# EL DESATINO CONTROLADO – por Juan Miguel González Mejía

Cuentan que una vez un hombre se fue dando cuenta que se estaba volviendo loco y de pronto se asustó mucho. No quería que los demás lo supieran. Lo que más miedo le daba era que los demás se dieran cuenta, ahí radicaba el verdadero peligro para él, no tanto en volverse loco, porque sabía que el mundo no trataba bien a los locos y pensó con lógica que era probable que le esperara mucho sufrimiento. Como no quería que le pasara eso, el buen hombre concentró todo su afán en hacerse pasar por cuerdo costara lo que costara, aunque luego se dio cuenta que a veces le costaba muchísimo. Tenía que lograr un control insuperable de su locura, refinarla hasta casi lo infinito para que pasara desapercibida entre la gente, y esa obsesión le hacía meditar y remeditar constantemente todo lo que estaba haciendo, a fin de evaluar si entraba dentro de lo normal o no.

Pero estaba loco de verdad y eso no lo podía negar. Sabía que los locos se caracterizaban porque no podían encajar con normalidad en el mundo de los normales, no porque tuvieran cualquier manía o rareza sobre el mundo, que hasta eso podía ser aceptado dentro de lo normal, sino porque literalmente se encontraban fuera de la realidad viviendo en otro mundo muy distinto y aparte del normal; con frecuencia perdían completamente la conexión con el mundo de los demás y los choques y las interferencias se hacían inevitables.

Pero el hombre de esta historia fue dándose cuenta al fin que a la gente normal le costaba mucho detectar a los verdaderos locos, no a los pobres locos tontos que habían perdido el control y enseguida eran localizados y neutralizados, sino a los locos sutiles y refinados que podían vivir sus delirios lúcidos en medio de la multitud, completamente alejados de la realidad normal y sin embargo tan bien camuflados, que la gente normal no alcanzaba ver el abismo que parecían sugerir sus contradicciones. Para la gente normal tales delirios no se encontraban entre sus cabales conocidos, no los creían, se bloqueaban si pensaban en eso, y generalmente se aburría y acababa por ignorar a estos locos tan sofisticados.

Y así fue que este hombre que se volvió loco y que luego se volvió loco lúcido, podía vivir la mayor parte del tiempo entre la gente sin que nadie se percatara de su locura, viviendo de manera tan normal como ellos, mimetizado exactamente entre ellos, y a la par viviendo también libremente su propia locura disfrazada hasta donde ella lo llevara.