EL CIELO ES LO DE MENOS
por Gonzalo Javier Martínez Methol

1

Todo lo que sucedió, ese día, ya había sucedido mil veces en tu cabeza. Habías planeado cada detalle con la maniática meticulosidad de un relojero o un cuentista. Para las siete de la mañana, cuando decidiste levantarte, ya te sabías de memoria lo que ocurriría. Lo más importante, por supuesto, era el final: la cara de Marconi al verte sacar el viejo 38, los ojos de garca de Marconi al verte empuñar el viejo 38, el brillo final en los ojos de garca de Marconi al verte apretar el gatillo del viejo 38.
Al comienzo pensaste en ir a su casa. Sabías dónde vivía (la policía encontró la dirección de Marconi anotada en una servilleta, en tu cuarto de la pensión). Pero te disuadió, creo yo, la idea de hacerlo frente a su mujer y sus hijos. En algún momento de esa última noche, mientras fumabas un cigarrillo tras otro, acostado en la cama, se te ocurrió otra alternativa; una resolución perfecta, casi inevitable: decidiste hacerlo en la fábrica. Que todo el mundo lo viera. Y los que no pudiesen verlo, escucharían el disparo.
Te sentiste tranquilo, después de resolver ese detalle. Corría un viento fresco, delicioso, por ese inmenso baldío incinerado que era tu cabeza.
Interrogaste, quizá, en el espejo del baño, mientras te afeitabas, la cara de ese hombre que después reprodujeron los diarios (poco decía de vos —del que fuiste ese día— la foto en blanco y negro, tipo carnet, que algún periodista de policiales consiguió vaya uno a saber cómo). Acaso recordaste, también, la sonrisa en los ojos de Marconi, cuatro años atrás, cuando te dijo:
—No se ponga así, hombre. Con su experiencia no le va a costar encontrar otro trabajo de operario.
Nunca habías visto a alguien sonreír así. No con la boca: con los ojos. Sonreían los ojos de Marconi tras los anteojos de marco grueso.
Algo es seguro: le borraste esa sonrisa de los ojos.

2

El encargado de la pensión apareció en un par de noticieros. Dijo que eras un tipo callado. Que salías poco. Que no tenías trabajo. Que algunos inquilinos te habían visto mover los labios como si hablaras con alguien. Y que esa mañana saliste bañado y afeitado, y que apenas te saltó al paso para recordarte que le debías el alquiler lo mandaste a la puta que lo parió, con perdón de los televidentes.
Quizá te gustó sentir el bulto del 38 en el bolsillo de la campera cuando puteabas al encargado. Y cuando caminabas por la calle. La mano transpirada sobre el hierro. Saberlo ahí, cargado, tuyo. Saber que la precariedad del mundo no valía un carajo en tanto pudieses sentir ese frío elemental en la palma.
O por ahí te olvidaste de él hasta que llegó el momento de usarlo. Quién sabe.

3

A eso de las diez tocaste el timbre.
Mamá te abrió la puerta. Te reprochó que hubieses venido sin avisar. Pero te dejó pasar. Y te dijo que yo estaba jugando en el patio.
Seguiste a mamá por la casa a oscuras. La abuela estaba obsesionada con el ahorro de luz. A vos te gustaba hacerla cabrear, antes. La abuela venía a comer a casa y vos tenías todas las luces prendidas a propósito. La abuela no podía con su genio y siempre terminaba quejándose. Ese era tu momento de gloria: “¿La paga usted o yo, doña?”, le decías, sentado a la cabecera de la mesa, un pucho colgado entre los labios. Pero eso era antes, cuando todavía el banco no nos había sacado la casa y vivías con mamá y conmigo y fumabas tranquilo, entrecerrando los ojos, como un sheriff del lejano oeste en temporada baja de maleantes.
—Carlitos, está papá —dijo mamá.
Te sentaste al lado mío, en el suelo. Estaba armando un rompecabezas.
—¿Te puedo ayudar? —me dijiste.
—Es difícil —dije yo.
El pato Donald debía aparecer, en algún momento, sonriente, contra un fondo de cielo y pajaritos.
—Armá primero la cara —me dijiste—. Dejá el fondo para lo último. El cielo es lo de menos.
Las piezas del rompecabezas eran diminutas en tus manos.
Mamá volvió con el termo y el mate. Se quedó parada, apoyada contra el marco de la puerta. Le miraste el pelo suelto. Ella te tendió un mate.
—¿Tu vieja? —le preguntaste.
Mamá se quedó callada. Después dijo:
—Fue a la farmacia. Carlitos anda de nuevo con la urticaria.
Chupaste despacio la bombilla del mate, evitando mirarla a mamá.
Creo que no volvieron a hablar. Después de un rato vos dijiste:
—Me voy. Tengo que ir a ver un trabajo.
Y eso fue todo.

4

En la foto hay un hombre con un pibe de seis o siete años en brazos. Detrás está el mar. En el reverso dice: Villa Gesell, 1951.
Nunca pude llamar abuelo a ese hombre que te tiene en brazos. Para cuando yo nací, a él ya lo habían aplastado cuarenta años de historia argentina. Había sobrevivido a embestidas de la montada, a celdas con olor a sangre y orina, a punciones eléctricas en genitales, tetillas y encías, a traiciones y mentiras y desengaños. Murió en un hospital público de cirrosis hepática, ese nombre que le dan los médicos a la melancolía.
De él heredaste, entre otras cosas, el pelo crespo (más tarde la calvicie), el mentón agresivo, los ojos oscuros, las piernas cortas, la adicción al tabaco, el gusto por mujeres de implacables silencios, caderas hospitalarias y buena mano para los tallarines caseros, la pasión por San Lorenzo de Almagro, el desprecio por las corbatas y la palabra progresismo, las obras completas de John William Cooke, la retórica eficaz en vísperas de huelga, la capacidad de indignarte fríamente, sin autocompasión, y un revólver Smith & Wesson calibre 38.

5

Llegaste a la fábrica a las once de la mañana. Entraste sin saludar a nadie. La mayoría de los que estaban ahí trabajando conocían tu voz grave y pausada, tu modo entre paternal y jodón de decir muchachos o compañeros cuando el aire se calentaba en las asambleas sindicales; se habían sentado, muchos de ellos, alrededor de un largo tablón en el patio de nuestra casa hipotecada, en tibios mediodías de domingo, y habían gritado un aplauso para el asador, carajo; unos pocos, a los que además de compañeros llamabas amigos, habían tocado el timbre de casa, más de una vez, de madrugada, para pedirte consejo sobre cuestiones que hacían que mamá suspirara y diera portazos.
Detenerte a charlar con los muchachos hubiese significado tener que responder preguntas. Y vos nunca habías aprendido a mentir. Así que seguiste derecho a la oficina de Marconi. Entraste sin golpear.
Te asaltó, tal vez, en ese momento, una súbita sensación de irrealidad. Viste a Marconi, ahí, detrás del escritorio, tal como lo habías imaginado mil veces la noche anterior, y tuviste la impresión de que todo era la alucinada y minuciosa repetición de un sueño.
Marconi se levantó, cínico y sorprendido. Sonrieron los ojos de Marconi, tras los anteojos de marco grueso, cuando te preguntó:
—¿Qué anda haciendo por acá, che? ¿Se vino a cebar unos mates?
Sacaste el 38. Marconi dio un paso atrás. Ese detalle no se te había ocurrido: Marconi dio un saltito rápido, instintivo, hacia atrás, que hizo correr la silla.
Pero el resto ya te lo sabías de memoria: la cara que puso Marconi al ver el viejo 38, los ojos de garca de Marconi, que ya no sonreían, al verte empuñar el viejo 38, el brillo final en los ojos de garca de Marconi al verte levantar el viejo 38, despacio, sin apuro, ponerte el caño en la sien, y apretar el gatillo.

1er premio. VIII Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo
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