Vicente Battista

Hay palabras con idéntica pronunciación y diferentes sentidos. Escatología, por ejemplo, significa: «conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba», pero también significa: «el tratado de la cosas excrementicias»; es decir: «el minucioso estudio de las heces». De la transmigración de las almas a la irreverente cloaca.

Poder es otra palabra con doble sentido. Dicha como verbo en infinitivo denota posibilidad de hacer algo. Tener expedita la facultad o potencia de hacer algo, define el diccionario de la Real Academia Española: «querer es poder». Pero propuesta como sustantivo adquiere otro significado. El mismo diccionario de la Real Academia la define de este modo: Ser más fuerte que alguien, ser capaz de vencerle. El listado con el resto de las acepciones —Dominio, imperio, facultad y jurisdicción que alguien tiene para mandar o ejecutar algo. Gobierno de un país. Posesión actual o tenencia de algo. Fuerza, vigor, capacidad, posibilidad, poderío. Suprema potestad rectora y coactiva del Estado— aleja cualquier duda: el que tiene poder tiene capacidad de mando.
Quienes profesan alguna fe se someten, sin discusión, a lo que sobre ellos decida el poder divino. En los primeros años de nuestra vida, con o sin fe, debemos someternos a la voluntad de nuestros padres. Ellos, desde su poder, deciden los premios y los castigos. Roberto Arlt contaba que su padre se enorgullecía de poseer un genuino espíritu prusiano. Fiel a ese espíritu, toda vez que el pequeño Roberto hacía una travesura, el padre le anunciaba que lo iba a castigar a la mañana siguiente. De ese modo, lo condenaba a soportar dos castigos: el que iba a sufrir al otro día y el que sufriría esa noche, imaginando los padecimientos de mañana.
Suprema potestad rectora y coactiva del Estado, hemos visto que define la Real Academia. Efectivamente, poder y política están íntimamente ligados. Ernesto F. Villanueva en el Diccionario de Ciencias Políticas y Sociales (editado por Paz Gajardo, Susana Gamba y Hugo Chumbita, bajo la supervisión de Torcuato Di Tella) sostiene que el poder supone necesariamente un sujeto actuante, un objeto sobre el cual se pueda actuar y unos medios mediante los cuales se pueda actuar. Tanto el sujeto que actúa como el objeto sobre el cual actúa son seres humanos; los medios por los cuales actúa son diversos, van desde lo físico (ejército, policía, etc.) hasta lo intelectual (prensa, radio, TV, etc.). No siempre el objeto dominado tiene real conciencia de ese dominio. «O sea –agrega Villanueva— que puede seguir cierto comportamiento sin percibir que es inducido. En otras palabras, en las ciencias sociales el poder es una ‘relación de poder’. Puede ser adjetivado como potencial si se refiere a la capacidad, o como actual si se refiere al efectivamente ejercido.» Por tal razón, podemos hablar de poder económico, poder político, poder psicológico. Se puede hablar del poder jurídico, sujeto a normas legales legítimamente constituidas, y de poder espurio, común en numerosas dictaduras.
Sea como sea, está ligado a las relaciones entre los seres humanos. ¿Pero cuándo se originó esa relación? Para encontrar la respuesta tendríamos que retroceder millones de años hasta llegar a un día especial del que, por otra parte, no se tiene registro. Me refiero a ese preciso instante en que nuestros abuelos prehistóricos comenzaron a deambular en manadas.

Ensayaban sus primeros pasos, farfullando palabras elementales que aún no lograban desplazar a los gestos con los que hasta ese momento se habían comunicado. Al imaginar ese momento invariablemente pienso en la primera secuencia de 2001 Una odisea del espacio. Stanley Kubrick pone en escena a ciertas criaturas que comenzaban a tener rasgos humanos aunque aún no habían perdido los del gorila. Una de esas criaturas recoge un enorme hueso, lo golpea repetidamente sobre una piedra y finalmente comprende la verdadera fuerza de ese hueso que, de pronto, se ha transformado en un arma, en una herramienta que otorgará poder. Con el paso de los años, esa herramienta adoptaría múltiples formas e infinitas maneras de utilizarse, pero en todos los casos significaría exactamente lo mismo que había significado en aquella noche lejana que imaginó Kubrick para su película.
Desde los primeros capítulos de su historia, los seres humanos intuyeron qué es el poder, aunque durante muchos siglos no supieron cómo nombrarlo. El vocablo fue concebido a mediados del 1100, viene del latín, posse, y entre sus derivados encontraremos «Poderío», «Poderoso», «Pudiente» y «Potentado». Hasta finales del siglo IX los monarcas europeos detentaban rotundamente el poder, no tenían necesidad de nombrarlo. Su condición de soberanos les otorgaba el privilegio de ejercer la autoridad suprema; los súbditos, por su parte, aceptaban ese mando con la misma naturalidad con que aceptaban el agua que les quitaba la sed o el aire que respiraban. En los últimos años de ese siglo IX se inició el derrumbe de los imperios de Europa. A comienzos del siglo X habían caído en su totalidad. Hegel supo señalar que el hombre domina lo que nomina. Es comprensible entonces que para continuar con el mando, los reyes se vieran en la necesidad de darle un nombre a la razón de ese mando. No es casual la fecha en que se gestó la palabra Poder, tampoco los derivados que surgieron a partir de ella.

Sin Título» – Luis Sei Fong
I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas Crepúsculo

El 14 de julio de 1789 el pueblo francés tomó la Bastilla, la Revolución que iba a cambiar la historia de Europa se ponía en marcha: las clases populares que se habían levantado en contra del poder monárquico articulaban una consigna que no dejaba dudas: Libertad, Igualdad y Fraternidad. ¿Era el fin del poder? De ningún modo; los revolucionarios, fieles al espíritu de Montesquieu pondrían en práctica lo que éste había desarrollado en teoría: la nueva democracia se apoyaría en aquellos tres poderes legalmente establecidos —el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial— que muchos siglos antes propusiera Aristóteles en el Libro 6 de su Política, ahí leemos: «En todo Estado hay tres partes de cuyos intereses debe el legislador, si es entendido, ocuparse ante todo, arreglándolos debidamente. Una vez bien organizadas estas tres partes, el Estado todo resultará bien organizado; y los Estados no pueden realmente diferenciarse sino en razón de la organización diferente de estos tres elementos. El primero de estos tres elementos es la asamblea general, que delibera sobre los negocios públicos; el segundo, el cuerpo de magistrados, cuya naturaleza, atribuciones y modo de nombramiento es preciso fijar; y el tercero, el cuerpo judicial».
A esos tres poderes señalados habrá que agregarle un cuarto, que se dio a conocer a mediados del 1400, pero al que recién le dieron nombre a comienzos del 1800. En el año 1457 en Alemania se publicó Nurenberg Zeitung, el primer periódico que apareció con características similares a las de la prensa actual. Casi tres siglos después, el político e historiador inglés Thomas Macaulay acuñó una frase, «El periodismo es el cuarto poder», que ha llegado hasta nuestros días, ¿Sólo cuatro poderes? De ningún modo, hay otros muchos, con otras muchas definiciones. Max Weber entiende que «es la probabilidad de que un actor dentro de un sistema social esté en posición de realizar su propio deseo, a pesar de las resistencias» y señala que el poder legítimo no sólo es eficaz, en el sentido de que sus normas son observadas cotidianamente, sino que quienes las obedecen asumen «el contenido del mandato como máxima de su propia actitud». Weber habla del poder carismático, del poder tradicional y del poder legal. Señala que el primero es personal y extraordinario; el segundo es personal y ordinario; el tercero es impersonal y ordinario.
En el primer caso, a los gobernados no los representa un cuerpo normativo sino un líder que anticipa las necesidades, los deseos y los sentimientos de ese cuerpo. El segundo caso constituye un exclusivo dominio patriarcal, basado en el derecho consuetudinario. Por último, el tercer caso configura un gobierno de leyes por encima de los jefes y se sustenta en un aparato burocrático.

Karl Marx, por el contrario, entiende que el verdadero poder surge de las relaciones de producción: el propietario de los medios de producción es el dueño del poder. La propuesta marxista entiende que la división entre poder económico, político e ideológico no corresponde a un orden natural, sino que está condicionado por el régimen capitalista y un sistema de clases, definidas según se tenga acceso o no a los medios de producción. El poder de la clase dominante dependerá de su fuerza, desde la policía hasta el ejército, y de la posibilidad de proyectar su ideología al resto del espectro. Históricamente, la burguesía accede al poder desde el espacio económico, en tanto que la clase obrera lo hará desde el espacio político. «Todo el poder para el proletariado», fue la consigna de los revolucionarios rusos en 1917.Medio siglo después, en su Microfísica del poder, Michael Foucault rompe con ciertas concepciones clásicas. Sostiene que el poder no se localiza ni en las instituciones ni en el propio Estado. Se trataría de un juego de saberes que respaldarían la dominación de una criatura sobre otra. Una relación de fuerzas planteada en una sociedad determinada. Por consiguiente, se encontrará en todas partes y, fatalmente, el ser social estará atravesado por relaciones de poder, le resultará imposible desentenderse de ellas. Así lo explica Foucault: «Quiero decir esto: en una sociedad como la nuestra, pero en el fondo de cualquier sociedad, relaciones de poder múltiples atraviesan, caracterizan, constituyen el cuerpo social; y estas relaciones de poder no pueden disociarse, ni funcionar sin una producción, una acumulación, una circulación, un funcionamiento del discurso. No hay ejercicio de poder posible sin una cierta economía de los discursos de verdad que funcionen en, y a partir de esta pareja.»
Hubo un día definitivo en que un miembro de la flamante manada alzó un enorme hueso, lo convirtió en garrote y sólo por eso adquirió categoría de jefe. Acababa de nacer el poder. Un concepto que desde entonces se utiliza, con igual fervor, para construir y para destruir. Todo depende de en manos de quien está y del modo en que la sociedad en su conjunto y cada uno de nosotros en particular repita aquel gesto que hiciera nuestro abuelo prehistórico hace millones de años.