El otro de mi carencia por Alejandra Santoro

Joven colaboradora de 25 años, a punto de recibirse de Licenciada en Ciencias
de la Comunicación en la UBA…a punto, tan sólo falta esa bendita tesis

Lo que deseo se me empezó a filtrar con fuerza por las costillas, por las entrañas, me retorció, me despeinó despiadadamente. Con frecuencia los sueños me hablan de carencias, me exponen groseramente que lo que deseo no lo tengo. No lo tendré jamás. Uno se me acerca, me acaricia y yo fantaseo con que Otro se de cuenta, me mire, le importe. Uno

me dice que a él le gustaría casarse conmigo. Otro, al que yo beso y amo, en vez de calmarme se vuelve denuncia. Despliega ante mí la pura ficción de las cerezas mentirosas de las tortas de cumpleaños. Cerezas bicarbonatosodiadas. El despertar me sorprende con el cuerpo en carencia y la certeza de que la fusión sigue implicando la distancia. Ya no vale dibujar caminos con los dedos en la piel del Otro, ni valen los ojos encontrándose, ni que el cuerpo se vuelva nudo con el cuerpo de aquél, porque no existe totalización alguna. No se puede ir más allá de la piel, ésta marca el límite y la frontera hasta donde llegar, hasta donde tocar, besar y oler. No me puedo tupir con ella, no puedo. El despertar me volvió carne y sangre. Vulnerabilidad frente a aquello que me desborda, que no puede ser engullido y conocido, que no puedo comprender y que, no obstante, me es próximo.

Tengo una angustia aparejada al contradictorio rostro del Otro, a partir del cual lo descubro, pero que al mismo tiempo ocluye su verdad. El rostro es más espejo que ventana, me reconozco yo a través del Otro más de lo que puedo llegar a conocerlo a él. Su rostro me elige, me vuelve única, pero me desplaza.

¡Quiero que mude mi objeto de deseo a una media! Quiero desear fervientemente a una media, amarla, necesitarla, reclamarle su atención. Iríamos a pasear, le haría ver películas europeas mientras comemos pochochos acaramelados.

Yo seguiría siendo un sujeto deseante, pero mi deseo por la media se volvería un trastorno para el resto. Y no sería ya el deseo el que me vuelve loca, sino que sería mi propia locura la que me consolaría y justificaría eso de andar deseando por ahí.

Deseo
Deseante
Deseoso
Deseable
Des-
contracurarme de deseos es lo que necesito. Del deseo del Otro.

De pies a cabeza, hasta la médula de los huesos, somos pura vulnerabilidad. Guardamos una aptitud a ser abatidos por el Otro. Exponemos al desnudo nuestra piel ofrecida al contacto y a la caricia. Desnudo que siempre es sufrimiento. Caricia que quemaaliviaduele. Nuestro cuerpo delata este dolor, delata que estamos lanzados como misiles a la afección, al envejecimiento y al abandono. Las lágrimas, la carne desgarrada, las arrugas son lo más animal que de humanos todavía tenemos. Ladramos el deseo, porque los deseos no se gritan.

Ya me gustaría a mi ir nadando en una bolsa de café caliente por sábanas de café tibio para que me de calor, bebiendo café con cualquier otra cosa y pensando en este sistema agrietado, que no cierra, que tiene fisuras e ir echándole la culpa a los enanos, a las rubias, a los parásitos. Escribir crónicas sobre travestis. Injertarme dos caleidoscopios en los ojos. Tumbarme en un acolchado de cáscaras de banana. Lo que sea. Todo. Pero no pensar más en el Otro de mi deseo. Quisiera no tener la certeza de que lo que toco no lo puedo tomar ni aprehender, no quiero saber que no existe “lo acariciado”, que la caricia agota su valor en sí misma, atrapada en un puro intervalo. Cuanto más cerca lo tengo, el velo se vuelve manta, y ya no puedo con mi hocico descubrirlo. Y ahí viene la palabra a arruinarlo todo. Frases, cadenas significantes que no hacen más que tapar la poca luz que sale de las rendijas y hendiduras del cuerpo del Otro.

Todas las extremidades se deberían volver tijeras, hojas o cualquier otra cosa que pueda cortar. Se deberían secar las lenguas. Sellarse los ojos. Nos deberíamos ramificar, volvernos ficus. Que los pájaros nos hagan cosquillas, que nos construyan nidos sobre nuestros miles de brazos, que nos ensucien. Pero no, bajo ningún punto de vista, nunca más amanecer más sabiéndonos carentes.

«Poema a-margo» de Pablo Nobile
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”