por Vicente Battista

Hay un período en nuestra vida durante el cual desconocemos el miedo. Ese período dura más o menos nueve meses; luego nacemos. En el mismo instante del parto, junto al primer llanto, descubrimos una serie de emociones que nos acompañarán a lo largo de nuestra existencia. Podríamos citar el hambre, la sed, el cansancio o el sueño; pero eso viene después. Miedo es la primera emoción que sentimos al nacer; el ancestral miedo que a partir de ese momento habitará en nosotros.

Y es natural que suceda así; a continuación de nueve meses paradisíacos, sin que nada ni nadie nos moleste, sin nada ni nadie a quien temer, irrumpimos en un mundo al que va a ser necesario conquistar a cada instante. Nacer significa morir, «La muerte está en mitad del camino de la vida», decía San Agustín. «A medida que tomamos conciencia de nuestra muerte inevitable, descubrimos la emoción llamada miedo», dice Stephen King, un escritor que sabe mucho acerca de este sentimiento.
Pero decir que solamente tememos a la muerte sería reducir el miedo al absurdo. En verdad, le tememos a todo: a la oscuridad, a los relámpagos, y a los truenos que sin remedio vienen después de los relámpagos; le tememos a la velocidad y al vacío; al silbido del viento y a una calle desierta. Sentimos miedo cuando viajamos en avión; a veces lo negamos, pero que levante la mano aquel que cómodamente apoltronado en la butaca y con el cinturón de seguridad debidamente ajustado no experimenta cierta sensación extraña aquí, justo en la boca del estómago, cada vez que el Boing 721 despega o aterriza. ¿Entonces, por qué viajamos? Más allá de las prisas, porque constantemente necesitamos vencer al miedo. Acaso por eso lo convocamos siempre, y acudimos puntuales a la cita.
Casi no tenemos dudas acerca de los otros sentimientos primarios. Sabemos perfectamente por qué sentimos hambre o sed y podemos descubrir las muchas causas de nuestra fatiga.
Sabemos las razones que nos hacen experimentar amor y las que nos hacen odiar, podemos dilucidar los fundamentos de nuestra envidia o los de nuestro rencor. Pero nos cuesta comprender la razones del miedo. Y lo que es más inquietante, entender las causas de esa enfermiza pasión que sentimos por todo lo que significa terror. Tal vez sea por la innata curiosidad del ser humano, la constante necesidad de traspasar la puerta prohibida o el afán de conocimiento.
La curiosidad y el deseo de conocimiento hicieron que Adán y Eva, y todos sus descendientes, perdieran la mejor de las tierras. Jehová les había vedado comer los frutos del árbol del bien y el mal. El diablo tentó a Eva, le dijo: «Y el día que comiereis de él, se os abrirán losojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Génesis 3:5). Adán y Eva desoyeron a Jehová; el resto es historia conocida. Muchos años después, a mediados del 1500, el Dr. Johannes Fausto vendió su alma al diablo con el único propósito de aumentar su vasto caudal de conocimientos.
No es casual que el horror esté en la literatura desde que se trazaron las primeras letras. ¿No es acaso horrendo que Zeus devore a su esposa Metis después de que él mismo estuviese a punto de ser comido por su padre Cronos? ¿No es acaso horrendo que Prometeo sea condenado a estar sujeto eternamente a una roca para que un insaciable águila le mastique el hígado sin descanso? Pero aunque de muy antiguo se hable de monstruos, hubo que esperar hasta el siglo XVIII para que el género de horror se oficializara. Un inglés, Horace Walpole, que había nacido en 1717 fue quien le otorgó carta de ciudadanía.

«Sin título» de Juan Sebastián Carnero
I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Era hijo de Sir Robert Walpole, más tarde, Lord Orford, uno de los políticos más violentos y exitosos de su tiempo y figura dominante en la Inglaterra de mitad del siglo XVIII.
Horace Walpole heredó muy poco del carácter de su padre; jamás tuvo la feroz energía de aquel, se dice que era un niño suave, enfermizo, tal vez algo afeminado. Sin embargo, este muchacho tímido, que no pudo completar sus estudios en Cambridge, escribióEl castillo de Otranto, una novela que se convertiría en el texto fundador de toda la literatura de horror contemporánea. La publicó en 1764 y sigue siendo objeto de culto y estudio. La historia sucede en el medioevo y cuenta con todos los elementos que más tarde caracterizarán a esas narraciones: tormentas repentinas, mazmorras sangrientas, subterráneos fatales, cuevas y bosques infernales, gigantes terroríficos, calaveras con hábitos de fraile, cuadros que se desprenden de las paredes, estatuas que lloran sangre, espadas que se desenvainan solas. Sir Walter Scott dijo que «Walpole propuso en El castillo de Otranto el arte de despertar el horror y la sorpresa». Horace Walpole murió en 1797, sin sospechar siquiera que iba a ser el fundador de un nuevo género en literatura.
También en el imperio británico, pero algunos siglos después, encontraremos a otro escritor que puso del revés aquello que Horace Walpole propusiera para el género de terror. Se trata de Arthur Machen, que nació en Gales en 1863 y murió en Londres en 1947.
Arthur Machen es un nombre poco pronunciado por los académicos, a pesar de ser uno de los escasos escritores que a comienzos del siglo XX supieron darle una formidable vuelta de tuerca a la llamada literatura fantástica o literatura gótica o literatura de terror.
En algún momento, Machen consideró necesario revisar a fondo el «cuento de miedo» y, tal como en su momento señalara Rafael Llopis, «empezó a eliminar de él una serie de elementos caducos: el castillo medieval, el muerto en todas sus infinitas variedades y subespecies, la noche… En una palabra, sepultó la tramoya romántica y se puso a escribir cuentos de miedo a base de luz, de campo, de verano, de cantos de insectos, de piedras y de montes».
Así, en un escenario hasta entonces ausente en las historias de terror, planteó cuentos espeluznantes, y a él mismo le tocó vivir un episodio no menos espantoso. Sucedió durante la Primera Guerra Mundial.
El Evening News, de Londres, se había quedado sin corresponsal en el frente. El director del diario le propuso Machen esa tarea. Él aceptó la oferta. El 10 de setiembre de 1914 estaba en Bélgica y fue testigo de la feroz batalla de Mons. Allí, en una acción casi suicida, los soldados del kaiser Guillermo II obligaron a retroceder a los tommies de su Majestad Británica. No hay rastros de la crónica que Machen pudo haber escrito. Pero ese enfrentamiento fue el escenario y el tema de uno de sus cuentos más célebres. El Angel de Mons se llama y apareció por primera vez en el Evening News, poco después del fin de la guerra.
En ese texto Machen evocó aquel vertiginoso combate pero, fiel a su literatura, incorporó un elemento fantástico: en mitad de la lucha los tommies británicos reciben auxilio celestial. San Jorge y una valerosa legión de ángeles guerreros ayudan a que los ingleses tengan un repliegue honorable. A pocos días de publicado el cuento, la redacción del Evening News se vio invadida por ciento de cartas, estaban firmadas por veteranos de Mons y todas, esencialmente, aseguraban lo mismo: lo que Machen había narrado era rigurosamente cierto. Los excombatientes del bando contrario también hicieron su aporte: hubo cartas con sello postal de Alemania confirmando la presencia de los serafines de San Jorge en aquella ilustre batalla. El Evening News duplicó sus ventas y en las librerías se disputaban los títulos de Machen. Todo hacía suponer que la fama, por fin, había alcanzado al escritor galés. Sus recientes lectores, seducidos por el ejército celestial que había combatido en Mons, le pedían que repitiera historias de parecido calibre. En lugar de complacerlos, Machen declaró públicamente que El Angel de Mons había sido exclusivo fruto de su imaginación. Dijo que lo único real fue la batalla, pero que ni San Jorge ni sus querubines habían participado en ella.

Esa sinceridad lo condenó al ostracismo. Cada título que publicó después de aquella confesión fue sistemáticamente ignorado. Lo abrumó la miseria y nadie se molestó en darle trabajo. Sus amigos George Bernard Shaw y T.S.Eliot debieron organizar una colecta para que soportara dignamente sus últimos días. Murió en 1947, pobre y olvidado.
Las muchas novelas y los numerosos cuentos de terror le han dado justo prestigio al género. Pero las historias de miedo no son exclusivas de la literatura. El cine desde los principios de su creación también se ocupó de despertar a ese sentimiento oculto e incontrolable. George Melies en 1912 filmó La conquista del Polo. Conquistar el Polo en esa película no era fácil, sobre todo si había que enfrentarse, cara a cara, con el Abominable Hombre de las Nieves que devoraba a uno de los expe-dicionarios. Antes, en
1908, la «Selig Pochyscope Company», de Chicago, había filmadoEl doctor Jekyll y mister Hyde, la primera de las muchas versiones que se hicieron de la novela de Stevenson. Sin embar-go, serían los alemanes quienes mejor desarrollarían aquella época inaugural del cine de terror. En 1915 se presentó El cuerpo sin alma, una película que recreaba el tema del Golem de la tradición judía. En 1920 Robert Wiene estrenó El gabinete del doctor Calegari y en 1922 William F.Murnau ofreció Nosferatu, la primera película con Drácula como protagonista. El terror se había instalado en la cinematografía, para no salir jamás.

 Es preciso hacer una diferenciación. Aunque horror y terror parecieran sinónimos, no lo son. El terror, informa el diccionario, es«Miedo, espanto, pavor de un mal que amenaza o de un peligro que se teme». El horror, por el contrario, merece esta definición:«Movimiento del alma causado por una cosa terrible y espantosa yordinariamente acompañado de estremecimiento y de temor». Terror es un sentimiento que nace ante la presencia de una criatura monstruosa. El horror, por su parte, se manifiesta frente a esas situaciones, como la oscuridad o el abismo, que irracionalmente producen miedo. El terror nos hace gritar; el horror, no. Frente al horror enmudecemos. Mientras la literatura trabaja con el horror, el cine lo hace con el terror. Según las Escrituras, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Por el contrario, cuando el hombre crea a sus propias criaturas generalmente las hace monstruosas: «Los sueños de la razón engendran monstruos», señalaba Goya. Se hizo preciso la incorporación de monstruos para comenzar a hablar de terror. Sin
embargo, sólo los admitimos en la ficción. A principios de los años ’30 Drácula, Frankenstein y El Hombre Lobo fueron éxitos de taquilla. En 1932 el director estadounidense Tod Browning dio a conocer Fenómenos, una alucinante película que tenía por protagonistas a criaturas espantosas, sólo que en este caso no eran producto de hábiles maquillajes sino monstruos reales: Browning los había reclutado en diferentes cotolengos. El mismo público que se solazaba ante la truculencia del Hombre Lobo o la sed de sangre de Drácula, rechazó indignado esa película. Como
contrapartida de aquel rechazo se podría citar a un engendro que hace unos años conmovió a los jóvenes de América y Europa. Hablo de Freddy Kruger. En la primera película se narra cómo este asesino de niños muere quemado en su propia caldera, en manos de los padres de sus víctimas. Bajo la forma de un monstruo, Freddy aparecerá en los sueños de los adolescentes, y los matará sin piedad. Más que esos crímenes horribles, lo que de verdad trastorna es el cariño que los jóvenes sienten por Freddy. Las películas de este criminal de pesadilla se repiten sin descanso, y los adolescentes lo han adoptado como a un héroe. Esta desmesura acaso sea una válvula de escape para sobrevivir a nuestra cotidiana tensión, o tal vez sea un modo de neutralizar al miedo; ese sentimiento que incorporamos al nacer y del que ya nunca podremos desprendernos, ni siquiera en los sueños.