El tanque de agua – Fundación Tres Pinos
mención de honor VIII Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de María Virginia Caresani

Aparece una y otra vez el tanque de agua. Aparece todos los días desde la ventana del colectivo, como cuadro de fondo de la feria de artesanías, desde la puerta de la escuela, aunque ya no vengo como alumna. De toda la historia parece haber quedado solo el tanque como un monolito, un obelisco, un monumento a la parte de la vida en la que detrás del tanque descubrí mi cuerpo. Tenía gusto a caldo de gallina. Y lo descubrí más cada día, a la tarde después de salir a jugar en la calle cortada, casi hasta que el último filón del sol se ahogaba en el tumulto negro.
El tanque era un refugio pegajoso, reparo del frío, llevábamos las fibras de colores que por afuera eran blancas con dibujos de florcitas y adentro tenían un tubito rojo o amarillo como de algodón pero no era algodón y tenía un sabor amargo y seco como el pasto. Le sacábamos la tapita de atrás con los dientes y chupábamos el tubito asqueroso. También nos poníamos las fibras en cualquier parte del cuerpo, preferentemente en la vagina y después la olíamos y las chupábamos, sintiendo olor a caldo de gallina y a veces a la sopa que nos servían en la cena. El tanque, arriba, era nada más que un edificio cuadrado, sin pisos y, abajo, una plataforma en la que nos parábamos y una columna en la que nos apoyábamos. Al principio, tuve que añadir una piedra porque no llegaba a la altura de Karina y cuando la apretaba contra la columna, sentía entre mis piernas la suavidad de las suyas. Karina era más grande que yo pero parecía más chica. No por la altura, claro, era quizá porque usaba aros de gitana, bah, mamá decía que usaba aros de gitana. Para mí eran parte de su cara, del óvalo perfecto de su cara y de sus orejas carnosas. Quizá parecía más chica porque cuando hablaba algo de su voz sonaba extraño, como si arrastrara la voz por un camino de ripio.
Después Karina bajaba de la piedra y era entonces yo la que me apoyaba contra la columna. Nuestros juegos duraban una tarde tal vez, porque el tiempo en esa época era algo que medíamos con los juegos y la tarde alcanzaba también para jugar a la escondida, y al patrón de la vereda o era durante el mismo juego de la escondida que nos investigábamos a nosotras mismas.
Entonces nos descubrió Angelita. La vida es así, paradójica. Una vieja con nombre de ángel espía por la persiana y alarmada como si unos criminales despellejaran inocentes en un terreno baldío, alejado de dios y de todos los seres, se cambia el batón con horrendas flores rojas por un traje marrón, un traje que la hace parecer un gusano y se pone unas botas cortas imposibles, unas botitas de enano de jardín, y camina veinte metros, se arrastra veinte metros, se arrastra como una oruga ciega hasta tu casa, se arrastra a decirle a tu mamá que tuvo que cerrar los ojos para no ver lo que estábamos haciendo atrás del tanque.
Y después de eso nos mudamos. Mamá dijo que a papá lo habían ascendido en la oficina, que había muerto el tío Manuel, que nos había dejado la herencia, que la casita del tanque común nos quedaba chica, que teníamos que progresar y que ochocientos cuentos más, pero yo sabía que todo era por alejarme de Karina y no pude decirle esto, ni nada.
-Me dijo la señora Angelita que estabas con Karina atrás del tanque, y que se tocaron la colita de adelante-mamá lo dijo con los dientes apretados, me hizo acordar a cuando papá pegaba los zapatos del colegio y los ponía en la morsa para que el pegamento se fijara. Me hizo acordar a eso, o me concentré en eso, no sé, porque a veces las caras de mamá se me clavaban como un cuchillo recién afilado, como si antes de poner esa cara hubiera ido al galpón y la hubiera pasado por la piedra de afilar.
Mi cara era la de una piedra también, porque no supe qué contestar, sentí que me vaciaba y que no podía esconderme en ningún lugar de la tierra.
-¿Es cierto eso? Contestáme, Marina.
¿Qué contestar? No es cierto, la vieja esa no ve nada. Podría haberle contestado eso si hubiera sido otra persona, pero yo era yo, era Marina, la chica más gorda de la clase, que no contestaba queterecontra cuando le decían “Flan, flan flanero, comiste un flan de huevo” y se secaba los mocos con las mangas del guardapolvo.
-Contestáme, Marina, y no me vengas con mentiras, que la mentira es una cosa muy fea, y al que miente, a la larga nadie le cree.
Yo miraba el piso y en las baldosas rojas con puntos negros. Creí ver una araña blanca, pero no era una araña de patas largas o una pollito, era una araña tan diminuta que cabía en el puntito negro de la baldosa y estaba inmóvil, al lado de mi pie, sin decidirse a salir corriendo y eso que la podría haber aplastado apenas me moviera un milímetro.
-La mentira tiene patas cortas, Marina, y ya me voy a enterar yo de lo que hacés vos atrás del tanque.
Seguí mirando el piso y no pude levantar la vista de la araña que parecía, me estaba mirando. Es cierto que las arañas tienen ocho pares de ojos, yo se los vi. Y esos ojos les debían servir para cuidar a sus hijos.
-Estoy esperando que me contestes ¿no vas a contestar?
La araña se movió un poco y yo me agaché para aplastarla con el dedo. Podía haberla aplastado con el pie, pero quería saber, si adentro las arañas tenían jugo como las cucarachas. Nunca había visto una araña tan chiquita y las grandes nunca pude aplastarlas con las manos. Entonces, cuando estaba agachada sintiendo el jugo de la araña en mis dedos, sentí las manos de mamá aparecer de repente y dolor en el pelo, un envión me llevó a mi cama, de golpe, como el viento de Comodoro Rivadavia y el pelo me tiraba hasta que se soltó solo.
-Mira lo nerviosa que me haces poner, Marina, por dios, contéstame o te mato.
Yo tenía los restos de la araña en la mano y no quería ensuciar la cama.
-Tengo las manos sucias, dije, en voz alta, aunque pensaba que lo había dicho para mí misma. Entonces la cara de mamá se volvió un rompecabezas donde era difícil encontrar los ojos y la boca, porque las partes estaban mal puestas como si alguien lo hubiera armado al revés. Y gritó :
-Yo sabía, yo sabía que esto iba a pasarme a mí, por vivir en este barrio de mierda.
Entonces me callé y cerré los ojos y apreté fuerte en mi mano los restos de la araña, para que no se me escapara y para que no manchara la cama y supe que tenía que atesorar todo lo que pudiera porque seguramente íbamos a irnos de ahí. Y no había nada que yo pudiera hacer para impedirlo.

La nueva casa fue más grande, y todo en el barrio era más grande. Hasta las puertas de las casas eran de dos paneles. La nueva grandeza de los portones y el jardín fue el comentario de la abuela y de los tíos, pero a mí no me impresionaba. Todo era tamaño gigante: las baldosas de la cocina, los azulejos del baño y hasta los pomos de las puertas: excepto, claro el tanque de agua. Era un pequeño tanque redondo en la terraza de casa, arriba de un mesa enana, como si fuera el hijo bobo del tanque en el que me gustaba jugar. Por más que quise, nunca pude meterme debajo del tanque, aunque lo intenté bastante. Siempre me quedaba una pierna afuera, o si metía las piernas, tenía que sacar la cabeza. Y aunque hubiera entrado igual faltaba Karina. Mamá no volvió a mencionar el tema pero después de eso tampoco volvió a afilarse la cara como un cuchillo. Me prometí que en cuanto pudiera tomar colectivos sola iría al barrio a ver a Karina. Pero las promesas que se hacen debajo de un tanque tienden a no cumplirse y de todo quedó solo la imagen del tanque, solitaria, como un nudo en un pañuelo.

Leave a Reply