Luis Straccia

Hace unos pocos años, un compañero que estaba dando una materia introductoria a jóvenes de 17, 18 años que iban a dar sus primeros pasos en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata, comenzó a hablar de poder. Como notó que algunos no cazaban una palabra de lo que decía, decidió invertir la práctica y les pidió que cada uno escribiera qué entendía por poder.

Al ver que una muchacha se quedaba mirando la hoja en blanco, se acercó y le preguntó si no había entendido la consigna. La respuesta fue que sí, pero que no sabía que escribir. Entonces, Sebastián (tal es el nombre de mi amigo) le propone que escriba sobre la dictadura militar y el poder que ejercían los militares en esos tiempos. La muchacha sólo levantó su mirada, Sebastián entendió de golpe lo que pasaba y le preguntó «¿Sabés que hubo una dictadura, no?», la respuesta fue «No».
Que gran ejercicio de poder que ha logrado borrar la memoria por un lado. Por otro, que gran ejercicio de poder habrá obrado para que esa chica se inscribiera en la Facultad de Periodismo, vaya uno pensando en qué se imaginaría ella que se trataba esto de ser periodista o comunicadora social.

La Mentira
Suele plantearse la fuerza de la verdad. La palabra que puede desvelar lo oculto, sacarlo a la luz, hacerlo manifiesto. Pero, y la fuerza de la mentira? En un mundo de subjetividades, hasta que punto la verdad no es otra cosa que una mentira consensuada.
En el ejercicio del poder, dentro de un sistema democrático como el que deambulamos actualmente, la mentira surge con toda su fuerza como agente aglutinador.
Hemos tenido un presidente que afirmaba «si hubiera dicho lo que realmente iba a hacer, no me hubiese votado nadie», y encima fue reelecto. Qué es lo que nos atrapa de la mentira, de forma tal que a pesar de reconocerla como mentira, la incorporamos y hasta sentimos un placer pseudo-masoca al experimentarla. Hemos tenido otro fruto mero del marketing, y solemos ver como los que hoy se abrazan con unos para la foto, mañana despotrican entre sí y pasado vuelven a juntarse como si nada hubiera pasado.


En otro orden, alguien cree realmente que ese muchacho, que hace suspirar a las histéricas adolescentes mientras se contornea sobre el escenario, y que se pone la camiseta del seleccionado argentino, obedece a un sentimiento puro. ¿No resulta más factible pensar que obedece a una estrategia de marketing? No ocurre lo mismo, con ese jugador de fútbol que pasa de un club a otro, y dice «mi sueño siempre fue jugar acá»?
Pero preferimos pensar que son sinceros, quizás porque hemos optado por manejarnos en un mundo dominado por las emociones, en el que la capacidad de analizar y racionalizar nuestros actos queda en un segundo plano. Es más fácil dejarse llevar que enfrentar a la corriente, y es ahí donde el marketing suele y sabe golpear.
En este terreno, aquel que quiera destacarse como líder, sabe que debe deambular por una senda movediza. Y que no puede hacerlo solo.
Debe hacerlo de forma tal de aglutinar y conformar a una serie de intereses, que muchas veces se confrontan entre sí, de manera de no espantar a sus seguidores. Para eso si es inteligente y sagaz, recurrirá al empleo de un lenguaje vago, etéreo, metafórico, cuando habla de aquellas ideas que dice representar.
Pero también, ha de saber emplear un lenguaje claro, conciso y directo, al momento de crear esos enemigos que son los que le darán coherencia y cohesión a sí mismo y al grupo que lo sigue. Los enemigos deben ser lo suficientemente claros como para que todos puedan identificarlos. Al reconocerlos, los enemigos definidos, también deben ser presentados de forma tal de inspirar odios y miedos.

«Los Poderes» de Natalia del Valle Molinero
Mención de Honor
I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

La inautenticidad de la que estamos hablando, debe ser considerada como una característica del sistema político, más que como un rasgo que define a tal o a cual individuo. Individualizar en este campo a la mentira, sería por demás obtuso y reduccionista, ya que merced a nuestra experiencia estaríamos en condiciones de afirmar que la mentira se ha institucionalizado como una herramienta más. El problema es que la misma ha minado hondo en las creencias y en la representatividad, a punto tal de reconocer a su empleo, y a su poder de aunar voluntades en torno a una causa, como algo digno de ser reconocido hacia quien la emplea hábilmente.
Esta falsedad se puede observar con mayor nitidez en momento de campaña electoral. Las promesas de las propuestas -cuando existen- o la vaguedad de los discursos, suelen generar un marcado escepticismo. Sin embargo, aquel que se corra de este eje, el que no hable de las bondades de esta sociedad, y se le ocurra aseverar que nos espera un futuro de sacrificio, indudablemente estará condenado al fracaso.
Por eso, los líderes gustan de hablar de manera genérica, para que sea cada uno de los interlocutores quienes decodifiquen el significado de sus palabras de manera acorde a sus propios intereses o expectativas. De ahí su atractivo, su carisma, su magnetismo, que nos hace pensar que nos habla a cada uno de nosotros.
A su vez, la responsabilidad de los males que aquejan a la sociedad, debe en lo posible, ser adjudicada a factores externos a la misma o a grupos minoritarios de ella. Entonces, el líder se constituye en esa figura que es capaz de identificarlos y, lógicamente, combatirlos. Ahí radica su capacidad de convertirse en un héroe. Y todos sabemos que los héroes sacrifican su vida personal en pos de las grandes causas, así como también -contradiciendo a quien afirmaba «no existe el héroe individual, sino el héroe colectivo» (1) – a reconocer esos atributos en una única persona. Así la historia se transforma en una sucesión de biografías, a punto tal que actualmente hemos pasado de los «ismos» que solían acompañar a los nombres de los partidos políticos (justicialismo, radicalismo, socialismo, etc.) a los «ismos»que acompañan como una extensión a los apellidos de los líderes políticos.

El público está impulsado a reconocer y admirar este sacrificio. Y son los propios líderes quienes, más allá de la ideología que detenten, así como de las prácticas que lleven a cabo para llegar al poder -o para mantenerlo- alimentan esta construcción del sacrificio. Y, como bien sabemos, no es pa´ todos la bota e potro, así que no ha de ser pa´ todos convertirnos en líder. A ellos, y por ellos, salud!

El poder y los miedos
El poder gira en torno al miedo. Miedo de no poder lograrlo, de no poder sostenerlo y miedo que lo legitima. Porque es sobre el miedo -nuevamente las emociones- ese factor externo, sobre el que nos vamos a abroquelar. El miedo puede ser referenciado con el desempleo, la prensa, la contaminación, el consumo de drogas, las armas nucleares iraníes, el terrorismo internacional, etc., etc. Y es quien detenta el poder, o quien busca acceder a él, quien define e identifica a estos males.
Al hacerlo, en cierta forma racionaliza al miedo, reconoce cuál es la causa del problema y, a la vez, se posiciona a sí mismo como quien posee la solución al mal.
El miedo se configura así como cada uno, y a la vez la sumatoria, de los males que vemos situarse sobre nosotros mismos. Y ese ejercicio del poder, su legitimación, depende en gran parte de que este temor/res se perpetué, que sea permanente.
El contexto histórico-social nos dirá sobre qué discutimos, qué es lo que nos preocupa. De hecho los males de hoy, ante los que solemos desgarrarnos las vestiduras y el alma, pueden parecer simples banalidades en el futuro.
El eje discursivo podrá mutar de uno a otro tema, pero es indudable que el conflicto debe existir siempre. Sin conflicto, no hay poder.
De ahí entonces, que el poder deba prometer aquello que a la vez lo condena. Que no es otra cosa que la solución a los problemas que ha planteado. Debe alentar a llegar a un paraíso, con ese sujeto que mencionáramos como líder, que paradójicamente lo condena a muerte. Si esos males fueran superados, qué sentido tendría ese líder?
Acaso, podemos recordar algún período –que hayamos vivido, obvio, en el que nuestro país no haya estado en «crisis»-. El ejercicio del poder radica justamente en definir qué tema ha de ser considerado crítico, y en cuáles son las medidas necesarias para superarlo. Esto implica, directa o indirectamente, y aunque no siempre se diga de manera explícita, definir también quién ha de beneficiarse y quien ha de perjudicarse realmente con las medidas a aplicar.

¿Es Botnia el problema, o lo son las plantas procesadoras de pulpa de papel en general? ¿O acaso es el capital internacional operando en economías más débiles? ¿O lo es la contaminación en general? ¿O hemos de discutir sobre el corte de ruta?
El informativo dice «ciudad sitiada, se prevén seis manifestaciones con cortes de calles en Capital», para dar paso al conductor que mirando a la cámara con rostro adusto afirma «un verdadero problema para los automovilistas, en instantes las vías alternativas para evitar los cortes». Ni una palabra sobre quienes realizan los cortes, ni sobre las causas que han motivado los mismos. El vocero de turno del poder, es quien ha definido el problema y al miedo.
¿Y cuál es la importancia que adquieren estos voceros? Simplemente de ser quienes legitimen, mediante la generación del consenso necesario, al poder y a sus definiciones. A tal punto de que se haga carne en la sociedad y ese pibe no sea pobre, sino chorro, no sea víctima sino victimario, no sea un pibe, sino un problema.
Por ende, más allá de lo discursivo, el poder tiende a ser atesorado, mantenido, protegido. Y esto sólo es posible mediante el sostenimiento del status quo. El líder a de saber constituirse como un sujeto imprescindible, donde el temor se manifieste ante la posibilidad de su ausencia.
Las luchas por el poder son eso, son peleas por ocupar aquellos espacios legitimados y que ya nadie discute.

¿Y Nosotros?
Deambulamos. Los golpes recibidos han calado hondo. Hemos presenciado sin saber bien que hacer, como se ha ido reduciendo de manera sostenida la participación general en esferas públicas. Todo un ambiente proclive y potenciador del accionar de estos líderes que mencionamos. La industria del entretenimiento por un lado, los fracasos colectivos por el otro, con una buena dosis de egoísmo individualista, se mezclan en una gran coktelera, para dar como resultado el abandono de los espacios -que como bien se sabe en política- son ocupados por otros.
Hemos llegado al punto de creer que el grito de rebeldía debe ser una frase escrita en mayúscula, con negrita en un mail pidiendo un boicot contra… así mi culpa descansa sobre la fuerza de mi dedo en el mouse.
Y mientras tanto… el devenir de la historia.

(1) Germán Oesterheld (El Eternauta)

El Poder
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