por Lucía Di Salvo León

Humor es posiblemente una palabra;
la uso constantemente y estoy loco por ella.
Algún día averiguaré su significado
Groucho Marx

Me pregunto hasta qué punto el chiste es algo casual, uno lo escucha,
rie y se rompe todo intento por desentrañarlo, y es la risa y nada más, luego…

¿cómo se engendró? ¿qué la motivó?, eso poco importa, uno se entrega sin más al estado placentero que siembra la risa, uno menosprecia sus significantes cualidades y sus minuciosas artimañas y sin embargo, cuando la carcajada se aplaca, la huella que deja es honda, el humor es cosa seria: la reputación se viene abajo por la risa, y con ella, un gobierno, una idea que pudo –o no- haber cambiado el rumbo la historia, un estado: el dolor de la despedida casi definitiva en los funerales y decisiva del todo en los entierros.
En medio de una discusión tortuosa, hace su entrada triunfal la risa, llega con forma de palabra, con olor a recuerdo y con gesto involuntario. Así, casi sin pensarlo, lo trágico se vuelve cómico en un abrir y cerrar de ojos, como en una pintura barroca de toscas caras sonrientes frente a otras moribundas y agonizantes.

Comedia: un antídoto para la guerra
Coturnos altos, bien altos, castrattis, máscaras y ropas coloridas: la función está a punto de comenzar. Sí, estamos en Roma, cerca del año 200 a.C; un presentador hace su aparición en escena e improvisa el prólogo que anticipa lo que será, sin lugar a dudas, la obra más desopilante que los espectadores verán jamás; no es cuestión de exagerar, o… quizás sí: ganarse la atención del público es esencial para contagiar la risa que traerá consigo la comedia grecolatina que estamos a punto de presenciar.
El dramaturgo Plauto está en primera fila. Casi ha olvidado sus épocas de miseria absoluta ahora que las pompas y el boato se han filtrado en su vida sin anunciarse: sus comedias cautivaron a miles de latinos y eso no es casual, estamos en período de Guerras Púnicas, el destino de Roma depende de la fortaleza o debilidad de su principal contrincante, Cartago.
¿Y quién contendría la risa ante semejante tensión? El teatro en Roma es un espacio para el entretenimiento. Los latinos optan por la comedia y es aquí donde se luce nuestro querido Plauto.

Puesta en escena
Comienzan los aplausos que anticipan el comienzo de la obra. ¿Escenografía? Si tomamos en cuenta las palabras se convierten en cosas y las cosas, a veces, en palabras, podemos decir que la escenografía es suntuosa. La palabra todo lo llena, todo lo ocupa, hace las veces de muebles de utilería, de espada, de guerra y motivo, y, en el más feliz de los casos, es una mano que mueve los hilos de esa marioneta que es la comicidad.
Estamos presenciando un teatro cuasi callejero, precario en escenografía pero rico en maquinarias para la risa: en las obras de plauto conviven el humor inocente con el procaz. Hay guiños en el lenguaje, la utilización de cada una de las palabras no es nada azarosa. Se hacen asociaciones con claros matices sexuales que provocan risa, y si a esto le sumamos que, según las investigaciones aportadas, habría un fuerte apoyo por parte de la maquinaria gestual, uno puede –salvando las distancias- percibir con qué meticulosidad se aceitan los engranajes de la comicidad.
Entra el sirviente, personaje astuto y atrevido que aparece en la mayoría de las obras de Plauto, y hace un despliegue gestual, asocia la pereza de su espada con… bueno, los lectores podrán sacar sus propias conclusiones.

Risa constante más allá del llanto
Ya por el 1600 tenemos a un viejo decrépito, azotado por noches y noches de insomnio llamado Alonso Quijano y apodado Don Quijote de la Mancha. Uno se revuelca como un puerco en una carcajada mitad grotesca, mitad morbosa; uno se ríe descaradamente de la miseria de un viejo demente. Lo cierto es que detrás del humor hay un arma cargada motivos. Cervantes nos regala un Quijote que promete risa y que sin embargo, no sabe reírse, nos enseña un Sancho que se contiene ante la tentación de dejarse seducir por la estela de comicidad que despliega el caballero; Cervantes, nos obsequia, en un sencillo homenaje, la risa que no lo puebla, nos enseña, en definitiva, a hallar lo cómico en un contexto de ruina, tal y como lo haceél mismo: en vez de entregarse a la compasión o de hundirse en su propia miseria, se enfrenta al mundo con simpatía, construye una
risa vieja, ya sin dientes, una risa de 200 años de edad.
Este arte de reírse con las letras lo implementa también Góngora en sus poemas satíricoburlescos, en los que critica tipos sociales: médicos, abogados o figuras marginales como sastres
o prostitutas. Quevedo también castiga las costumbres de su tiempo: el valor otorgado al dinero, la hipocresía, etc., y por qué no, su conocido poema érase un hombre a una nariz pegado, el cual –no sin motivos- se cree fue escrito para referirse a su archienemigo Luis de Góngora.
Si bien, a Quevedo se lo vincula generalmente con las poesías de amor desmesurado más allá de la muerte; este autor juega también con las armas que le permite el humor para disparar sus críticas contundentes, que deshacen y desprestigian los mitos de la época. Su lenguaje se permite ciertas desnudeces para atacar, desde lo jocoso, cuestiones que zahieren seriamente a la sociedad; de ahí que, eventualmente, se vincule a Quevedo con el estilo jocoserio tan propio de la estética retorcida del barroco.

Hesse: el humor frente a la porquería humana
Al comienzo de El Lobo Estepario, Hesse se pregunta si la porquería es algo propio del ser humano y halla una respuesta sino catastrófica, bastante desalentadora: sí.
Quizás la única salida sea la resignación, después de todo, tendremos que aprender a vivir con nuestra mitad salvaje y nuestra mitad sensata; con el lobo estepario encerrado dentro del cuerpo de un hombre refinado, con nuestra fiera en cautiverio que no perdió ni perderá sus costumbres más nunca.
Los lobos esteparios poseen una naturaleza humana y otra animal: lobo y hombre conviven en un mismo cuerpo, quienes tienen un lobo adentro sufren la represión constantemente y en forma terrible y quiénes lo liberan deben lidiar también de forma constante y terrible con las voces de otros lobos disfrazados de individuos bien parecidos y coherentes. Lo cierto es que, en su orígen, lobo y hombre nacieron en un entorno burgués del que no pueden desligarse y es, justamente, esta atadura la que mantiene la fiera en cautiverio y«el santo» en libertad.
Si lobo y hombre pudieran ponerse cara a cara, uno podría tomar conciencia del otro y del mismo, pero como esto no sucede, se genera una tensión imperturbable y ante el caos del alma sólo resta una escapatoria placentera: el humor.
Si bien, como dice Hesse, el humor será siempre algo burgués, hay que reconocer que es también el medio de unir todas las esencias humanas en un solo punto y lograr así, vivir en el mundo como si no fuera el mundo, contar con algo cuando no se cuenta con nadie ni con nada, renunciar a la miseria por medio de la risa; ¡qué tarea tan ardua y miserable!, pero también, ¡qué sensación de alivio!, un alivio apetecible y por apetecible: peligroso, un alivio que llega con la calma, pero si nos descuidamos, también llega con la ceguera y la discapacidad del alma. El humor es cosa seria, no vale sólo con internarse en la risa como se internan los difuntos en el Leteo, el río del olvido, para deshacerse de todos los recuerdos de su vida; si nos descuidamos (y si nos ponemos catastróficos también, por qué no) podemos olvidar los motivos que desencadenaron la carcajada, lo que nos sumiría en las tinieblas absolutas de la risa hueca.

La vida se divide entre lo horrible y lo
miserable

Hay un viejo chiste sobre dos ancianas que están en un hotel. Una Dice: «¡Qué mala es la comida!». Y la otra contesta: «Si, y las raciones son tan pequeñas». Así veo la vida: llena de soledad, desgracias e infelicidad y, además, pasa demasiado rápido.
Así es la vida para Alby (Woody Allen) luego de haber terminado con su amor, Annie Hall (Diane Keaton): la vida es una comida horrible que, para peor de los peores, dura poco. Su pesimismo es una apariencia, o quizás, un modo interesante de saborear esa comida tanto como se pueda; lo cierto es que si estamos condenados a vivir lo horrible (muerte, enfermedades, inválidos) y lo miserable (nosotros mismos), hay que disfrutar ser un miserable mientras se pueda, dejar un poco la pintura con que adornamos la vida, y verla de una forma mas trivial, sencilla y realista. (1)
La sal, quizás sea, esa pizca de humor que hace la comida no tan insípida… con perdón: el humor, quizas sea, esa chispa de sal que le hace falta a la vida para que no sea tan desabrida; después de todo, se deshace con tanta facilidad en nuestra boca que a penas nos deja a medias tintas y con la miel en los labios.
Y entre lo miserable y lo horrible, preferible es evadir lo horrible y reirnos de nuestras miserias, sin por eso caer, en el humor idiota, en la risa autómata y automática, vacía y sosa: esa simple (o no tan simple) contracción de los músculos de la cara.

(1) Woody Allen – Annie Hall