mención de honor V Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Sebastián Grimberg

Ni bien nos mudamos empezó con lo del espejo. Se lo metieron en la cabeza las viejas que atiende en la peluquería. Había que ponerlo sobre la pared enfrentado a la puerta de entrada del
departamento, de modo tal, que quien la abriera lo primero que encontrara fuera su reflejo. Cuando objeté que me parecía desagradable y hasta molesto –uno no tiene presente su propia imagen
a toda hora y resulta chocante encontrarla cada vez que entra a su casa–, mi mujer me comunico muy seria y convencida (por esas viejas de mierda seguro, y perdón por el exabrupto), que el
espejo absorbería las “malas energías”; tanto las nuestras como las de nuestros eventuales visitantes. Le dije que era una estupidez; pero ya conoce a las mujeres; saben por donde entrarte.
Me dijo que lo hiciera por ella, y que así estaríamos mejor; después me mostró una de sus sonrisas mimosas y… en fin, pusimos el espejo. Sin embargo, lo que no me explicó –y supongo que ni
siquiera se lo preguntó a sí misma–, es lo que pasaba con esas “malas energías”, ¿a dónde iban?.

La noche siguiente, el reflejo que encontré al abrir la puerta me sobresalto; y no pude evitar durante la cena y al irme a la cama, la sensación erizada y fastidiosa que me había dejado
aquel susto. Eso se repitió durante toda la semana. Hasta que logré prepararme para verlo, o verme. Pero cuando abría la puerta despacio, el espejo me devolvía invariablemente una imagen
gris y raída. Odiaba esa imagen. Traté entonces de no mirarlo, pero el espejo era amplio y cubría gran parte de la pared; se me metía por el rabillo del ojo. ¿Qué hacès?, dijo mi mujer. Yo
había tirado el perchero que estaba junto a la puerta, y no podía explicarle porqué tenía los ojos cerrados. Decidí entonces clavar la mirada en el piso, y levantarla sólo cuando estaba
lejos de su alcance. Pero él no me dejaba. Después de cenar, nos sentábamos en el sofá a ver televisión. Yo giraba la cabeza hacia donde estaba y lo descubría deformando mi rostro o el de
ella; alargando nuestras frentes y mentones como si fueran de goma derretida, o mudando nuestros gestos en muecas atroces. Empecé a tener problemas para dormir. Me preguntaba a donde irían
esas fuerzas negativas absorbidas por el espejo. Creí entonces que anidarían en una sola figura, oscura como una sombra, pero formada por los infinitos rasgos, de frente y de perfil, que el
espejo había captado. Mientras yo estaba en la cama, mirando el techo en penumbras y dando vuelta la almohada en búsqueda de frescura, la sombra se pasearía por el comedor imitando nuestros
gestos o repitiendo nuestras acciones. Nada más lejos de aquello. Nos necesitaba a nosotros, necesitaba cuerpos, soportes, para trasladarse. Esto lo descubrí después, a través de los
cambios operados en mi mujer. Dejó de traerme el desayuno a la cama.
Tampoco volvió a esperarme a la salida del trabajo con entradas para el cine. Todas las atenciones que siempre tuvo conmigo, cocinar mi comida favorita, prepararme la ropa para el día
siguiente, y coserme las medias, comenzaron lentamente a espaciarse –ella, la figura salida del espejo a través de ella, aducía olvido o cansancio–, hasta extinguirse por completo. Pero
esos son sólo detalles. La influencia más radical de la figura sobre ella, se manifestó en la profunda transformación que se operó en su carácter. Siempre había sido una chica maravillosa,
llena de alegría. De nuestros años de noviazgo –casi cuatro–, no le recuerdo un enojo, una rabieta. Pero después empezó con los caprichos, con las quejas. Que si me olvidaba de hacer la
cama, que la ropa sucia sobre la tapa del inodoro, que no le preguntaba si necesitaba ayuda en la cocina: quejas, quejas, quejas y quejas; caprichos, pavadas. Me reventaba la forma en que
me lo decía. Si usted la hubiera escuchado… me retaba como a un chico. Y yo le decía. Le decía lo del espejo, lo de la influencia, había que sacarlo. Pero eso la enojaba; decía que no me
hiciera el tarado… ¡Para qué! Ahí me daba más bronca… Cuando empezó con los gritos sentí que no podía más. ¿Hay algo más irritante que los gritos agudos de una mujer? Y ella lo negaba,
decía que no gritaba, que hablaba “normal”. Pero eso mismo lo decía gritando. Me volvía loco.

Resolví acabar con el espejo antes que lo hiciera con nosotros. Ese domingo mi mujer había salido. Me paré frente a él. En la penumbra de la sala parecía una cascada de agua turbia. Tuve la
sensación de que latía. En la mano me pesaba el martillo. Descargué el primer golpe. A la altura de mi frente, quedó un pozo del que nacía una rajadura gruesa que me partía la cara. Eso me
impresionó. Cerré los ojos y seguí golpeando. Cuando terminé el trabajo transpiraba, y me senté en el sillón a esperar a mi mujer. Crujieron los vidrios que arrastró la puerta al abrirse,
crujieron también cuando ella los pisó. Entonces se enfureció. Nunca, nunca la oí gritar tanto. Después se metió en la pieza y golpeó tan fuerte la puerta que fué como si un petardo me
reventara en los oídos. Me levanté del sillón. El espejo estaba destruido y ella seguía igual. No tenía alternativa.

Leave a Reply