# EL LOCO Y EL VIEJO – por Fabián Ostropolsky

Estaba a 30 metros de la oficina esperando al hombrecito verde del semáforo, cuando el hombre gris apareció de atrás para no tener que detenerse, como sabiendo el momento exacto en que la luz daría permiso. Me sorprendió tanto su ensimismamiento que decidí ir con él. Sí. Seguir al loco. Analizar al loco.

El loco se movía rápido, pero zigzagueaba casi despacio. Sus murmuraciones plagadas de queja no se oían del todo, a veces iban al cielo, a veces a sus manos, la mayoría de las veces caían silenciosamente a sus zapatos.

Cuando sus ojos le proponían cruzarse con otros ojos, no parecía ser un hecho fortuito. Algo lo hacía elegir ciertas personas desde esa neblina que cubría su mente. Los miraba de golpe, llevaba la cabeza hacia atrás unos centímetros, como tirada ésta por la sorpresa de algún reencuentro. Luego los veía irse, con una especie de deseo encerrado, con algún dedo en lo alto tratando de recordar un parentesco imaginario. De izquierda a derecha por la vereda, zigzag desafiante. No sé si quería que le llamen la atención, si llamarla, o si el hecho de andar recto fuera un privilegio de los no habían hecho un cóctel inseparable de realidad y de olvido. No se chocó con nadie, nadie lo chocó. No tuvo que esquivar a nadie, casi todos lo esquivaron antes de tenerlo cerca.

Me llamó la atención que ante él pasaron varios fumadores, pero que sólo a algunos les pidió un cigarrillo. Me llamó la atención todavía más que todos extendieron su mano con un cigarrillo en ella. Pero sobre todo me intrigó que nadie le ofreció fuego a continuación. ¿Cómo se adivina que esos cigarrillos son de almacenaje? ¿Cómo se adivina a la gente generosa y desprejuiciada?.

Recogía papeles del suelo, escritos todos, tanto por alguna marca de chocolates como por una imprenta de barrio. Unos enteros, otros parte de una pérdida de tiempo y de tinta.

Entre sus pasos angulados, como pretendiendo pisar irregularmente a la vida, recogía y leía, hacía que sí con la cabeza, hacía que no. Sollozaba hacia el cielo, con el papel haciendo de intermediario entre el rezo de sus manos, se presentía ahí algún por qué, alguna súplica de un tiempo quizás inventado, o al menos decorado. El loco dejaba caer algunos casi sin darse cuenta, otros los guardaba indiferente en el bolsillo de su gabardina, quizás más preocupado por seguir el orden del zigzag que por el contenido de las letras, porque si en el momento del parate iba diagonalmente de derecha a izquierda, reanudaba el andar de esa manera.

Recogí medio panfleto de una panadería que lo hizo maldecir un poco y el prospecto de un antibiótico que lo hizo reír roncamente. Los guardé a los dos, sin saber bien por qué.

No podría decir que hacía demasiado calor, lo que sí se notaba era que la gabardina del loco debía de resultarle excesiva, con el cuello y las solapas en alto, tan grises que podían perderse entre las ondulaciones de su barba y de su pelo; todos los botones abrochados,

porque la gabardina mostraba mucho viaje y hasta jirones, pero los botones estaban ahí, obedientes y cumpliendo distancia.

Entre cigarrillos que seguían entrando en sus bolsillos, papeles caídos o aglomerados, entre pasos errantes y cordones desatados, el loco paró por primera vez sin que su rutina lo sugiriese. Alzó las manos un poco más arriba de la cabeza y le dijo algo al dependiente de un kiosco, a su hijo, o a ese chico que negaba con contundencia serlo. El joven salió al encuentro, pestañeaba despacio, quizás por un corazón noble, quizás por ser esa una visita repetida, movía con candor la cabeza, le prestaba el hombro para que el loco pudiese apoyar una de sus manos, le contestaba, si bien conciso, con no más de cuatro o cinco palabras, pero le contestaba. El loco lloró de una manera particular, con un comienzo casi sorpresivo y con un final similar, sin puntos suspensivos en el dolor o en la tristeza: lloró como se llora un paréntesis. Luego el joven le abrazó los hombros con las manos, en ese gesto típico de compostura que por lo general no se ve desde un chico hacia un viejo. El loco recibió un paquete de Marlboro diez y abrazó al muchacho, esta vez un abrazo completo, abrazo que pareció significar más para el loco que para el joven. Luego de mirarlo unos segundos a los ojos, el loco se fue. A los pocos pasos, su ceño me sugirió que quizás ya había olvidado toda la escena del kiosco. Nunca me preguntés si de verdad iba a algún lado, llevaba un tiempo siguéndolo, relativo, como un trozo de masa cruda: su inquietante ritmo imprimía la sensación de que no se andaba lo suficiente.

Llegaba otro cigarrillo y con él otro fumador que en ese momento tiraba la colilla al piso, pero éste, con el humo en forma de “u” aún saliendo de su boca, con la cabeza ladeando hacia el “no”, con las palmas de las manos dadas vuelta hacia el vacío… le dio a entender que era el último. El loco le pidio dísculpas, también su cabeza iba y venía en un “no”, pero enérgicamente, casi apurando su esqueleto; las manos apuntaban abiertas hacia adelante, como saludando desde su ombligo a un amigo invisible, y algunos pasos de ajuste hacia atrás.

Parecieron unas disculpas, sin dudas, pero no pareció ser el joven quien las recibía sino el mismo loco, como que toda la situación simuló ser un monólogo en el que participaron dos personas.

En las esquinas, cuestión tal vez de suerte, el loco apenas si aminoraba la velocidad, sin embargo yo, que iba tan cerca, me veía casi en la obligación de mirar a ambos lados, y más de una vez me detuve frente a un auto inminente, a una moto, o a un colectivo.

Luego del kiosco llegó el momento de la segunda parada sin compás. El loco, yendo de izquierda a derecha en uno de sus interminables devaneos, cayó certero en la puerta de un bar.

Miró la numeración con la misma cara de sorpresa que lo hubo acompañado todo el día. Arqueó el cráneo sutilmente hacia atrás, recordando quizás otro hecho ficticio, y entró quejumbroso. Se acodó en la barra sin sentarse, yo me ubiqué al otro extremo, sin apoyarme pero también de pie.

No sé si fue una impresión mía, pero el hecho de que todos los clientes observasen su desarreglo casi en cámara lenta, pareció aliviarlo. No hubo tiempo de que lo sacasen del bar, pidió un café, golpeó la barra sin hacer el ruido de un golpe verdadero, murmuró cosas ininteligibles, preguntas que él mismo se respondió. Nadie le hacía el café, nadie lo haría.

El loco juzgaba los juicios, de quien estaba tras la barra observándolo un tanto sorprendido, con un trapo colgando de su hombro izquierdo, asimismo juzgaba los juicios del camarero, que compartia los suyos con los de la mesa más cercana a la puerta de entrada. El loco gesticulaba su tener razón, su seguridad por esa mezcla de suciedad y de creencias sociales, dejaba una moneda de veinte centavos en la barra y salía. Yo no alcancé a pedir, pero recuerdo que se me había antojado un café con leche y medialunas.

Ya en la calle se reanudaba una vez más su locura. Zigzag de un lado a otro, papeles y quejas al cielo, manos al aire, vacías y sucias, papeles al bolsillo, papeles al suelo. Un cigarrillo, otro cigarrillo amigo

que le decía que sí, nunca uno encendido, nunca el humo chupando su cuerpo, quizás los que ya tenía acumulados, quebrados por la fricción de sus pasos toscos y de sus bolsillos llenos, serían tabaco suelto convertido en mugre. Fue en medio de esa conclusión que sucedió lo que debía suceder: Sin papel en el suelo, sin caminante soltando aire gris desde sus pulmones, sin réplica al cielo, ni al piso… El loco se detuvo como un aplauso.

Con una lentitud que bien podía ser rabia, creciendo de forma geométrica, el loco se iba dando vuelta. Yo quizás no había notado que estaba demasiado cerca, no hasta ver sus ojos amarillos y arrugados clavándose en los míos, no hasta detectar el temblor en sus labios indignados y secos. Hice tres pasos hacia atrás buscando cómplices ante un posible suceso desagradable. Él abría la boca bajando con ira las comisuras, estiraba hacia mí su cara sin mover el cuerpo. Entonces yo, sin alcanzar a escuchar lo que fuera a decirme,

haciendo el acting del que pretende prevenir una tragedia que no existe, me di vuelta. Nadie pareció percibir que había un loco, o dos hombres, o dos locos; un encuentro, una mañana obsesiva y escapista. Supongo que usé la vergüenza disfrazada de miedo para alejarme, porque su imaginación no quiso reconocer un parentesco, forzar un abrazo, darme un papel protagónico…

Di seis o siete pasos veloces, con el corazón acelerado insensatamente Casi sin saber cómo, estaba dentro de un taxi, diciéndole al conductor la dirección de casa, de mi mujer y quizás de mi hijo, dependiendo de la hora. La dirección del reto por no haber ido a la reunión de padres, del faltazo al trabajo en día de balance, la dirección inexacta de la media mañana, o del mediodía. Pensé en voz alta, mirando hacia fuera por la ventana: “… por poco se salvó el loco”, “¿quién se había salvado de qué?”, preguntó el chofer con más desconcierto que interés. “Un pobre viejo”, respondí. Pero el taxista no indagó más, subió levemente el volumen de la radio, donde contaban la historia de un asesinato en serie en una escuela de Boedo, él negaba con la cabeza, carajeaba y pedía que lo agarren a ese pendejo hijo de puta; escuchaba y apretaba el volante. “Hijo de puta”, repetía más despacio. Luego pediría la muerte de un verdulero que molió a palos a su vecina, y también la de un magnate que dejó que un león se desangre luego de atacarlo a flechazos.

En la puerta del edificio estaba mi mujer hablando con el portero, y por cómo retorcía su delantal hablaba de mi ausencia. En cuanto me vio bajar del taxi me preguntó casi llorando por qué no había ido al trabajo, ni a la reunión de padres. El portero alzó las cejas con los ojos cerrados, sugiriendo que entienda la histeria. Ella gemía por las decenas de llamadas perdidas en mi teléfono, hablaba sin que yo alcance a inventar alguna mentira coherente, hablaba de que le dijeron que mi hijo sufre abusos crueles de los compañeros, de que en la oficina no le dieron respuestas, eso que los americanos llaman buly o bulyn, volvía sobre mi hijo, estaban todos preocupados, volvía a la oficina. Y el portero que vuelve a barrer, y nosotros que subimos las escaleras. Yo la abrazo, miro hacia su cara empinada que observa desde mi pecho, y le respondo que no se asuste, pero que me habían agarrado de testigo por un tiroteo, aunque podría haber atestiguado una amenaza de secuestro, amenaza de bomba, amenaza con escopeta adolescente en alguna escuela, amenaza por venganza. Amenaza de vida.

Y esperando a que mi hijo volviese de la escuela, acodado en la ventana… pensaba en el loco, que se había abrazado con aquel chico en la vereda.