El Miedo a los Pibes

By 25 noviembre, 2014n.14 - miedo

Luis Straccia

Hace ya unos años, Matías, quien tenía un hogar para pibes de la calle me decía «para él –el chico que pedía monedas en un semáforo- el problema todavía no empezó. El problema grande va a venir acá a unos años, cuando le cambie la voz y la cara. Ahí, al acercarse al que maneja ya no va a inspirar compasión, sino miedo. Y él, sin familia, sin escuela, sin trabajo y sin futuro, va a hacer lo que se espera que haga, sino no podría hacer nada….». 

Cabría preguntarse por qué es que esa imagen se torna peligrosa para algunos, para muchos. ¿Será que está en la calle? ¿Qué es pobre? Que viste mal y está sucio, que tiene zapatillas caras a pesar de que está donde está? Porque me pide monedas? Por todo eso junto…
Cómo se ha instalado ese miedo?
El otrora joven que era visto como peligroso, era aquel que desafiaba lo establecido y que a través de la praxis y discusión de su rebeldía, se constituía en motor de avance de la sociedad de la que formaba parte. A través de sus múltiples expresiones –la vestimenta, la música, los ideales políticos, etc.- generaba el miedo típico y lógico al cambio.
De hecho, una de las mayores construcciones sociales, producto de una historia reciente que aún nos conmueve, consiste en la generación del temor focalizado en un supuesto peligro relacionado la edad del agresor, que según decían «atentaba contra nuestro tradicional modo de vida, occidental y cristiano».
Hoy, aunque parezca esquizofrénico, y tal vez por que en realidad lo sea, la misma sociedadque se postra ante idolatría de «lo joven», intentando a medida que el tiempo pasa y que las carnes se aflojan, asirse a un girón de juventud idiotizándose en el empeño, dirige su mirada reprobadora hacia esa franja etaria y su dedo acusador, responsabilizando a «ellos» de los peligros que nos tocan vivir.
Así, casi imperceptiblemente, los jóvenes se convierten en adictos, delincuentes, insulsos, apolíticos, precoces, pero sobre todo peligrosos… Por qué son los adolescentes los seres peligrosos? Bien podría decirse que es consecuencia de haber mamado de una cultura generada y reproducida por el mundo que ha conformado los adultos adolescentosos. Aquellos adolescentes eternos que ya han pasado de los 30 o los 40.


Exclusión

Y el miedo excluye. Las políticas que se centran en los jóvenes, difícilmente los cuente como protagonistas activos, sino que más bien que los convierten en objetos de las mismas, antes que en sujetos. La misma exclusión de la que sonparte, luego deriva en la falta de interés en la participación, y de ahí surge también la crítica de quien excluye.
Se sabe que la adolescencia es una etapa de definiciones, que todos hemos atravesado, signada también por miedos. Miedos hacia uno mismo, hacia el entorno, hacia el futuro.
El miedo ha de ser mayor, si se carece de los anclajes necesarios, si los modelos se esfuman, y donde pareciera que toda la definición de la persona está dada por los bienes que posee.

«Niño con arma» de Daniel Leber
Mención especial, cat. miedo
I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas Crepúsculo

Entonces, a la vez que se les achaca que no son lo suficientemente adultos para realizar tal o cual cosa, se los impulsa a consumir y a vivir en consecuencia como sí lo fueran. La fiebre de producciones televisivas dirigidas a adolescentes, las publicidades que los tienen como protagonistas.
Se les exige a los adolescentes que se comporten como adultos, pero es qué acaso no lo hacen?
La música, las series, las publicidades, hasta los juegos (pensemos en los videos juegos) tienen cada vez más una impronta violenta. Ya no se trata de una violencia que podría canalizarse hacia otros –en una poesía contestataria – en pos de esperar cierto cambio, sino hacia otros por la mera existencia de los otros mismos.
Y, al menos que yo sepa, no son adolescentes los productores musicales, televisivos o los empresarios del entretenimiento. No, son más bien adultos que, en su afán de lucro, constituyen al adolescente en adulto a la hora de consumir. Sin considerar en cuáles son las posibles consecuencias que de dicho consumo se puedan desprender, sin pensar en que ese a quien dirige su mensaje o su producto, es sólo un pibe. Que piensa como pibe, que sufre como pibe y que va a reaccionar como un pibe.
En momentos en que ese ser se encuentra en plena búsqueda y desarrollo de su personalidad e identidad, por qué no ha de emborracharse si le dicen que ahí está el placer, por qué no ha de querer y buscar ese celular, o zapatilla, o lo que sea, si es lo que le dicen que es lo que lo convierte en quien es.
Desde que nacieron han estado sometidos a estos mensajes, y difícilmente conozcan otras propuestas, porque quienes son los encargados de dársela – lo adultos- se corren de escena. Ya sea porque no saben cómo luchar contra lo antedicho, ya sea porque no pueden siquiera reconocer el problema, o porque simple y sencillamente prefieren ser cómplices, porque resulta más simple echar las culpas a otro, antes que a sí mismo.

Parálisis
El miedo también paraliza. Y esto obedece, en gran parte, a la incapacidad que como conjunto, tenemos de asumir el rol de adulto. Son momentos en que nadie, o mejor dicho, cada vez menos personas optan por asumir ese papel. Que no es otra cosa que guiar, acompañar, poner límites. Simplemente estar presente.
Entonces, cuando quiero acordar, esos hijos sociales han crecido, y ya no sé cómo manejarlos. Ellos y sus acciones se vuelven peligrosos. Ahí, manoteo lo que tengo a mano, y recurro al pensamiento mágico de lo represivo.
Porque desde algunas esferas del poder se cree que con una simple ley, el problema se soluciona. No se vende alcohol a menores, entonces la noche es «más sana» como gustan decir ciertos gobernantes. No cabe el preguntase por qué toman los pibes, o que es lo que canalizan en su alcoholización, o en la violencia.
A su vez, los medios masivos de comunicación van dando forma a ciertos estereotipos. Estos se configuran a partir de la construcción de imágenes en donde –a excepción de los adolescentes prefabricados de la ficción- se los unifica a todos como alcohólicos, violentos o sectarios que conforman sus propias tribus (floggers, góticos, cumbieros, chetos, etc.).
Al machacar constantemente con las imágenes de la noche, la violencia, el consumo de sustancias, y los cacos que «probablemente sean menores» –como si esta suposición fuera de por sí una noticia-, se va configurando un escenario que deja de ser percibido como una representación, para convertirse en el estado natural de las cosas y los hechos.
Y ahí si, algún iluminado planteará la panacea de bajar la edad de imputabilidad. Dado que si cometen delitos de adultos, que sean juzgados como adultos, para ir a parar a las cárceles –quebien algunos llaman las universidades del delitodonde saldrán más violentos y perfeccionados en su accionar. Y entonces, como las cárceles no dan abasto, construiremos más cárceles.

La violencia
Al momento de hablar de la violencia adolescente, surge también otra forma de exclusión, que es negar la historia de quien se habla. El pibe es presentado solo, sin familia, sin contexto. La liviandad y la violencia que se les achaca es, en definitiva, la liviandad y la violencia de quien los muestra. La violencia con la que son incriminados, no es otra cosa que una violencia aprendida.
Escindidos del cuerpo social, donde en teoría, deberían encontrar las condiciones propicias para su desarrollo los jóvenes crecen en un sistema signado por la violencia. Real y simbólica. Su vocabulario, sus expresiones, son el reflejo de esa violencia. Pero
también es la violencia de la que son víctimas, condenados a ser mansos consumidores de imágenes que hablan de ellos, sin ellos. De modelos preocupadas por su pelo, de Adonis bebiendo cerveza, de mentalidades huecas atorando sus oídos con canciones huecas y, también, violentas.
Que ya no discuten, ni pelean, ni buscan. Están y esperan, a ver qué es lo que le dicen significa ser joven, y así actuar en consecuencia. Y lo que les mostramos es que ese mundo de la adultez es cada vez más difuso, porque no queremos abandonar nuestra juventud. Porque todo lo nuevo es mejor, por su condición de ser nuevo. Entonces, los valores o creencias establecidos, lo viejo, carece de asidero y se pierde.

En este deambular en la búsqueda del anclaje que nos permita vivir, violencia y miedo van de la mano. Las formas de violencia mutan y se transforman, los miedos también. Tras ellas se esconden todo tipo de desigualdades sociales, disueltas en las imágenes del entretenimiento más que de la información.
Entonces, la criminalización de nuestros hijos, no hace más que ocultar el fracaso del conjunto social en lo que se refiere a su educación y a su acceso a la igualdad de oportunidades. Camuflado de preocupación e interés, se conforma una manera de racismo.
Al culpar al otro de los males sociales, corriéndonos de escena y permitiéndonos –mediante el emparchamiento que no soluciona la rotura, de la sanción de tal o cual ley- logramos dormir, por lo menos hoy, medianamente tranquilos.
Tal vez, debamos preguntarnos que nos pasó, o qué nos está pasando.
Y una de las repuestas posibles podría ser que aún no hemos crecido.

El Miedo
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