por Sabrina Perotti

«El humor es una gran cosa. En el minuto que sale a flote, todas nuestras asperezas,
todos nuestros resentimientos e irritaciones vuelan lejos y un espíritu soleado asume su lugar.»
Mark Twain , humorista y escritor estadounidense.

En mi familia siempre valoramos el humor, y aún en contextos espinosos, sabemos sacar un chiste de la manga y reírnos. Pero no simplemente disfrutamos de las repetitivas bromas con principio, desenlace y remate. Nos deleitamos con situaciones extrañas, extravagantes, experimentamos del humor en todas sus anchas. Y la clave se encuentra en reírnos de nosotros mismos. Porque reírse de todo es fácil, pero de uno mismo es bastante arduo y lleva años aprenderlo. Y, a veces, nunca sucede.
Particularmente, creo que el humor hace bien. Tomarse los malos tragos con mayor ligereza y menos dramatismo ahorra muchos dolores de cabeza. Sin embargo, hay gente que no sabe reírse, es decir, sabe reír pero no reírse de sí mismo. Vivir sin sentido del humor es permanecer en una existencia sin razón. La risa es una forma de escapatoria, de fuga, como sucede en los sueños, donde podemos imaginarnos en cualquier situación sin que nos reprima el inconsciente. Lo mismo sucede con la risa, con el humor, podemos jugar, experimentar, crear diversos escenarios sin represión alguna y reírnos, sin más. Y nos aliviamos. Porque de eso se trata, de vivir libremente, sin trabas.
Mijail Bajtín analiza el carnaval y la risa en la Edad Media observando que el festejo del mismo se desarrollaba de acuerdo al período improductivo de las cosechas, por lo que duraba varios meses. Además, el carnaval de esta época, indica Bajtín, era interclasista, integraba a todos por igual y hasta el tonto se vestía de rey. La risa era liberadora, degradaba y regeneraba. El realismo grotesco era el principio básico de la cultura popular cómica de la Edad Media y en él, el principio material y corporal aparece bajo la forma universal de fiesta utópica. Lo cósmico, lo social y lo corporal están ligados indisolublemente en una totalidad viviente e indivisible. Es un conjunto alegre y bienhechor. (Bajtin, 1998:23). Uno de los principales componentes de este realismo era la ambivalencia. Esta presencia de dos sentidos opuestos a la vez, se encuentra sumamente perdida en la actualidad. Las groserías eran ambivalentes, destruían para construir. Sin embargo, hoy no encontramos la función de la misma en nuestra cultura cómica. La Modernidad y el Capitalismo destruyeron el doble sentido y arrasaron con las significaciones paralelas, dejando lugar a la lisa y llana burla que no construye nada sino que degrada todo.

El humor bizarro
Pero si nos quedamos sin ambivalencias, sin groserías constructivas, sin dobles significaciones. ¿De qué nos reímos?
Recuerdo que una noche de verano, con la televisión prendida y mi familia sentada a la mesa escuché lo siguiente: «La modelo María Vázquez está embarazada y tiene un antojito….ahora está esperando un antifaz». Mi hermano y yo, descostillados de la risa, ingresamos en ese mismo instante en el mundo del bizarro humor del gran «Todo por dos pesos» de Capusotto y Alberti. Éramos chicos en ese entonces y algunas cosas se nos escapaban por la falta de experiencia. Sin embargo, las que absorbíamos se convertían en imborrables recuerdos. Una y otra vez repetíamos esos chistes sin sentido para algunos y con tanto para otros. Esas bromas tontas, chistes cortos y burlas groseras nos guiaron por años en el camino de la niñez y la adolescencia.
Conservo en mi memoria las noches en que, mi hermano y yo, nos juntábamos de madrugada en una misma pieza para repetir hasta el cansancio diversas situaciones bizarras y graciosas que habíamos oído o visto, bromeando por lo bajo para que mamá no nos escuchara. Recreábamos diálogos, escenarios, personajes chistosos con el simple fin de reír hasta que la mandíbula nos doliera.
Y así nos fuimos convirtiendo en fanáticos de un humor raro, extravagante, bizarro. Sin embargo, somos conscientes de no ser los adeptos originarios. Hay toda una historia recorrida por Antonio Gasalla desde 1989 con su Palacio de la Risa, por Alfredo Casero con su inolvidable Cha cha chá en 1992 y tantos otros que han abierto y allanado el camino para que en la actualidad puedan existir programas con este un nuevo tipo de humor (lo que no significa que los haya en la actualidad).

¿Humor tradicional vs Humor bizarro?
Sabido es que el humor es universal. Y no sólo el humor, en su sentido genérico. Las bromas, los chistes, los personajes se globalizan cada vez más y se va construyendo una red humorística (sobre todo por internet) en donde un chino hoy se puede reír de un sketch español. Sin embargo, al momento de esbozar este artículo me surgen, como es habitual, muchas dudas. Y la incógnita que circula en mi cabeza y mis dedos tiene que ver con la división que separa a este humor genérico o, a mi entender, «tradicional» y al humor nuevo o también llamado «bizarro ».
En realidad, el término «bizarro » ya presenta varios problemas. Le propongo, a usted, mi lector, que le pregunte a algún ser viviente cercano acerca del significado de este concepto. Le aseguro que obtendrá las respuestas más disparatadas, alejadas y desiguales que pudo imaginar. Cada persona tiene una definición diferente acerca de esta palabra, lo he comprobado. Sin ir más lejos, el origen de «bizarro» tal como figura en el diccionario de la Real Academia Española significa: generoso, valiente, espléndido. Pero no define lo que nosotros consideramos como «bizarro» en la actualidad. Este término es comúnmente utilizado para referirse a situaciones, personas u objetos insólitos, raros y extravagantes. El humor absurdo de los programas a los que me vengo refiriendo es un claro ejemplo de la utilización de esta expresión en la actualidad.
Si bien no está definido como un género oficial del humor, podemos analizar que el humor bizarro comporta una serie de características constantes que tienen que ver con lo absurdo, la rareza, lo imprevisible, la inconstancia. Y a mi entender, uno de los rasgos más sobresalientes de este humor se relaciona justamente con estos últimos adjetivos, la cuestión de lo impensado que llega para romper con el hilo constante del humor «tradicional» totalmente predecible y gracioso, pero predecible aún.
Los clichés, los remates, los estereotipos abundan en el humor genérico. Podemos saber exactamente qué le pasará al protagonista de un sketch cómico tan repetido que marea y hasta podemos balbucear el mismo latiguillo con que finalizará la escena. En cambio, el humor bizarro no. No deja lugar al espectador entrometido que busca rellenar la frase o la acción. Y hasta lo deja boquiabierto, pasmado y asombrado cuando escucha el «Gato no soporta la radiación» de Casero.

Humor como recreo del dolor
Diego Capusotto comentó lo siguiente en una entrevista a «C actualidad a diario»: «El humor se ríe de la tragedia, de la sensación de ser pequeño, de estar abandonado en esa pequeñez, el humor trata de encontrar la carcajada como hermandad, como un recreo del dolor.»
He decidido llamar al apartado en cuestión utilizando las palabras de este actor cómico ya que representa exactamente el humor que vengo deshilachando desde el comienzo de mi artículo. Esto es, el humor como antídoto, el humor como liberador, en fin, el humor como recreo. Un humor tan disipador de vacíos y males que esboza una suerte de remedio universal. Sin embargo, debemos aprender a usarlo, leer sus indicaciones, y sorber una dosis, o dos, quizás, en momentos de extrema desesperación.
No se fíe, usted, aquejado, de poder vivir sin adquirirlo, no subestime el antídoto cuya fecha de creación ni siquiera se estima y que lo han utilizado desde dioses hasta devotos, desde emperadores hasta plebeyos, desde reyes hasta siervos. No crea que puede ser laúnica persona de la tierra que viva para contar que tiró por el inodoro todo el remedio, sin probarlo siquiera.
La enfermedad avanza rápidamente y sin previo aviso. No espere a quedar postrado en la cama, con la cara pálida y la sonrisa borrada, mientras su cuerpo lánguido se va confundiendo con las viejas sábanas. Porque es ahí, después de tantos meses de agonía, cuando trata de alcanzar, con su mano blanca y casi transparente, ese medicamento que desechó tiempo atrás. Es justamente allí cuando recuerda lo que hizo y esboza la última sonrisa de su vida.