mujer.
Pero Mario ya no es Mario. Es solo un estertor que se descompone, que se derrumba sobre la alfombra.
-¡Mario! Mario por Dios, tranquilízate ¡¡Mario!!
-A..a..agua…
Carmen sale corriendo. Mario ríe y toma aire en un ejercicio final, boqueando como un pececillo a punto de morir.

Carmen regresa con un vaso de agua y el teléfono. Intenta marcar el número de urgencias y le da el vaso a Mario, que bebe a tientas y comienza a toser. Tose completamente extraviado entre sus risas y el agua que estrangula el poco espacio que le queda para el oxigeno. Se ahoga. Quiere respirar pero sus carcajadas son más fuertes. Carmen suelta el teléfono y sacude por los hombros a su marido intentando hacerle reaccionar. Pero es inútil. Mario carcajea una, dos, tres veces, y en un último aliento deja escapar una risa de un sonido similar a una gaita que se apaga.

Carmen lo observa incrédula, esperando todavía el remate del chiste, el momento en el que Mario se levante y le diga “es una broma”. Pero Mario no se mueve y Carmen lo deja caer como un lienzo de carne sobre el suelo. Lo mira. Mira el gesto de monstruo de feria con el que ha muerto su marido. Un gesto ridículo, un gesto patético, un gesto, aunque no quiere admitirlo, en el fondo, gracioso.

Con todas sus fuerzas trata de impedirlo, pero, poco a poco, se siente invadida, infectada. Carmen mira entonces el cadáver, esa sonrisa congelada en los labios de su marido, que amenaza ya con aparecer en su propio rostro, y que, en un primer brote se le asemeja de pronto a la expresión tenebrosa de un payaso sin maquillaje. Recuerda entonces Carmen el miedo atroz que, hasta su adolescencia, sintió hacia los payasos. Un miedo cerval, un miedo absurdo, que solo pudo superar gracias a un tratamiento psicológico, y cuya vivencia, entonces vergonzante, se le presenta ahora en la bruma de su memoria de manera angustiosa, trágica, tan desgarradora que de inmediato transforma su cuerpo en un espasmo, primero tímido, suave y apocado, y más tarde, en un llanto inevitable, un domino que cae. Carmen llora, y aunque no es consciente de su logro, con sus lágrimas, en este instante, podría desarrollar un anticuerpo líquido, una cura definitiva la risa contagiosa. Podría hacerlo, si no fuera porque su lloro no se detiene, porque avanza en cascada y desborda, porque la deja seca por dentro, y por fuera bañada fatalmente en una versión más húmeda, salada y terminal de la epidemia.