Entre la resistencia y el misterio

Por Matías Di Loreto

Para una piba tan urbana como Paula, tan de las nuevas tecnologías y la sociedad de la información, obedecer a la abuela Irma en eso de “vení que te voy a medir el empacho”, era un anacronismo tan grande como el dolor de panza que a veces la doblegaba a la vuelta de la escuela. “Me parecía cosa de viejos, cosa de gente de campo, qué se yo”, dice. Pero había algo cierto: cuando el atracón hacía estragos en el triperío, la Vieja con resolución extendía el cinturón del guardapolvo de su nieta y le ordenaba que se presionara uno de los extremos en la panza, a la altura del epigastrio. Retrocedía agarrando la otra punta de la tela hasta quedar enfrentada a la niña que miraba con intriga, y luego avanzaba solemnemente hacia ella, posando el antebrazo sobre el cinto tenso, santiguándose y murmurando entre dientes. “¿Abuela qué decís? Dale, contame”, insistía Paula quedándose siempre con la duda, ya que la Abuela se escabullía bostezando y diciendo que no era el momento, que había que esperar a la noche de Año Nuevo.

Junto al descrédito de Paula crecía también el misterio alrededor del sortilegio infalible de la Abuela, a quien se recurría incluso si el retorcijón se producía lejos de su casa de Alejandro Korn. Un día, por ejemplo, otra de sus nietas solicitó la cura desde Adrogué: “Abue curame el empacho”, fue el pedido vía mensaje de texto, y la Nona así lo hizo. “¿Qué onda?” se preguntaba Paula azorada e insatisfecha con eso de que bastaba saber el nombre completo de la persona enferma para interceder a favor de su bienestar.
“Es imposible, hay que recurrir al médico”, desconfiaba también una amiga nutricionista “defensora a morir de la medicina y la ciencia” dice, a quien el escepticismo le duró hasta el nacimiento de su primer hijo. “Después de eso, lo que antes era curanderismo se convirtió en necesidad para la tranquilidad de su bebé” explica Paula. Poco tiempo después, su hermana dio a luz una niña que de vez en cuando se desgañitaba en llantos indescifrables. Hasta que la veía la Abuela y sin vacilar diagnosticaba ante los signos que las primerizas no podían interpretar: “esa criatura está empachada” o “está re atacada de la ojeadura”.
Y así era, pues, y se procedía en consecuencia. No sólo eso, la Abuela también aconsejó curar a la chica de la tan temida Pata de cabra –diarrea y vómitos crónicos- que, según describe Paula “curarla lleva sus buenos días, un procedimiento que si no es hecho, dicen que hasta puede llegar a matar al bebé. Gabriel, un amigo odontólogo, cuenta que estuvo al borde de morir de bebé, justamente por la pata de cabra”.
Pero la fórmula de la sanación, ese poder que atesoraba Irma, no era algo que compartiera así nomás. A pesar de que la estrategia de Paula muchas veces fuera intentar doblegar ese secreto por la mera insistencia, lo que se utilizaba o decía para aliviar el estómago podía ser develado sólo en Año Nuevo.
Mientras tanto, la vida: con los años Paula afianzó su relación con el vóley, deporte por medio del cual se enredó en lo que ella llama una “historia de amor”. Fernando, su compañero, resultó ser el envés de aquella desconfianza hacia la intervención no colegiada sobre los achaques, que merodeaba el círculo familiar y de amistades de Paula. Él no era un converso de la última hora, sino que por el contrario daba testimonio de su fe contando cada tanto que había sido “salvado de la muerte por un curandero cuando tenía 12 años”, instancia a la que recurrió su padre en la desesperación de ver a su hijo casi postrado por una gastritis crónica que los médicos no acertaban en erradicar.
“Fer” fue salvado pero su organismo quedó resentido “y resulta que el flaco vivía enfermo”, grafica Paula contando que su novio se indigestaba hasta con el más inofensivo de los quesos cuartirolos: “comía pizza hecha con queso cremón y se empachaba, comía mantecol y se empachaba, comía asado con rusa y se empachaba, tomaba mate y se empachaba, fumaba y se empachaba”.
Entonces, si los desarrollos de la ciencia no podían aplacar los retorcijones, Paula echó mano una vez más a aquel misterio familiar: “Un día le dije que la abuela lo curaba y bueno, ahí empezaron los pedidos, una vez por semana, durante tres días, siempre tenía que andar la abuela haciendo el pase mágico. A veces ella me decía que no se sentía bien, porque el cuerpo del que cura siente el malestar del otro, pero igual lo curaba. También la curaba a Lara, la hija de Fer, aun sin conocerla. Lo único que necesitaba era el nombre completo”.

Beatríz Dolly, costurera de Graciela Beatríz González
1er premio V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas «Crepúsculo»

De todas maneras el servicio dispensado por Irma iba mermando cada vez, y mezquinaba con frecuencia la cura, cuestión que alertó a Paula, ya con serias sospechas de que “los ‘poderes’ se van gastando” con los años. Y los años de la Abuela ya son bastante. Con aquella decisión tomada hoy evoca: “Así que un día me puse el recordatorio en el celular para que sonara los primeros minutos en año nuevo y esperé a que se haga el día, mejor dicho, la noche”.
El pasado 31 de Diciembre, Alejandro Korn estaba en la cresta de la ola de calor que padecía el Gran Buenos Aires. El patio era una fiesta y todos celebraban la llegada del Año Nuevo. “Y mientras toda la familia brincaba –ahora recuerda Paula- me acerqué a la abuela y le dije ‘dale, contame’. Me llevó a la pieza y me explicó.”
Ahora Paula sabe curar el empacho. Consiguió dar con ese saber que la abuela atesora entre la resistencia y el misterio. La confidencia ahora también la protege ella, de ninguna manera la devela y dice con algo de misticismo: “Lo único que te puedo decir es que es una cuestión de fe, algo muy lindo que si es hecho en nombre de Dios y para el bien del otro sale bien. Son simplemente unas palabras, que yo antes de saberlas, hasta las he googleado y nada, no están por ningún lado y por nada del mundo podrían ser reveladas así como así, salvo que no sea a alguien que quiere curar y sólo en año nuevo (algunos dicen que es en navidad)”.
Ahora es curandera y se acuerda de personas que también tienen el don de sanar, algunas incluso por fatalidad: “hay otras personas que también curan el empacho, el mal de ojo, las quemaduras, las verrugas, la pata de cabra y demás, y sé que algunas ni siquiera saben cómo. El abuelo de mi amiga Lorena curaba las verrugas con solo tocarlas, de palabra. El viejo ni sabía cómo, pero en joda una vez le tocó la verruga a un amigo y le dijo ‘ya estas curado’, y al otro día el tipo ya no tenía más verruga. Un genio el Viejo”.
Por su parte, Paula tuvo su prueba de fuego el 6 de Enero siguiente, apenas 5 días después de haber recibido la maravilla por parte de su abuela Irma. El beneficiario fue su novio Fer, como no podía ser de otra manera. Estaban en la parada del colectivo y el pibe le confesó que “había comido como un animal” y que se sentía pesado, con los síntomas de siempre. Y sin decirle nada, Paula lo curó. “Al otro día le pregunté cómo se sentía y me dijo ‘como nuevo’. En cambio, a mí se me partía la cabeza del dolor, que ni con ibuprofeno se me pasó hasta el otro día. Ahora cada vez que empieza a sentirse mal me dice ‘haceme un pase mágico’, y ahí voy yo con la curada. A veces siento algo en el estómago o en el pecho, y los resultados son increíbles, al toque el flaco empieza a eructar y a sentirse mejor, más liviano”, dice sin tapujos.
La tía de Paula sigue aún sin dar crédito a la cura del empacho y a la sanación en general. “es súper religiosa, y dice que eso es algo que está en contra de Dios, que en la Biblia dice que la hechicería es del diablo. Y yo la verdad, aparte de que no leí la Biblia –concede Paula- no creo que sea así. Uno lo hace, digamos, de buena onda. Pone energías positivas en eso, para que el otro este mejor y no se pide nada a cambio.
Entre el amor, la convicción y el tino Paula afirma: “Es una práctica popular, creo yo 100% efectiva. Igual queda claro que si te estás muriendo, sí, andá a una guardia de hospital. Igualmente no está de más saber hacerlo porque como dije antes, es una cuestión de fe, y que nos hace confiar en uno mismo, y en nuestras capacidades perceptivas, y por qué no, algo milagrosas también”.
Paula deja de hablar y se queda pensando: su novio Fer pronto se va al sur a trabajar y ayer se preguntaba si su magia llegará hasta allá.