mención de honor III Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Ricardo Cardone

La extensa pampa fue testigo del infortunio. Sobre la tierra que abren los campos vírgenes e infinitos, el hombre surcaba a pie el camino que lo llevaría a algún pueblo cercano. Desconcertado, intentaba descifrar la condena. No era alto. El cuero curtido le cubría los huesos. Supo disciplinar su diestra con el bronce del facón que no olvidaba en la cintura. Supo mirar de frente y pausado. El tiempo en el rostro le enseñó a no confiar. Ahora, bajo el sol y en el llano, caminaba con la voz del que sentencia. La historia que relato pudo haberse escrito en Buenos Aires, una tarde de olvido.
El hecho ocurrió en Pergamino, frente al maltrecho hierro de los barrotes del pulpero. El hombre apeó del caballo, se sacó el sombrero y ordenó una caña. Alguien lo reconoció y se hizo esperar. Alguien pronunció consejos que el otro desoyó. El vino rebasó el paladar y a espaldas advirtió que los únicos cristianos que no saludan son los carneros porque no hablan. Fueron dos o tres palabras y un desafío. El muerto cayó en la certeza de la tierra. La noche se abrió de estrellas y el perseguido montó hacia los límites de la provincia. Ahora era un fugitivo que hizo valer su honor. Conocía los claros del camino y envuelto en su prontuario cargó con la noche a sus espaldas. La llanura lo celaba y la causa quedaría en algún naipe de una partida policial. El muerto resultó ser uno más y el honor lo justificaba. Nadie supo – o no quiso- describir el hecho. Nadie se aventuró a reconocer al hombre de a caballo.
Remontó su sombra a días sin tiempo. Despuntó campos inundados y correntosos cauces. Cierta tarde el cielo le devolvió una llanura espesa. Adivinó que ya no lo buscarían y descansó por primera vez desde aquella muerte. Soñó al pie de la Cruz del Sur con algún indio que al borde de una montaña se animaba a pensar futuros cercanos. Trazaba distintos caminos de ascenso. Imaginaba alguna vegetación a descubrir entre las piedras. Alcanzaba a desconocer algún despeñadero o incluso a morir a traición en una pendiente oculta. El desierto de la llanura se le vino al sueño. Ahora no era el indio sino él mismo con su invariable presente. Egoísta en senderes, descubrió que el futuro a recorrer estaba en el horizonte inalcanzable. La pavorosa soledad del sueño lo despertó. Una extensión uniforme le perdía la vista y comprendió la urgente necesidad de un pueblo. Pensó que si hubiera sido aquel indio en la montaña podría tejer esperanzas, mas la llanura le aguardaba estéril y sin futuro.
Sabía que tal vez en dirección al horizonte llegaría a Areco. O a Junín si esquivaba el rumbo del crepúsculo. La noche lo encontró envuelto en una extensión irreparable. Conocía la pampa como pocos querandíes. Jamás supo de destinos inciertos, de huellas erradas, de rastros perdidos. Su vida no se alimentó con metáfora alguna. Ignoraba a Guiraldes como los yámanas ignoraban la peste pero leía el cielo con detenimiento y comprensión científica. Sabía de las lluvias imposibles que sacudirían los sembrados al deshacerse la noche. Descontaba el corazón del sur y no así su existencia irrefutable. En más de una noche ciega el rumbo de alguna estrella le evitó morir de sed. Había oído que desde el alba llegaba un mar remoto y que el poniente comprendía montañas históricas. Atormentado el hombre en la soledad de la llanura evocó el primer sendero. No supo si fueron días o meses de fatiga los que sobrellevó al galope antes de tener que sacrificar a su caballo. El animal había resbalado y maldijo la fractura. Con el facón en el pescuezo le alivió el dolor. Desahuciado y a pie comenzó a dudar del rumbo. Le escapaba a la infeliz idea de un extravío fatal. Días y noches incontables lo llevaron a pensar que habría caminado en círculos. El horizonte lo cercaba con un lazo de silencio. Prófugo de una muerte que la inmensidad del llano olvidó en el tiempo, ya no supe reconocer la inevitable diferencia entre el ayer y el mañana. Los días se nutrían de un inmortal hoy. Había escapado a la llanura sin imaginar que el tiempo erigiría allí su celda. En la angustiosa soledad de la extensión creyó morir. Se reveló perdido y se espantó. Juró caminar hasta falsear el vacío. Desafiar el horizonte hasta cortar la fibra que lo unía. Caminó semanas enteras con la agonía de quien se sabe muerto cuando desde los confines de la tierra divisó un dudoso caserío que con el camino se le hizo pueblo. Bajas y distantes, las casas lo anunciaron conocido. Con la fatiga de los pasos buscó un lugar para sacrificar la sed. Recién en la pulpería se despojó de la llanura. Evitó el saludo con el sombrero en la mano y vio al hombre desangrándose en la tierra. No dudó en dejar caer el bronce del facón y se entregó redimido. Había escapado de una cárcel sin futuro ni pasado y por un instante temió que la terrible condena por haber matado a un hombre fuera esa espantosa eternidad.

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