El pecado de…¿no ver?

By 27 noviembre, 2014n.13 - pecado

por Silvia Pisano

Cuando me invitaron a escribir sobre el pecado, mi mente de adulto se trasladó a mi primera confesión. Aquella con la que había que cumplir para poder tomar «La Primera Comunión», teniendo apenas ocho años de edad. 

Y recuerdo esa larga fila de niños, en la inmaculada, bella, imponente, inmensa iglesia de mi pueblo, en donde todos esperábamos con cosquillas en la panza y un nudo en la garganta a que llegue nuestro turno de contar todo lo mal que habíamos hecho en nuestra corta existencia.
Por suerte, un paso más adelante, estaba mi amiga incondicional de la infancia.
Aquella con quienes los juegos interminables que duraban desde que abríamos los ojos hasta que caía la noche, eran un episodio único cada día.
Eso daba cierta seguridad.
Aún así, las manos se empapaban pensando en la penitencia que nos daría el sacerdote cuando le contáramos todos nuestros pecados.
Todo esto hasta que por fin estábamos muy cerca y le tocó el turno a mi amiga entrañable e inseparable.
Ella empieza a hablar en voz baja pero… yo estaba tan cerca que fue imposible no escuchar.
Hasta el décimo pecado, todo era conocido para mí porque habíamos hecho la lista juntas.
De pronto, ella baja aún más la voz y balbuceando, confiesa que le había robado tres limones a mi papá para jugar a la comidita con otra vecina, un día que yo estaba en cama, enferma.
¿Cómo yo no sabía nada? ¿Cómo había robado? ¡Eso era traición!
Ahí no más, olvidando dónde estábamos empezamos a discutir.
Y la discusión terminó en tirada de pelos. Y la tirada de pelos terminó con el cura saliendo del confesionario y sentándonos a las dos en un banco de la iglesia para darnos el gran sermón de nuestras vidas.
La verdad es que ya no recuerdo qué nos dijo ese viejo cura. Lo que sí recuerdo es cuál fue la penitencia: 50 Padre Nuestro y 50 Ave María recitados al unísono y mirándose a los ojos.
Obvio que cuando íbamos por la cuarta parte del largo rezo ya nos habíamos olvidado de los limones, la pelea, la tirada de pelos y el sacerdote nos retaba porque hacíamos muecas, nos reíamos y nos salteábamos partes de la oración, lo cual nos provocaba más risas aún.

Hoy, que recuerdo esto con una prudente distancia, entiendo el valor de aquella enseñanza: mírense, reconózcanse, tolérense y traten de construir juntas en lugar de enfrentarse. Manejen su ira.
Esa ira que enceguece el ver y la mirada, no sólo de la situación sino también de los protagonistas, de los actores sociales que son parte.

Así ocurre que no puedo dejar de preguntarme por aquello que miro y no puedo ver, por aquello que miro y no quiero ver, en cada nueva situación, con cada nuevo protagonista.
Y detengo mi mirada en una situación casi cotidiana que observo desde mi asiento solitario de algún micro.
Afuera, caos de tránsito. Los autos se cruzan en la calle taponando cualquier hueco por donde se pueda pasar, los camiones intentan avanzar como si nada hubiera en su paso y un chofer de colectivo que amenaza «mirá que éste es más grande».
Todos trabados, nadie cede, nadie da paso y todos quedamos inmovilizados durante horas.

En la avenida paralela no hay autos porque un grupo de manifestantes, con cánticos, banderas y pecheras que los identifican, reclama por algún plan de trabajo.
Mientras, algunos caminan a paso enérgico volviendo de su jornada laboral y maldiciendo la suerte de tener que soportar tal caos en un día de intenso calor.
Un anciano duerme tirado en la vereda sin enterarse de los bocinazos ni de los reclamos que se proclaman a través del megáfono. Y un niño, sentado a su lado, pide monedas sin grandes resultados.
Sentados en un banco, cuatro adolescentes comparten un tetra que van pasando de mano en mano, mientras ríen quién sabe de qué. Si del anciano, del niño, de la señora que pasó apurada o de su propio mundo.

Dentro del colectivo una joven llora porque debía tomar un colectivo para pasar las fiestas con su familia, en un pueblo de Corrientes y ya había pasado más de una hora de su horario de partida. Perdió el valor del pasaje y sabe que será muy difícil conseguir otro antes de navidad. Está desesperada y sola.
Nada es distinto con el resto de los pasajeros. Cada uno habla consigo mismo en voz alta maldiciendo la situación, a los manifestantes, al que duerme en la calle, al auto que se cruza…. A todo.
Y todo se vuelve agresivo, angustiante, sin salida. Sólo cabe la resignación o ver cómo sacar la bronca que la situación genera.
Y al observar esto como cualquier otra postal diaria, transfiero mis dudas hacia aquello que como sociedad nos imposibilita construir juntos en términos de comunidad, hacia las cotidianas situaciones de violencia de las que somos parte.

Y me sigo preguntando cuál es la ceguera que tenemos como conjunto y que nos lleva a enfrentarnos, a no vernos, a no mirarnos, a no reconocernos, a no tolerarnos…

Es cierto que el ver y el mirar no son neutros y que dependen del punto de vista desde el cual se mire y se vea, con cómo y desde dónde se quiera ver.
Pero tampoco es neutra esa dependencia dado que, en tanto actos complejos, cultural y políticamente construidos, lo que conocemos y vemos en él depende, justamente, de nuestra pertenencia y participación de uno u otro régimen escópico, condicionando el modo de ver y de mirar.
Así, con la posibilidad de múltiples verdades, más bien de múltiples apariencias, aparecen las miradas y posturas diferentes y, con ellas, distintas interpretaciones que entran en competencia entre sí porque se producen desde un determinado lugar de interés, el cual constituye la propia realidad.
Y sigue retumbando en mi mente aquella primera enseñanza: mírense, reconózcanse, tolérense y traten de construir juntas.

Es decir: hagan visible lo invisible.
Una in-visibilidad o una visibilidad que, en cualquier sociedad, se encuentran condicionados por la historia, las instituciones que la modelan y modulan y las lógicas de poder político que inciden en el poder cognitivo, en tanto sujetos sociales.
Que en suma nos define como comunidad porque es lo que construimos como conjunto social y político.

Una in-visibilidad que cambia de lugar cuando la otredad abandona, en cierto modo, la idea de lejanía.
Cuando me reconozco en el otro. Cuando reconozco al otro. Cuando me puedo poner en el lugar del otro.
Un lugar desde donde podamos vencer las resistencias a aceptar que todos estamos involucrados, para empezar a ver que ese que aparece es un igual, un nosotros. Es vencer los mecanismos para aislar toda carga de humanidad que han llevado a la individualidad, al sálvese quien pueda, a la fragmentación social. Y, lo que es peor, al enfrentamiento entre los fragmentos.
Ante tanta ceguera como conjunto social…
¿Estaremos ante un nuevo punto de inflexión del pensamiento?
¿Será que no queremos ver lo que nos duele?
¿Será que la amenaza de la proximidad de la in-visibilidad nos incomoda?
¿Será que no soportamos la alteridad geopolítica?
¿Será que las percepciones inconscientes son tan variadas que jamás puedan hallar un punto de encuentro?

Y pensando en aquella penitencia de hace tiempo, no puedo dejar de preguntarme…

¿Cuántas horas necesitaremos de sentarnos frente a frente para mirarnos, descubrirnos, encontrarnos, vernos y empezar a construir al unísono una comunidad que nos merezca y merezcamos?