El Señor Gómez y lo sobrenatural

mención especial II Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Pablo Juan Bagnato

-Están entre nosotros. Lo sé. Los he visto –sentenció Gómez. A juzgar por la expresión de sus rostros, la emoción reinante entre su discreta audiencia se repartía de manera más o menos equitativa entre la incertidumbre y el descrédito. Los rayos de sol que atravesaban las ventanas del bar eran discretos pero más de unos se desentendía del frío en pos de prestar su atención al discurso del viejo.
-Vienen cada tanto. Por las noches, claro. Porque son inteligentes. No se muestran a la luz del día porque no deben estar preparados aún para el contacto con nosotros.
Alguien osó preguntar por lo bajo a quiénes aludía con aquel “nosotros”.
-Nosotros, los humanos – aclaró Gómez y unos rumores apenas audibles comenzaron a circular. Inmediatamente continuó:
-Seguramente porque cualquier persona se asustará al verlos. O…o lo atacaría, por qué no. Quién sabe cómo puede uno reaccionar ante semejante situación. Así que siempre de noche. Y los fines de semana. Siempre los fines de semana. Porque nos están estudiando…
-¿Sí?- se oyó por el fondo, aunque la voz no parecía traslucir auténtico interés.
-Sí, sí. Es evidente. Por eso eligen los fines de semana. Saben que se nos encuentra en casa mayormente. Descansando. Entonces pueden estudiar nuestras costumbres. Y nuestras…bueno, nuestras cosas básicas de seres humanos, por ejemplo. He visto que hurgan en nuestra basura.
– ¿En qué basura? – preguntó alguien que no pudo casi contener una fugaz risita no bien terminó.
– Sí, sí- contestó Gómez, solemne-. Seguramente del análisis de algunos desechos sacarán…bueno, conclusiones. Tendrán algunos aparatos sofisticados, supone uno.
-¿Y cómo son? – inquirió alguien.
– Bueno…muy bien no he llegado a verlos. Más bien borrosos… y con varios colores pero mayormente verdes, eso sí…Pero bueno, es posible que tengan otras formas. O no ser del toso sólidos, tal vez.
-Claro- acotó alguien ya decididamente risueño. Gómez ni se inmutó.
-Lo raro-continuó- es que hacen mucho ruido. Digo…la nave, por así llamarle, en la que andan. Es curioso que nadie lo haya notado.
Para ese entonces las otras caras de incertidumbre habían caído ya en el descrédito, y los que desde el principio descreían ahora ya ni se esforzaban en ahogar algunas carcajadas. Pero Gómez seguía:
-Es raro porque…bueno, uno asume que vendrán de muy lejos, ¿no? De muchísimos…kilómetros- arriesgó el pobre Gómez, que apenas un par de veces en su larga vida ido fuera de los confines de la pequeña comuna rural en la que siempre había morado, y que nunca había estudiado nada parecido a la astronomía ni había oído de años luz-. Entonces –continuó- parece curioso, ciertamente, que…bueno, si evidentemente tan inteligentes, tan avanzados son sus cerebros como para permitirles llegar desde vaya uno a saber qué remoto…lugar…Buenos, que vengan en un armatoste tan ruidoso…
Ajeno a la disertación desde su puesto, detrás de la barra, el dueño del bar contemplaba el movimiento de discretas masas: unos salían del local, otros que alejaban sus sillas de la mesa desde la que pregonaba Gómez y se dedicaban a otras cosas. Gómez mismo tenía entonces un aire extraño en su rostro, Pareciera perturbarle en alguna medida esa colección de sonrisas torpes que tenia frente así. De cualquier modo, resolvió elevar el discurso a su justificado nivel de dramatismo.
-Pero están entre nosotros. Y…y quién sabes qué buscarán. Quién sabe qué harán. ¡Qué harán con nosotros! Si tendrán armas, si vendrán en son de paz…si intentarán educarnos…gobernarnos…Deberíamos prepararnos. Quiero decir, organizar una especia de comité de bienvenida. O cuanto menos nombrar a un delegado que nos represente. Tendríamos que intentar entablar algún contacto. Demostrarles que somos inofensivos, ante todo.
Comprobó entonces que el énfasis no surtió el efecto deseado, y los dos o tres sujetos que todavía permanecían cerca no se habían movido de allí porque hacía minutos no paraban de contorsionarse…pero en cuanto la risa les diera espacio acabarían por irse.

“Terrible” piensa Gómez, ya en la comodidad de su casa. Terrible esa actitud equívoca, ese aire de soberbia que inunda su raza y que no les permite advertir auténticos peligros. Acaso el hombre tenga merecido, se dice a sí mismo, e ominoso destino que seguramente le aguarda. Porque él entendería que los sujetos de las metrópolis, siempre tan atareados, siempre corriendo en vez de caminar, siempre asfixiados de obligaciones y deberes, cultores de un ritmo de vida insostenible…él comprendería que ellos ignoraran el asunto, que no prestasen atención, que no admitieran la amenaza hasta no tenerla finalmente frente a sus narices. Demasiado tarde, claro. Lo entendería (aunque no lo justificaría, por cierto) de esas gentes.
Pero sus coterráneos…la gente entre la que ha crecido y vivido ya casi setenta años. Gente como él, humilde, laboriosa, de hábitos y vicios discretos, Si no son más de unos pocos cientos en la comuna, un poblado casi desamparado a donde muchísimo tardó en llegar la luz, y apenas si hay dos o tres teléfonos en sendos negocios; y recientemente comenzó a funcionar el servicio de recolección de residuos, gentileza de alguna localidad vecina que extendió el acostumbrado recorrido; y por supuesto que los pozos ciegos permanecerán vigentes durante muchos años más. ¿Cómo podrá esa gente asumir la misma mentalidad mezquina de los hombres de las grandes urbes? La pregunta lo deja bastante desanimado al pobre Gómez, quien en lugar de la copita (o las dos) de coñac que apura como pasatiempo preferido al final de cada tarde, para morigerar su soledad, ahora se excede un poco con la medida, abrumado por el atroz sentimiento de humillación que arrastra desde el bar. Y en poco tiempo se adormece.
Cuando despierta la oscuridad ha invadido su modesto hogar. Pero la penumbra no es un impedimento para que el viejo sacie su ansia de revelaciones si es aquel acostumbrado ruido el que lo ha desvelado. Entonces se acerca a una ventana y cuidadosamente corre un poco la cortina (apenas, no sea cosa que se lo vea desde afuera) y a través del vidrio empañado por el aliento etílico y son sus ojos enturbiados por la añosa presbicia contempla, el pavoroso asombro de siempre, el accionar de aquellos entes uniformados que apilan en la “nave” rodada las bolsas de basura.

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