por Vicente Battista

El vocablo «suerte» deriva del latín (sors, sortis) y se acuñó a finales del siglo X. ¿Esto significa que los hombres y mujeres anteriores a esa fecha desconocían la fortuna?.

De ningún modo, aunque por aquellos tiempos no había manera de nombrarla, la suerte, mala o buena, está con nosotros desde que nuestros abuelos prehistóricos decidieron que para andar les bastaban los miembros inferiores y poco antes o poco después de esa decisión, empezaron a preguntarse por qué y para qué estaban en esta tierra que comenzarían a recorrer. Desde entonces y aunque no tuvieran modo de nombrarla, supieron qué era la suerte. Supieron también que es imposible buscarla, te toca o no, más allá de lo que hagamos para conseguirla. No elegimos nuestro nacimiento -es un hecho que depende de los que tendrán la suerte, o no, de ser nuestros padres- ni el hogar en el que finalmente viviremos. «Nació en cuna de oro», suele decirse con el fin de comprender y justificar el éxito y la buena fortuna de ese bien nacido. Jesús, según afirman los evangelistas, nació en cuna pobre: María lo dio a luz en un pesebre. Aunque poco se sabe de los 33 años de vida de Jesús, es fama que antes de morir clavado en una cruz sufrió tres días de calvario. No se puede negar su suerte adversa. Sin embargo, esa mala suerte produjo el nacimiento de una de las religiones más poderosas de la tierra. El cristianismo (así como el judaísmo y el islamismo) desestima la categoría «suerte». En todos los casos, el futuro de sus fieles no depende del destino de cada cual sino de la voluntad del Ser Supremo. En las Escrituras la suerte está apenas nombrada. EnSalmos 22:18-19 leemos: «Puedo contar todos mis huesos; / ellos me observan y me miran / repártense entre sí mis vestiduras / y se sortean mi túnicaEn Mateo 27:35: «Una vez que le crucificaron, se repartieron sus vestidos, echando a suertes». En los dos casos se trata de un impertinente sorteo que tiene como premio las ropas de Isaías y las ropas de Jesús. Lo que leemos en Hechos de los Apóstoles 1:26 resulta más inquietante: «Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado al número de los doce apóstoles». ¿Fue producto del azar, fruto de la caprichosa suerte, que Matías se haya convertido en uno de los doce apóstoles? Los fieles sostendrán que así lo había dispuesto el Ser Supremo. Fue Él quien en definitiva decidió los números de la fortuna, el verdadero resultado de los dados. Y si de dados hablamos, todos recordarán lo que dijo Albert Einstein, científico agnóstico, cuando tuvo que explicar la teoría de la relatividad. Dios no juega a los dados, dijo. Tanto las grandes religiones como la ciencia repudian al azar. Pero no lo niegan. Numerosos descubrimientos científicos se han logrado por puro azar. «Tuvimos la suerte de…» «Fue por suerte que…» suelen reconocer sus descubridores. Ciencia y juego, razón y suerte, tal vez se encuentren en algún punto infinito. Mercurio era una deidad importante en la Roma Imperial. Se decía que un halo luminoso rodeaba su cuerpo y que esa luz la había obtenido luego de una reñida partida de Tablas que sostuvo con la diosa Luna. Nuevamente los dados entran en escena: la partida de Tablas se disputa con dados de siete caras. La habilidad del dios Mercurio a la hora de arrojarlos habrá sido superior a la de la diosa Luna. O tal vez el dios del Comercio recibió los beneplácitos de Sors, el dios romano de la suerte.

Los griegos también contaban con una diosa de similares características. Tique, se llamaba y su misión era regir la suerte de los mortales. Lo hacía de forma aleatoria y con la ayuda de Pluto, el dios de la riqueza (ya entonces la buena fortuna era tener buen dinero). A Tique se la representaba jugando con una pelota; en algunas esculturas la sostiene arriba, en otras abajo, a fin de que no queden dudas de sus indecisiones. Tal vez como consecuencia de esa incertidumbre fue dejando de ser objeto de culto y su figura como personaje desapareció de la mitología helénica, aunque se proyectó en la romana bajo la forma de la diosa Fortuna. Los coros en las célebres tragedias griegas entraban a escena para anunciarnos que los hechos fatalmente sucederán como están determinados, nadie podrá modificarlos. En la antigua Grecia nada quedaba en manos de la pura suerte. A pesar de eso, los griegos eran devotos de los juegos de azar. Afirmaban que Palamedes de Argos era el inventor de los dados. El propio Sófocles los nombra en sus textos sobre Troya. Aristóteles, por el contrario, consideraba que eran «avarientos y ladrones» aquellos que apostaban a mejor o peor suerte. Una sentencia que no parecía preocuparles a Demócrito: el azar era la raíz de su sistema filosófico. Solía repetir: «Todo cuanto existe es fruto del azar y la necesidad». La suerte, con santos o no, nos acompañará desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte. No podemos ignorarla y seremos nosotros quienes determinaremos sus bondades o maldades. Los tripulantes y pasajeros de ese avión que estalló en pleno vuelo tuvieron mala suerte; por el contrario, fue buena la suerte de ese único pasajero que llegó tarde al aeropuerto y no logró subir. ¿Fue una elección? Nada de eso. Simplemente, se trató de un desperfecto en el vehículo que lo llevaba hacia el avión que estallaría. El pasajero en ese momento pensó en su mala suerte, por culpa de esa falla en el motor y por culpa de un chofer que no lograba arreglarla, él perdería el vuelo. Llegó cuando el avión despegaba, luego recorrió el hall del enorme aeropuerto vociferando su suerte perra y deseándole lo peor al coche y al chofer que lo habían hecho llegar tarde. Cuatro horas después, cuando se tuvo conocimiento de la tragedia, su discurso cambió radicalmente. Rodeado de periodistas, muchos hablaban de un milagro. Nuestro agradecido pasajero prefería decir que era un hombre de suerte. A Tique, recordemos, se la representaba jugando con una pelota; a veces la sostenía arriba, a veces abajo. Aquella representación griega se ha visto repetida de infinitas formas. Una herradura clavada en una puerta es un modo de convocar a la buena suerte. Arrojar una herradura hacia atrás también es una manera de invocar a la fortuna. Si la herradura voladora cae sobre la cabeza de un distraído caminante, tendremos la posibilidad de buena suerte para quien la arrojó y la seguridad de mala suerte para quien la recibió. Esta ambivalencia se repetirá sin descanso. Afortunado enel juego desgraciado en el amor, dice la sabiduría popular. Si nos detenemos un instante en ese dicho advertiremos que esa desgracia en el amor suele atribuírsela el derrotado a quien lo está derrotando. Para colmo, y para desconsuelo del que ha dejado las últimas fichas, el que se lleva su plata también es afortunado en el amor.

En el juego es donde con mayor énfasis encontraremos los avatares de la Diosa Fortuna. Hoy los dioses del Olimpo han pasado a ser recuerdo, ya nadie los invoca, pero hay otras divinidades a quien pedirle suerte. Entre los católicos esa cualidad la posee San Cono, el santo protector de los jugadores. ¿Cuál es la razón por la que esta noche se nieguen todas las cartas que el desdichado jugador necesita para el triunfo? La semana anterior, a la misma hora y en la misma mesa, esas mismas cartas se habían mostrado solícitas y lo habían llevado a la victoria. Entonces, igual que ahora, ese jugador se había encomendado a San Cono, ¿habrá que aceptar lo que sostienen los racionalistas? Ellos desdeñan el mero azar y mediante operaciones matemáticas intentan probar que el juego está sujeto a leyes de probabilidades, no se rige por la buena o la mala suerte. Pensemos un minuto en los dados que inventara Palamedes de Argos. Luego de haberlos arrojado diez veces advertimos que el número 3 no salió en uno solo de esos diez tiros, decidimos que probablemente saldrá en la próxima jugada y apostamos con la certeza del triunfo. El dado salta sobre la mesa una y otra vez; por último se detiene y vemos que la cara del triunfo muestra un 6 inesperado ¿El cálculo de probabilidades ha fallado o sólo se trata de mala suerte?

En el cuento «La carta robada» de Edgar Poe, el caballero Dupin habla de un chico de ocho años que resultaba imbatible en el juego «¿en qué mano está?». Ganaba siempre, pero no porque estuviese tocado por la fortuna. Así lo explica Dupin: «Naturalmente el niño tenía un método de adivinación que consistía en la simple observación y en el cálculo de la astucia de sus adversarios. Supongamos que uno de éstos sea un perfecto tonto y que, levantando la mano cerrada, le pregunta: ‘¿izquierda o derecha?’ Nuestro colegial responde: ‘Izquierda’, y pierde, pero a la segunda vez gana, por cuanto se ha dicho a sí mismo ‘El tonto había puesto la bolita en la mano derecha, y su astucia no va más allá de ponerla ahora en la izquierda. Por lo tanto, diré izquierda’. Lo dice, y gana. Ahora bien, -si le toca jugar con un tonto ligeramente superior al anterior, razonará en la siguiente forma: ‘Este muchacho sabe que la primera vez elegí izquierda, y en la segunda se le ocurrirá como primer impulso pasar de derecha a izquierda, pero entonces un nuevo impulso le sugerirá que la variación es demasiado sencilla, y finalmente se decidirá a poner la bolita en la mano derecha como la primera vez. Por lo tanto, diré derecha’. Así lo hace, y gana». Sus amigos lo consideran un chico de suerte, pero Poe en boca del caballero Dupin se apresura a explicar que no se trata de suerte sino de inteligencia, la identificación del intelecto del razonador con el de su oponente.

Pero los dados, las cartas, los números de la ruleta no tienen la capacidad de razonar, están sujetos a la mera suerte, aunque los pertinaces racionalistas se empeñen en demostrar lo contrario e intenten darle una explicación científica al puro azar. En su libro «Heterodoxia», Ernesto Sábato tiene un apartado, «La prueba de la ruleta», que da buena cuenta de eso; dice: «El ingeniero Georges Itzigsohn jugaba a la ruleta según un plan minuciosamente calculado, a base de fluctuaciones, estadísticas y cálculos de probabilidades. Su encantadora mujer, a pesar de su formación científica en la facultad de medicina, jugaba apostando a los cumpleaños de sus hijos. Ambos perdían, naturalmente, porque de otro modo no existiría el negocio de la ruleta. Pero mientras el ingeniero perdía científicamente, su mujer perdía absurdamente». Los antiguos griegos desdeñaban a la suerte, aunque ese desdén no les impidió tener una diosa destinada a proteger aquello que despreciaban. Las distintas religiones tampoco apuestan a la suerte, dejan todo en manos de la divina providencia; sin embargo, no rechazan que San Cono se haya convertido en el protector de los jugadores, criaturas que dependen casi exclusivamente de los caprichos del azar. Si bien por puras razones prácticas difícilmente colguemos una herradura en la puerta, aún nos alegramos al encontrar un trébol de cuatro hojas y tocamos madera ante una amenaza de mala suerte. Mido los caracteres de esta nota y advierto que me faltan 48 para llegar a 11111. Los coloco, cruzo los dedos y logro el capicúa.