por Lucía Di Salvo León

Señoras y señores, este es el fabuloso, espectacular, inevitable y magnífico Show del Morbo. Ante todo es pertinente advertir que recomendamos la discreción del espectador, las escenas que expondremos a continuación son de alto contenido agónico y sanguinario.

En la primera función veremos una persona alcanzada por una bomba, exenta de miembros y desarticulada la cabeza, implorando auxilio con las escasas gotas de vida que le restan; más tarde contaremos con imágenes en vivo y en directo de un bebé deforme y, en la tercera escena, la cereza del postre, un accidente automovilístico, agonía, gritos y sufrimiento en un mismo acto. Contamos con sus aplausos, los veremos absorbidos por la seducción que propician estas imágenes y finalmente seremos testigos del goce ya decretado en el brillo incandescente de sus ojos.

Luces, cámaras, acción
Un accidente rompe la isotopía de la calle. Una veintena de personas acude a la última escena de la vida de un desconocido; el acto se cierra con cortinas rojas y líquidas, un estertor grave, el aplauso vuelto un solo murmullo de una multitud de hombres y mujeres que por azar estaban relativamente cerca del drama teatral de carácter realista. Correteando cerca del terraplén uno saborea el éxtasis y la adrenalina de caminar al borde de la navaja, sin embargo, nos atormenta la sola idea de imaginar nuestra propia sangre bañando el hierro frío de las vías. Un grito ahogado se oye, luego, un policía, bomberos, comentarios… alguien ha muerto. Ese alguien ya, desprovisto de recuerdos y de aire, se convierte en el principal espectáculo de la estación de Caballito a las doce menos cuarto del mediodía. Muchos se quejan y miran el reloj, otros se asoman por las ventanillas y describen con todos los detalles la funesta escena. Sangre, miembros desprendidos, un Guernica a la porteña y hordas de curiosos deleitándose ante un escena tan triste y definitiva como lo es la segunda de las dos fechas que determinan nuestro tiempo.

El goce ya está decretado en el rostro de los espectadores; absorbidos por esa atracción mal sana hacia lo macabro; hay quienes se cubren los ojos y espían casi con culpa el sufrimiento ajeno entre las rendijas de los dedos.
Evidentemente el morbo es parte de nosotros, es una sicopatología inherente al ser humano, por eso no es casual que esta palabra tenga su origen en el vocablo latino morbus que significa enfermedad.

Primer acto
El arte del morbo
En un bienal, además del sorprendente páramo de colores, contamos con todo aquello que es producto de la concreción del sentimiento: el arte en todas sus manifestaciones posibles, ha sido y será la eminente mise en scéne del alma, sin embargo esta es tan solo una perspectiva entre otras tantas, por ejemplo, Jaqcues Prévert (referencia: escritor francés) decía que todo era lógico a la hora de escribir, inclusive, el matar a otro ser se justificaba si el fin era hallar la inspiración. Hasta donde se sabe, Jaques Prévert no llevó a la práctica sus palabras, pero, ¿Qué sucede cuando la muerte se convierte en una pieza artística magistral?, este es el caso del artista costarricense Guillermo Habacuc Vargas quien en agosto del 2007 capturó a un perro callejero y lo expuso como una pieza artística en una Galería de Arte de Managua bajo un lema «eres lo que lees» escrito con alimento para perros. Natividad (así se llamaba el animal) murió de hambre atado en un rincón de museo a la vista de los asistentes. Tras su muerte, en el lugar quedaron un cable de metal y una cuerda.
Según Guillermo Habacuc, su pieza denominada Un perro enfermo, callejero ilustraría la hipocresía del ser humano puesto que ante el sufrimiento del animal nadie se detuvo a darle alimento ni atención, además, el Habacuc anhelaba ver cómo el mismo can que en la calle pasa desapercibido, dentro de una galería se convierte en el foco de atención.
Por su parte, el artista madrileño David Nebreda (1952) sigue a pie juntillas la idea que ya expuso Antonine Artaud (referencia: excepcional artista enfermo de esquizofrenia): No hay nadie que haya jamás escrito, o pintado, esculpido, modelado, construido, inventado a no ser para salir del infierno. El infierno de Nebreda es su enfermedad, la esquizofrenia, que lo ha llevado a convertirse en el nuevo mártir del arte. Mediante la fotografía, David Nebreda, expone la locura y el sufrimiento: performances reales donde él mismo aparece recubierto de heridas y sangre (producto de la autoflagelación). Nebreda confiesa que su existencia es mucho peor que las fotografías que expone.
La esquizofrenia corrompió la vida del artista desde que tenía 19 años de edad, este jamás tomó la medicación y utilizaba como terapia la fotografía. Entre sus imágenes más destacadas es bien conocida aquella en la que aparecen frases entrecortadas escritas con fluidos corporales y otra titulada «Cara cubierta de mierda»; es evidente que Nebreda juega con el asco, sus imágenes provocan repulsión y al mismo tiempo, despiertan esa sicopatología del morbo. Con el fin de matar los fantasmas de su mente, el madrileño vive bajo la tiranía de la tortura que él mismo se ha impuesto y el resultado es un contingente de curiosos expectantes, sacudidos por el deseo y la fascinación.

Segundo acto.
Amanuenses del morbo

Recuerdo que al comenzar mis estudios en la facultad de filosofía y letras, uno de los primeros textos que mandaron a leer fue «El niño proletario», de Lamborghini, escritor nacido en Buenos Aires en 1940. Recuerdo los rostros de mis compañeros, casi absorbidos por el asco, pero al mismo tiempo, excitados por esa magia inútil del morbo: el cuento describe un día en la vida de Stroppani (sus amigos lo llamaban ¡Estropeado!), un niño proletario, perteneciente a la clase explotada que además de todas las desgracias que impone la pobreza, es sometido sexualmente y es agredido por un grupo de niños burgueses. Lamborghini, sin pelos en la lengua, hace una panorámica bien detallada de la vida de Stroppani y del cruel martirio al que fue sometido; sólo por poner un ejemplo, veamos como detalla el autor argentino la vida de un niño proletario: «Con el correr de los años el niño proletario se convierte en hombre proletario y vale menos que una cosa. Contrae sífilis y, enseguida que la contrae, siente el irresistible impulso de casarse para perpetuar la enfermedad a través de las generaciones. Como la única herencia que puede dejar es la de sus chancros jamás se abstiene de dejarla. Hace cuantas veces puede la bestia de dos espaldas con su esposa ilícita, y así, gracias a una alquimia que aún no puedo llegar a entender (o que tal vez nunca llegaré a entender), su semen se convierte en venéreos niños proletarios. De esa manera se cierra el círculo, exasperadamente se completa.»
Stroppani trabajaba vendiendo diarios en el tren hasta que un buen día, un grupo de niños burgueses le arrebataron los periódicos, se los incendiaron. Su suplicio no termina ahí; el pobre niño fue sometido a una serie de agresiones físicas que Lamborghini describe sin olvidarse ningún detalle; más tarde, Stroppani es sometido sexualmente por los niños burgueses. En este cuento se observa con detalle la evidente conciliación que existe entre el morbo y el deseo, de hecho, Lamborghini dice: «Nosotros [los niños burgueses] quisiéramos morir así, cuando el goce y la venganza se penetran y llegan a su culminación. Porque el goce llama al goce, llama a la venganza, llama a la culminación; (…) el goce ya estaba decretado ahí, por decreto, en ese pantaloncito sostenido por un solo tirador de trapo gris, mugriento y desflecado». El contenido ideológico subyace en cada una de las escenas, desde el comienzo sabemos que ¡Estropeado! es despojado de sus monedas y atacado por los niños burgueses; en esta escena se nota muy claramente la felicidad que les provoca a los personajes ocupar un lugar social y ejercerlo con eficacia.

Este escritor, utiliza el recurso del morbo como elemento de reivindicación social; de hecho, uno de sus poemas que lleva casualmente ese título, «Reivindicación», y habla del acto sexual entre dos homosexuales que se conocen en el andén de un subte.
Lamborghini escribe su primer libro, «El Fiord», al cumplir los treinta años, es decir, en 1969 y casi sin saberlo funda un mito insoslayable, el mito de la literatura despiadada, sin ninguna humanidad, pero a la vez cargada de una fuerte dosis de ideología. «El Fiord» juega con las sospechas de la época acerca del agotamiento de Perón en cuanto a la indisciplina partidaria y la confusa muerte de Vandor, Secretario General de la Unión Obrera Metalúrgica; además el relato expone la tortura, el incesto y la muerte. En este show del asco, la alegoría político-sexual se puede leer entre líneas: una familia incestuosa conformada por un matrimonio entre el Gobierno y el Sindicato que tiene como víctima de violación a los trabajadores representados, en esta obra, por el niño. En esta orgía despiadada todos se ven absorbidos por el gozo y la panorámica posee una cuota muy generosa de morbo.


mauro_crue@hotmail.com

Tercer acto.
El último estertor

En todas sus prácticas el morbo ha sido pisoteado, disminuido y azotado, sin embargo, ¿Hasta que punto cabe ignorar algo que es intrínseco a la naturaleza del hombre?, la prensa amarilla, las revistas del corazón, escenas cotidianas de un martes por la mañana que se convierten en el boca en boca de un sinfín de transeúntes. Es tan solo cuestión de aceptarlo. El morbo convive con nosotros, es una evolución defectuosa de la curiosidad que nos da forma a su manera: nos dilata las pupilas, nos empuja hacia la escena del crimen, y nos mantiene suspensos entre la
repugnancia y el placer.
El morbo es la obsesión del hombre por buscar el deleite en sentimientos desagradables o escenas crueles, lo cierto es que lo prohibido siempre combina muy bien con la trasgresión y la trasgresión tiene afinidades electivas con la expresión artística, entonces… ¿Sicopatía o atracción inevitable? ¿Elemento interesante donde puede bucear la ideología o simplemente una curiosidad malsana? ¿Placer o repulsión? Quizás el morbo sea una de aquellas tantas dualidades con las que convivimos sin cuestionarnos excesivamente, una mise en scène profana, una mise en scène en fin, como un casamiento, un aniversario o un velorio.