El Juego de los errores

mención de honor VII Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Eduardo Kadener

-Su turno, señora Maldonado- dijo la recepcionista del doctor Méndez Cambridge.
La mujer, de unos sesenta años, menuda y con el pelo teñido de rojo sangre, se levantó del sillón y camino hacia la puerta entreabierta del consultorio. Se detuvo para arreglarse el pelo
con las manos. Entró y cerraron la puerta.
Qué odontólogo me fui a elegir, Méndez Cambridge, apellido de catedrático.
Sonó la musiquita del teléfono celular; lo saqué del bolsillo y atendí pero no contesto nadie. Lo volví a guardar.
El viejo estaba sentado a mi izquierda, en un sillón que seguro era más cómodo que la silla dura como el mármol donde estaba yo, delante de él había un revistero. Tipo discreto para vestir,
el viejo: traje blanco y corbata turquesa sobre camisa naranja, que lo parió. Sacó del revistero una revista de odontología y se puso a leer con cara de entendido, que iba a entender ese
viejo.
Detrás de la silla de la recepcionista había un cuadro grande con todas las muelas, dientes y dientitos habidos y por haber; imaginé el cuadro que colgaría el doctor Méndez Cambridge si
fuera proctólogo; qué risa.
La recepcionista no era para nada fea; trataba de acomodar las tarjetas del fichero que estaba sobre el escritorio. No daría pie con bola con el orden porque levantaba las cejas y abría la
boca como si estuviera mirando fotos de marcianos. También, si todas las tarjetas las llenaba como llená la mía, con esa letra que ni ella debía entender.
Y yo tampoco entendía por qué no lleve el emepetres. Hasta me había dejado de doler la muela, que ganas de irme.
Esa vez la música del teléfono fue la de un mensaje de texto. La recepcionista dejó de ordenar el fichero y el viejo interrumpió la lectura de la revista.
Creí que era mi mujer para decirme por dónde la tenía que pasar a buscar, pero no.
Jacinto, recién no me pude comunicar, lo estoy esperando para que me pase URGENTE el presupuesto de la cañería. Mary.
Urgente está con mayúsculas, Mary no es mi mujer y yo no me llamo Jacinto ni soy plomero, me llamo Ricardo y vendo heladeras. Pulsé el botón para contestar y escribí: número equivocado.
El mensaje fue enviado con éxito, Mary iba a quedar agradecida; si no se habría pasado la tarde esperando al tal Jacinto. Y yo ya veía que iba a esperar toda la tarde a que me tocara el
turno. Me estaba por levantar para irme y justo ese pinchazo en la muela; me tuve que quedar.
¿Quién pinto las paredes del consultorio? ¿Un epiléptico? Y que cuadros horribles, sobre todo ese de los chicos andando en bicicleta sobre el arco iris, cómo carajo van a andar en bicicleta
sobre el arco iris, ese cuadro era peor que el de las muelas y los dientes. Las cortinas me hicieron acordar a la que tengo en la bañadera. Otra vez haciendo el inventario de una sala de
espera, siempre lo mismo.
El viejo seguía con la revista para odontólogos, se había cruzado de piernas y mostraba los zapatos acordonados color guinda; no se había puesto medias.
Revolví el revistero y del fondo saqué un número de Juegos de Papel: crucigramas, sopas de letras, enigmas. Buenísimo, a lo mejor dejaron alguno sin resolver.
Si, había juegos sin resolver: un crucigrama de sumas y restas, por ejemplo, pero con eso hay que pensar demasiado, los pinchazos en la muela eran cada vez más fuertes y quien quiere pensar
cuando le duele la muela. Dos cuadritos con dibujos de esos que parecen iguales: el juego de los seis errores. Grandioso, de chico esperaba que llegara el diario de la tarde para agarrar
por mi cuenta el juego de los siete errores y estos eran solo seis, cómo no iba a poder con seis.
En los dos dibujos había un payaso con un montón de globos en la mano y un chico que le pedía un globo al payaso. Saqué la lapicera y el viejo me miró cuando escuchó el click de la
lapicera. Qué miras, boludo.
Otra vez la música en mi bolsillo.
– Señor, por favor – dijo la recepcionista -, sea tan amable de apagar el celular.
No veo por qué, esto no es un banco. Jacinto, urgente, si no le interesa el trabajo para qué me dió el número. Mary.
Jodete Mary, seguís con el número equivocado, no te contesto más.
Desde adentro del consultorio venia en sordina el zumbido del torno. En un rato lo iba a sufrir en carne propia, que cagada. Zumbido de mierda; llenaba el aire y me ponía nervioso. El viejo
hizo un ruido raro con la boca: no era hipo, no era eructo, no sé qué carajo era. Se había aflojado la corbata turquesa y sudaba como un caballo.
En el dibujo de la derecha el zapatón del payaso tenia punta cuadrada, en el de la izquierda la punta era punta nomas. Primer error, hice una cruz en cada zapatón.
Se apagó el zumbido del torno, la hora del sacrificio estaba cerca. El viejo volvió a concentrarse en la lectura y la recepcionista seguía acomodando las tarjetas del fichero. O las
desacomodaba, vaya a saber.
Se abrió la puerta del consultorio y salió la señora Maldonado; el pelo rojo sangre y la cara pálida como Drácula, qué contraste espantoso. Le dijo a la recepcionista que quería ver la
ficha. La recepcionista busco en el fichero, sacó la ficha y se la dió.
Que se dejen de joder con las fichas, a mí que no me distraigan del juego. Revise cada detalle de la nariz del payaso en los dos dibujos, en las narices suelen haber errores, ya estaba por
ponerme a revisar otra cosa y lo encontré: era más grande la nariz del cuadrito izquierdo, segundo error y cruz sobre cada nariz.
La señora Maldonado miraba la ficha y la recepcionista me miraba a mí como para fusilarme:
-Señor, por última vez, apague el celular.
Volví a sacarlo del bolsillo, no podía ser otra vez esa boluda pero sí: Jacinto, venga urgente, la cañería se terminó de romper y se inundó el baño. Mary.
Que espere sentada, a lo mejor se ahoga. Bajé el volumen del teléfono; recepcionista rompebolas.
El viejo se puso de pie. La señora Maldonado le decía a la recepcionista que por qué si en la ficha la caries estaba marcada arriba, el doctor Méndez Cambridge le acababa de taladrar un
diente sano de abajo. El viejo se quitó el saco blanco y caminó de pared a pared sin parar, ida y vuelta, ida y vuelta; la cara se le había puesto del color del pelo de la señora Maldonado;
en los sobacos la camisa naranja tenía manchas de sudor grandes y redondas.
Volví a los dibujos y me detuve en otras cosas redondas: los globos. El tercer error tenía que esta en alguno de los globos, como no iba a estar ahí, si conoceré yo estos juegos. Un globo
del dibujo de la izquierda me pareció más oscuro que el de la derecha, no sé, me pareció; creo que necesito anteojos, un día de estos me decido y voy al oculista.
-Usted llegó antes que yo, ¿no? – Al viejo le temblaba la voz.
Cuando me di cuenta de que me hablaba a mí, le conteste:
-No, usted llegó primero. Además es por turno, yo tengo el de las catorce y treinta.
Sacó el pañuelo y se secó la frente; qué tipo nervioso.
La señora Maldonado insistía con sus quejas y la recepcionista con que el doctor Méndez Cambridge no cometía errores.
Claro que había errores, había cuatro más pero no los encontraba con el barullo que armaban esas dos. Por más que revisaba los globos no había caso, eran iguales.
El doctor Méndez Cambridge salió del consultorio. Guardapolvo blanco impecable, lástima la mancha roja en la solapa.
-¿Qué pasa, Caro? -pregunto.
Caro debía ser Carolina y Carolina debía ser la recepcionista, la señora Maldonado no tenía cara de Carolina.
-La señora Maldonado dice que hubo un error- le dijo Caro al doctor Méndez Cambridge.
-A ver, deme la ficha- dijo el doctor Méndez Cambridge. Caro se la dió.
El viejo tropezó con el revistero y se cayeron varias revistas, se le había mojado toda la espalda de la camisa, qué manera de sudar. Mientras iba hacia la entrada farfulló algo así como
que se le había hecho tarde, no entendí bien. Se fue con el sudor y la ropa colorinche a otra parte, ni se le ocurrió levantar las revistas.
¿Y si me iba yo también? Al final el viejo no era tan boludo, se rajó a tiempo.
-No hay ningún error, señora, le arreglé una caries, le queda otra para la semana que viene. -El doctor Méndez Cambridge se guardó la ficha en el bolsillo del guardapolvo.
-Yo tenía una sola- insistió la señora Maldonado.
Caro no se avivó cuando el teléfono me vibró en la mano, la jodí. Jacinto, estoy desesperada, el agua llega hasta debajo de la cama. Mary. Se debe estar mojando hasta el culo.
-El otro día cuando la revisé tenía una sola – dijo el doctor Méndez Cambridge-, y hoy vino con dos. Así son las caries, un día no están y al día siguiente están. La primera no se la puedo
arreglar hasta que se desinflame, para eso le receté las pastillas. ¿Las tomó cada seis horas como le dije?
No sé si las habría tomado pero ahí estaba el error en los globos: el más chico de la derecha no era tan chico como el más chico de la izquierda. Cruces sobre los globos chicos. Y uno de
los botones del payaso de la derecha estaba roto, el otro estaba entero, cruces también sobre los botones. Espectacular, dos errores seguidos, iban cuatro.
-Sí que tomé las pastillas- dijo la señora Maldonado-. Pero igual me duele.
-Es que la caries es muy profunda, señora- El doctor Méndez Cambridge no sacaba la mano del bolsillo donde tenía la ficha como si la estuviese escondiendo, no sé que tendría esa ficha-. La
próxima vez que venga se la voy a arreglar. Caro, ¿Cuándo le podemos dar un turnito a la señora Maldonado?
Por mi que se lo diera para el domingo a la madrugada, qué me importaba el turno de la señora Maldonado. Lo que me importaba eran los parches del traje del payaso, tan iguales en los dos
dibujos. Ni una puntada de mas, ni un lunar de menos, nada.
-La semana que viene no, porque tiene un simposio – dijo Caro mientras miraba la agenda pasando varias hojas de golpe-. La otra esta completa. ¿Y si le damos un sobreturno para el lunes
veintisiete a las doce y cuarto?
-Perfecto. – El doctor Méndez Cambridge había tomado del brazo a la señora Maldonado y la llevaba despacito hasta la entrada-. La veo el lunes veintisiete a las doce y cuarto. No se olvide
de seguir con las pastillas. Adiós, señora, que se mejore.- Y cerró la puerta.
A pesar de la puerta cerrada, se escuchó cuando la señora Maldonado dijo:
-A mí me dolía una sola.
Y a mi ya no me dolía, pero tenía que descubrir el quinto error antes de que me llamaran, seguro que me estaban por llamar. Que cabezón era el chico que le pedía el globo al payaso, algún
error tendría en la cabeza. ¿Se habrá ahogado Mary?
El doctor Méndez Cambridge sacó del bolsillo la ficha de la señora Maldonado y me pareció que la estudiaba otra vez.
Jacinto, el agua llegó al enchufe de la heladera, hizo un fogonazo y ahora la heladera no funciona. ¿Qué hago? Mary.
¿Qué vas a hacer? Pasa por el negocio que te vendo una heladera nueva.
Ahora el doctor Méndez Cambridge y la recepcionista cuchicheaban; no podía escuchar lo que decían pero el doctor tenia la ficha en la mano, la agitaba, hacía gestos y todo con cara de
enojado. Caro estaba colorada y otra vez abría la boca como cuando ordenaba el fichero.
-Ya vamos a seguir hablando después- dijo el doctor Méndez Cambridge, ahora en voz alta-Deme la ficha del señor, del señor, ¿cuál era el apellido?
-Renzi- dijo Caro, y le dió mi ficha.
-Ya lo hago pasar, señor Renzi- dijo el doctor Méndez Cambridge-. Caro, por favor, levante esas revistas.
Fue hacia el consultorio y en el camino algo marcaba con la birome en mi ficha. No sé que marcaba porque todavía no me había revisado y mi muela no estaba tan jodida, apenas un pinchazo de
vez en cuando. De catedrático debía tener el apellido, nada más, y esa mancha roja en el guardapolvo era peor que el zumbido del torno. Al final el viejo se había salvado y yo también tenía
que rajar, a ver si esa bestia sanguinaria me hacía lo mismo que a la señora Maldonado.
Jacinto, ¿va a venir o llamo a otro? Mary. Apreté los botoncitos para escribir lo más rápido que pude, no fuera cosa de que me llamara Méndez Cambridge: Voy para allá.
Lo que no le escribí fue que me esperara sentada, pero igual me fui al carajo y de paso me llevé la revista, quién se iba a dar cuenta. Me faltaban dos errores.
En la otra cuadra había una plaza; me senté en un banco y los dos errores salieron enseguida, estaban en la frente y la oreja del chico cabezón.

Leave a Reply