El Poeta ya no se fue de Italia de Beatriz Actis

Todo lugar es fugaz. Nos conocimos en Roma, hace diez, doce años. O quince. Era difícil
-despues, sentados en un cafecito bullicioso cercano a la plaza- olvidar la mascara mortuoria de Keats al lado de su cama. Keats vivio poco tiempo en Roma y allí murió, en aquella casa de la Piazza di Spagna, al lado de las escalinatas que llevan a la iglesia de la Tinita dei Monti. Mientaras en la Piazza la oleada de turistas a la que hasta hacia instantes nosogros habíamos pertenecido se sentaba en las escalinatas o daba breves paseos circulares cuyo centro era la fuente de Bernini, nosotros dos, por separado y sin saberlo
-sin conocernos todavía pero fieles a nuestros destinos de travesia-, entramos al museo en que con los años se había convertido la casa (Keats llego allí porque en Inglaterra se agravo su tuberculosis y los médicos le aconsejaron que se alejase del frio y marchara hacia el clima benévolo de Italia; asi lo hizo, invitado por Shelley).
El contraste entre el silencio interior de esos pequeños salones y el bullicio de afuera hacia que la calma quieta del museo resultara respetuosa, adecuada para un homenaje al muerto celebre cuyos manuscritos, retratos y objetos personales íbamos a contemplar. Nos rozamos, nuestros brazos se tocaron apenas, frente a la mascara mortuoria; estábamos absortos, como detenidos. La tradición funeraria buscaba capturar el rostro del muerto a través de una mascara que preservara la memoria visual y táctil de su cara, lograba, en cambio, algo cercano al horror.
Octavio era entrerriano, de Concepcion o de Concordia (no lo recuerdo ahora, pero el nombre de la ciudad empezaba con “C”, como “ciudad”). Me dijo que en el Palacio San Jose, en la Sala de la Tragedia, se exhibía en una vitrina la mascara mortuoria de Justo Jose de Urquiza. A partir de ese momento, empezamos a llamar a nuestros infames hotelitos
-porque desde ese momento decidimos continuar juntos el viaje- “salas de la tragedia”. Se había recibido de ingeniero agrónomo (a eso si lo recuerdo) porque la familia tenia campo en Entre Rios y esa había sido su obligación, a la que no se pudo rebelar, pero lo que le interesaba en verdad era la pintura, había ahorrado en los últimos años de la carrera trabajando como mozo, traductor o restaurador aficionado, y pudo hacer entonces su viaje iniciático de los veintipico de años, la ida a Europa que siempre había soñado. Su destino inicial fue Venecia, en donde dictaban un curso sobre “El fresco italiano”; recuerdo eso muy bien, aunque no asi su ciudad de origen o el año de aquel periplo, de aquel encuentro.

Yo soy de Cordoba fue una de las primeras frases que le dije -aunque era evidente por la tonada-, tal vez para apuntar hacia alguna complicidad provinciana. Estaba en esos días sola en Roma porque había terminado mi breve curso de ingles en Londres y decidi recorrer un poco el continente. En Londres, le dije, en Hampstead Heath, rodeada por jardines, hay otra casa de Keats y yo la había visitado antes de viajar a Italia. Llegue tarde, había terminado el horario de visitas vespertinas pero no estaban corridas todavía las cortinas -o no había cortinas- y el interior se notaba iluminado. Atravese el jardín y pude rodear la casa, espiando a través de los vidrios, casi encaramada, absorta, como tiempo después lo estaría ante su mascara mortuoria. Alli se guardaba el anillo de compromiso que el le dio a su amada Fanny Brawne. Era noche temprana, en otoño oscurece muy pronto por aquellas regiones, y rondaba la casa de Keats como un espíritu nocturno; yo misma, una sombra romantica.

Nos quedamos en Roma mas tiempo del previsto (como Keats, si bien no había escapado de mis toses, si había huido del frio y los grises de Londres); otro motivo de complicidad lo daban los intereses compartidos, nuestras lecturas. Me causaba gracia deambular por Roma con alguien con nombre de Emperador. En el cementerio protestante, la tumba de Keats esta cerca de la de Shelley. El poeta ya no se fue de Italia. (Se dice que cuando Shelley fue encontrado muerto tenia en el bolsillo un libro de poemas de su amigo).

Hace días que comenzaron a inquietarme estos recuerdos, que estuvieron postergados durante una década o mas, como hibernando, y al principio vinieron a mi solo como la cara borrosa de un amigo de la primera juventud del que no había vuelto a tener noticias (ni siquiera a través de las redes sociales, como suele ocurrir en estos tiempos) o como una secuencia inconexa de algunos bellos lugares de paso.

Me mude de Villa Maria a Cordoba y esa fue la oportunidad de limpiar cajones olvidados, el fondo y lo alto de los placares, todo aquellos con función de desván de trastos en diversos lugares de la casa. Entre las chucherías halladas en un alhajero de madera pintada, encontré el anillo. Tal vez era de plata, aunque se había desgastado y en partes la capa superficial color plateado había dado lugar a otra, color cobre. Tenia una piedrecita verdosa en el centro. Me lo había comprado Octavio en un mercado de Roma, fue ese el primero de los recuerdos recuperados y fue además una de las tantas cosas que tire o di a mis sobrinas para que jugaran. Lo entendí como un obsequio que me hacia el pasado antes de extinguirse.

*
Tras mudarme, el primer dia que sali a recorrer el barrio de mi nueva ciudad, junto con el reconocimiento de adonde estarían el supermercado, la lavandería, un kiosco abierto hasta la medianoche, lo via. Barria, era joven, vivía a la intemperie. Entre sus pertenencias escasas se destacaban las señales del transito, que parecían salidas de un curso de educación vial (pensé: ¿Adonde las consigue?): cascos, banderines, carteles, conos anaranjados. Una de las primeras noches de deambular por las -para mi- nuevas veredas lo vi sacando fotos de un modo compulsivo, como era esperable; apuntaba durante largo tiempo, fogonazo tras fogonazo, hacia el mismo lugar, la vereda de enfrente, desierta, y solo el flash intermitente iluminaba su rincón desolado y oscuro. Otras veces lo encontré dibujando o tal vez escribiendo, sentado en la improvisada cama-mesa de una esquina de Alta Cordoba, en un cuaderno espiralado.
Paso mas o menos un mes. Empezo el frio y en mi recorrido diario lo perdi de vista. Tuve la inexplicable necesidad de salir a buscarlo. Se había mudado de improviso de la esquina habitual pero, según lo supuse, no se había alejado demasiado del barrio. Asi fue; lo encontré atrincherado a unas cuadras del paraje anterior, como en un fuerte improvisado hecho con un carro de supermercado y las señales viales. Me pareció que estaba demasiado expuesto esta vez, en una esquina sin reparos; pensé que no tardaría en mudarse de nuevo (la cara cada vez mas tiznada, las manos arrugadas por el frio). Tras su Fortaleza Bastiani, apenas asomaba: tenia un mapa extendido sobre las piernas y lo examinaba con una linterna. Afuera, la ciudad era su deserto dei Tartari.

En esos días, uno de los vecinos del edificio que me cruzaba habitualmente en el ascensor y era el único con quien intercambiaba algunas palabras, me había visto contemplándolo, a metros de su lugar. Y una mañana, en el palier de entrada, me saco el tema: Al tipo le gusta conversar, una vez me dijo que anda de paso, que viene de viajar por el mundo, y no solo dibuja, a veces escribe. ¿Volvio? Se ve que estaba al tanto de sus ultimas mudanzas y que me consideraba una especie de protectora del Loco o una especialista en el tema. Le conte que no había regresado a la misma esquina anterior, aunque el vecino ya lo supiera; que estaba viviendo en otra, cercana. Despues el vecino recordó que había escuchado al Loco una vez cuando simulaba hablar por un teléfono publico; disentí: yo lo oi hablar realmente y pedir helado, al rato, un cadete de la heladería le llevaba el pedido a su pequeño campamento (a su guarida). Seguimos conversando sobre sus peculiaridades y el especulo sobre el origen, sobre la historia trágica que lo habría llevado a vivir en la calle. No sabíamos su nombre.
Enmudeci. Me di cuenta de que estaba preocupada por el pero nunca me había atrevido a mirarlo de frente, cara a cara; lo que sabia, lo sabia porque lo espiaba de lejos o, si pasaba a su lado, lo observaba por el rabillo del ojo, tratando de que no se diera cuenta.
Me daba pudor enfrentarlo, que se sintiese acosado por mi mirada, crei en aquel momento. El vecino volvió a preguntar en que esquina lo había encontrado en los días recientes y esta vez le respondi con la precisión que seguramente aguardaba, con nombres de calles que cruzan y descripción del ancho de la vereda y de los negocios u otras referencias próximas al lugar. Hizo un gesto de alivio: Temi que el barrio lo perdiera.
Esa noche me costo dormir. A la mañana siguiente lo encontré (había salido a buscarlo) sentado entre sus cosas; tomaba café en un vasito de plástico, con la mirada perdida. Hacia mucho frio y el tenia las piernas cubiertas por una frazada. Me detuve a su lado y lo salude con la mirada clavada en sus manos, en el vaso de café. Despues le pedi -mi voz era un susurro; temblaba- que me mostrara los dibujos. Tardo en responder, en entender tal vez; sonrio apenas y me extendió con gesto mecanico el cuaderno. Estaba abierto en una de las paginas y mostraba un boceto a lápiz, inconcluso. Di vuelta la hoja, la misma imagen ocupaba todo el espacio, pero mas completa, con detalles. Vi otra pagina, parecida.
Era el dibujo de una tumba en la tierra, de una lapida rodeada de lirios, de un cementerio antiguo. En la lapida no se leia ningún nombre, solo fechas, palabras en ingles, signos. Traduje la evidencia con los ojos húmedos: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”. No me atrevi a intentar, siquiera, mirarlo a la cara.