El Matador de Pompeya

2do premio I Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Horacio Convertini

Mirá si a Pascual, justo a Pascual, le iba a pasar eso. Con las manos que tenía. Grandes, fuertes, callosas de laburo. «Les ponés pelos y son las de King Kong», lo jodía yo cuando jugábamos al billar en el Alba. El taco se le perdía entre los dedos como si fuera un escarbadientes. Qué ma-

Me acuerdo cuando fajó a los hermanos Lafrati. Dos piñas bien puestas y se terminó todo. A Viruta, el más chico, le rompió la ñata y le bajó tres dientes de un trompazo. A Diablo, el más grande, lo cazó del cogote, lo midió y pimba, muñeco al suelo. ,¿Y al chatarrero? Yo creí que lo había matado. Sacó el derechazo de atrás, como si tirara una piedra en vez de una pifia, y lo enganchó justito acá, en la sien. La cabeza fue y vino, como una campana, y ahí nomás lo abarajó con la zurda, la zonza, la que según él sólo le servía para ajustarse la corbata. ¡Pobre chatarrero! Cayó como un pedazo de bofe sobre el empedrado. Le salía sangre del oído y de la boca. Los ojos le habían quedado entreabiertos, en blanco. Dos días lo tuve a Pascual escondido en casa hasta que se supo que el otro estaba vivo, medio roto pero vivo.
Así y todo, Pascual era más bueno que el pan. Se peleaba cuando no había otra salida. Muchos lo toreaban porque querían fama de compadritos a costa de él. Lógico: si fajabas a Pascual, después ¿quién mierda te iba a venir a tocar el culo? Pero fajar a Pascual era… qué sé yo… imposible. Uno le veía esos brazos de Primo Carnera y pensaba que era capaz de empujar la Cordillera.
Hay noches en que no puedo dormir de la culpa. Pienso que si no fuera por mí, Pascual estaría vivito y coleando. Es una espina atravesada que ni el vino me saca. Al contrario. Con el alcohol todo vuelve a empezar en mi cabeza y cada vez lo veo mas claro. ¿Un accidente? Qué mierda saben esos giles…
A Pascual le gustaba que yo imitara a Buck Canel. Entonces yo hacía bocina con las manos y empezaba a relatar peleas con la voz del tipo ése que escuchábamos por la radio. «Una multitud en el Madison Square Garden para ver a Joe Louis, el bombardero de Detroit, contra Billy Conn». Y de golpe le colaba el ruido de una interferencia y él más se cagaba de risa. Boludeces de pendejo. Pero un día tuve la puta idea de imaginarlo a él en el ring del Madison. Fue un domingo a la tarde que no jugaba San Lorenzo, en la cortada de Luppi.
—Ahí sube Pascual Garabaglia, el Gorila de las Pampas —dije por decir con la voz de Buck Canel.
—Gorila no me gusta -protestó—. Buscate un apodo más lindo.
—Terrible derechazo del Matador de Pompeya, trastabilla Louis…
Fue como si el sol lo hubiese iluminado solo a él. Creo que pudo verse con las manos en alto, bañado en aplausos, él, Pascual Garabaglia, el Matador de Pompeya, y se entregó a ese sueño absurdo. Lo que empezó como una broma se fue haciendo en serio.
Digo, lo de pelear en el Madison, contra Louis, esa locura. —Me falta altura —dijo él.
—Billy Conn era chiquito y casi le gana.
—Pero perdió.
—Por el calor. Se ahogó al final. Pero ser petiso puede resultar una ventaja: le entrás con un áper desde abajo y lo tienen que ir a buscar al ringside.
Él iba a la retranca pero se dejaba llevar, como las minas. Parecía que no, pero sí. Y yo que me daba cuenta y más le llenaba la cabeza de humo. Cuando nos quisimos acordar estábamos con el viejo Rivera, un mediopesado que le había aguantado la mano al mismísimo Jack Johnson y que se ganaba la vida entrenando matungos en el gimnasio de Unidos.
—Pascual pega tan fuerte que puede noquear a un burro -lo apuré yo como para impresionarlo.
—Los burros no boxean, pibe -contestó sin mirarme, porque sólo tenía ojos para Pascual; lo examinaba con desconfianza, como si le estuviera vendiendo gato por liebre—. Acá pegas y recibís. Y cuando recibís, muchos no aguantan…
—Va a ver que éste sí -le retruqué.
Calladito, calladito, Pascual empezó a ir todas las tardes al club. Bolsa, pera, soga, bolsa, pera, soga. Hasta aprendió a tirar la zurda. En punta, larga, para colar detrás el directo de derecha. Hacía guantes con tipos más chicos, porque en Unidos no había ningún pesado, y se contenía para no lastimarlos, de buenazo que era, nomás. Yo le relataba el futuro con la voz de Buck Canel: un año de amateur, ganador del Guantes de Oro, debut profesional, Luna Park, titulo argentino, Nueva York, Joe Louis. «Cae el Bombardero de Detroit, el Matador de Pompeya es el nuevo campeón de todos los pesos». iQué lindo! El pobre se reía con la frescura de un chico.
Una tarde, yo estaba ahí, el viejo Rivera le anunció que debutaba.
—Este sábado no, el otro —le dijo.
—¿Contra quién, maestro? -preguntó Pascual.
—Penko. Un ruso de Valentín Alsina. Es bueno.
Y ahí nomás lo mandó a hacer guantes con un negrito de la Colonia. Como el otro pibe era liviano, a lo sumo welter, y encima conocido nuestro porque jugaba al fútbol con nosotros en el campito, Pascual le tiraba manotazos más que piñas. Golpes anunciados, sin pimienta, que aún así el negrito bloqueaba con esfuerzo,
tenso del cagazo por tener enfrente suyo a un oso retacón con fama de asesino. A los dos minutos Rivera paró todo, mandó al negrito a las duchas y se calzó los guantes.
—Siga conmigo, pibe. Demuéstreme lo que aprendió.
—¿Está seguro, maestro? -Pascual dudaba y me miraba de reojo.
—Sí. Y tire sin miedo, que yo aguanto cualquier cosa.
Rivera debía tener sesenta, pero todavía era fuerte y mañero. Se afirmó en el medio del ring, guardia diestra, los ojos bien abiertos, agazapado. Estuvieron un rato largo midiéndose. Cada uno se movía al compás del otro, como en un tango mudo. Solo se oían los chirridos de las zapatillas deslizándose con esfuerzo sobre la lona del ring. Sabiendo que se esperaba algo de él, Pascual lo buscó con dos o tres jabs de izquierda, tibios, como quien llama a una puerta desconocida. El viejo los barrió con el desdén que da el oficio. Pascual insistió otra vez con la zurda, ahora como excusa para mandar una derecha blanda pero a fondo, que Rivera hizo pasar de largo con un visteo canchero. Alguien se rió. Pascual se rehizo, dibujó dos amagues nerviosos y por fin sacó un cañonazo para voltear a un elefante. Fue ahí, en ese segundo fatal en que la bomba de Pascual
todavía tajeaba el aire, que Rivera se arqueó como un contorsionista de circo y le clavó un gancho abajo. Pascual dio dos pasos y cayó de rodillas, soltando un bufido como si se le hubieran rajado los pulmones.
—El hígado, pibe -le dijo Rivera, mirándolo desde arriba—. Nunca hay que descuidarlo. Ahora levántese y entrene en serio.
A Pascual, justo a Pascual, con esas manos.
La noticia del debut tapó todo. La madre de Pascual se puso a coser una Bata de apuro y sus hermanos, a fantasear con un Studebaker convertible. El papelón con Rivera había quedado reducido a una lección necesaria. «La letra con sangre entra, eh», le decían todos, y le palmeaban la espalda cuando bajaba del ring después de reventar a un sparring. Yo lo veía bien, para qué mentir. Estaba tranquilo, confiado, entero. Es más: el sábado de la pelea fue a lo del Tano Eduardo a hacerse afeitar porque quería estar presentable por si le sacaban una foto. ¿Quién carajo le iba a sacar una foto en Unidos de Pompeya? Salió lampiño y rosadito como un bebé. «¿Vas a estar conmigo en el rincón?», me preguntó. «Claro, Pascualito. ¿A vos te parece que te voy a dejar solo?». Sonrió con los ojos y nos fuimos para el club.
El vestuario apestaba a aceite verde. Estaba lleno de gente. Flaquitos que saltaban como ranas para entrar en calor, managers que gritaban. Pascual los miraba a todos, uno por uno, como si no entendiera. Parecía intrigado por algo. Hasta que lo descubrió detrás de un armario. Tenía la frente cosida de cicatrices y una telaraña de piel quemada le bajaba desde el cuello hasta los hombros. Ojos rojos, nariz aplastada y llena de poros. Se masticaba la lengua. Penko. Sentado era más alto que el ropero. No sé si Penko nos habrá visto venir, pero en ese momento se llevó un dedo a la nariz, se tapó un agujero y del otro largo un moco espeso que se estampó contra el piso. Tenía las manos vendadas con trapos sucios; eran dos llaves inglesas.
—Buscá un banco para mí que ahora vengo —me dijo Pascual.
—¿A dónde vas?
—A ver al viejo Rivera.
Yo le creí. Abrí el bolsito y saqué el pantalón, las botitas, las vendas, la bata. Todo blanco, todo nuevo, inmaculado. Pero el tiempo pasaba y Pascual no volvía.
Cada tanto aparecía un pelado que llamaba a los boxeadores de a dos, por el apellido. «Carvallo, Gómez». Los tipos se iban y al rato volvían con la cara como un coliflor, alguno sangrando, cansados. Así fueron saliendo. Dos, dos, dos… El vestuario se vaciaba y Pascual por ningún lado. Hasta que el pelado gritó «Penko, Garavaglia». Penko se levantó, tiró dos piñas desganadas al aire y enfiló hacia la puerta. “¿Vos quién sos?», lo atajó el pelado. «Penko». “¿Y Garabaglia?». El ruso se encogió de hombros y me miró. «Ya viene», reaccioné. «Está hablando con Rivera». «Con Rivera no hay nadie», dijo el pelado.
Pascual se había piantado a la casa sin avisar. Después, tarde, mandó a decir por un sobrino que el chorizo colorado que había comido en el almuerzo le había pateado el hígado. El domingo se guardó todo el día, hasta que a la nochecita apareció por el Alba. No sé, serán ideas mías, pero parecía apichonado, el mentón clavado en el pecho, las manos en los bolsillos, la espalda encorvada. Apenas entró, silencio. Un silencio piadoso, como el de los velorios. Pascual se dio cuenta y eso lo puso peor. Pidió una ginebra. «El hígado», le dije. «A la mierda con el hígado», me contestó. En el billar estaban los hermanos Lafrati. Fue ver a Pascual y hacerse los piolas. «Mirá esta carambola a tres bandas», decía Viruta. «Hay que tener huevos para tirar una carambola a tres bandas ». «Mirá este mashe», decía Diablo. «Hay que tener huevos para tirar un mashe».
Huevos, huevos, huevos. Para cualquier cosa, huevos. El pobre Pascual no era ningún boludo y se avivó por dónde venia el chicotazo. Aguantó cinco minutos, se paró y se fue. Yo lo seguí, como lo hubiese seguido siempre a cualquier lado. Afuera cantaban los grillos y chispeaba una tormenta.
—¿Querés que te imite a Buck Canel? —le dije.
—Mejor otro día —me contestó.
No hubo otro día. A la mañana siguiente, cuando iba para el laburo, pasó lo que pasó. Dicen que quiso subir al tren en movimiento y se le resbaló la baranda, húmeda del rocío. Por favor, qué me vienen.

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