El Camino
por Miguel A. Montoya Jamed

Dedico este cuento a los hombres y mujeres que caminan hacia el bosque…

 

 

Nos hemos detenido, aunque la sombra sea pequeña, porque necesitamos un descanso. No nos importa que la sombra sea pequeña…mejor dicho, nos importa…ya sabemos que en el capitalismo no hay calores que tengan sombras amplias para que quepan todos los que caminan.

…pero…los hombres tenemos los árboles, los pájaros, el agua, la voluntad y la palabra.

Y si tenemos la palabra tenemos el Sentido.

Y los árboles, los pájaros y el agua son propiedad social…como el cerro, como la tranquilidad.

No una propiedad como la del mercado. La “propiedad social” nos hace propietarios sin privar la propiedad.

La Tierra, el Agua, los árboles, los pájaros, el cerro…nos son propios, porque somos propios del Ambiente que nos es propio.

Hombres y mujeres que caminamos desde lejos o quizás: no desde tan lejos; porque muchas veces nos movimos en círculos, sólo en círculos fastidiosos, que nos demoraron en una demora que nada tiene que ver con el apuro.

Yo soy uno de tantos, de estos caminantes…uno más.

Soy “como uno”….hombre medio…Das Man, diría mi maestro.

Aunque, si voy buscando estoy intentando escapar al “hombre medio”.

Y lo que busco es una salida, no para huir si no para mirar desde la cumbre.

Yo soy uno de tantos de estos caminantes…o de esos, que merodeamos el “darse cuenta”…

 

Cuando uno lleva la ropa que se va sacando, para transpirar menos, en un brazo y el bolso con lo necesario para el traslado, en la otra mano y además va cuidando la cartera que cuelga de uno de los hombros donde lleva, al menos, un libro y un cuaderno, con los lentes y las lapiceras, caminar tramos muy largos se hace incómodo…pero, bueno…

“tener una voluntad obstinada por la vida”…eso es….

Si…eso es: “tener una voluntad obstinada por la vida”…

Lo leo en “El caminante y su sombra”…mejor dicho: lo releo y guardo el libro de Nietzsche, para mirar el cerro y el horizonte rojizo que se pinta con el Sol que se está escondiendo.

No sé si los hombres y las mujeres dormitaron, pero no hablamos…digo: no hablamos entre nosotros, no dialogamos. Hubo un silencio que disipó el cansancio, un silencio largo de media tarde.

Cuando los hombres no hablan, imaginan o sueñan y cuando imaginan o sueñan construyen una realidad para ser felices.

Y si no imaginan ni sueñan, recuerdan y cuando recuerdan se están contando la vida.

Cuando imaginan o sueñan o cuando recuerdan para contarse la vida, están en la cumbre… en silencio, miran desde la cumbre.

Tenemos que entrenarnos para mirar desde la cumbre.

 

“El Sol se está escondiendo”…o “el Sol se está metiendo”…así se dice en cualquier pueblo… ¿de quién podría esconderse el Sol?

Tal vez se mete detrás de la montaña, para que oscurezca, para que se haga de noche sólo por un rato… pero sólo por un rato, para que en la madrugada nazcan las mariposas, comiencen a volar los pájaros y los hombres concluyan sus sueños…

Anoto en mi cuaderno esta pequeña prosa que pienso, y miro la cumbre de la montaña con su horizonte rojizo… aunque ese horizonte repleto de luz, seguro que es de los hombres.

Ese horizonte repleto de Sol es de los hombres… aunque necesitemos detenernos a descansar en una pequeña sombra…

Camino  desde hace tiempo y aun no encuentro el bosque.

Los círculos fastidiosos que demoran y angustian… seguro que los traza la falta de libertad…el miedo.

Estar en el Mundo provoca un miedo, primitivo, inconsciente, se asocia con la infinitud y la finitud…

Yo atravieso por esa contradicción, primitiva, inconsciente, buscando el bosque donde necesito habitar la soledad.

Atravieso y va conmigo, porque esa contradicción es la Existencia. Pero supero la servidumbre, no soy esclavo.

No soy esclavo porque llevo en mí la contradicción.

Escapé de la servidumbre, porque soy consciente de ese par contradictorio finitud-infinitud, que me provoca dolor y angustia, y me construye libertad…y  me construye libertad.

La soledad que habitaré cuando entre al bosque, es la no-existencia de los miedos cotidianos.

 

El horizonte que hubo, ya es sólo un contorno amarillento por los picos de la montaña… observo y pienso:

“La Vida es la Vida; y eso es: está poblada con la belleza, toda la belleza está en la Vida.

Y está poblada con dolor.”

¿El horizonte de mañana, a la misma hora, será como el horizonte de hoy, habrá sido como el de ayer?

… tal vez no…tal vez si…

… y tengo ese pequeño nudo en la boca del estomago, el del susto por nada, el del susto irracional, el del control social, el que tira hacia la servidumbre…

El que lleva los hombres hacia la servidumbre, con un amo invisible, que vigila, que castiga,…

 

Algunos de los hombres y mujeres con los que vengo caminando, han decidido quedarse ahí, sin algún plan, tal vez caminen mañana o se vayan por la noche.

Otros, hombres y mujeres, fueron hacia la montaña. Tal vez atraídos por la belleza de los colores y de las formas.

Juego con pocos colores cuando pinto mis cuadros, me gusta mucho el azul, en casi todos, pongo mucho azul, no sé porqué… y las formas… me gusta la Geometría, mi primera formación fue por ahí… por la Geometría.

Los hombres y mujeres van hacia la belleza.

Otros hombres y mujeres se detienen.

Otros hombres y mujeres ríen.

Otros hombres y mujeres lloran.

Los hombres y mujeres buscan estrategias para habitar la soledad.

Otros hombres y mujeres se hacen esclavos y no buscan habitar la soledad.

Ahora: nombro la soledad, como la no-existencia de los miedos cotidianos, los de las amenazas cotidianas: por los hijos,  por las necesidades, por el trabajo, por el mercado, por las decisiones de los que gobiernan… por la puta madre que los parió… a los legisladores y los jueces…que los parió por su ignorancia, por sus arbitrariedades y su autoritarismo…

 

Unos minutos, tal vez cinco, tal vez diez, y yo decido bajar por entre las piedras a un puente que cruza un canal que puede ser caudaloso, pero acarrea poca agua, dicen que al agua la dejan en las mineras para lavar el oro que se llevan los mas poderosos.

El puente lleva a una calle de tierra seca y suelta, por la que camino unos metros y me entero que es “la calle de la costa”. Así le llaman los vecinos.

Volví unos metros y bajé por otro puente, no sé bien porqué, talvez porque así entraba a una calle de piedras, con menos tierra suelta.

Uso sandalias y busco caminar por una calle de piedras. Así camino despacio, con paciencia, como es mejor en la vida.

Aun me cuesta caminar despacio; a mi edad necesito una calle de piedras.

La paciencia es un objeto principal en la Filosofía… como en la Vida.

Los nombres de esas calles me lo cuenta una mujer, rubia, que pasaba en bicicleta, yo le pedí que se detuviese y le dije mi nombre y que buscaba el bosque. Le pregunté si el bosque para habitar la soledad está en este pueblo.

Hizo un silencio, serio y amable… yo lo pensé de bienvenida… de seguridad. Hasta pensé que era un silencio de este pueblo… un silencio con arraigo y pertenencia. Un silencio de esos en los que se habla cuando no se habla con otros. Ella miraba al Sur, me dijo que se llama Liliana y me dio un escrito donde cuentan que ellos defienden el cerro. Después, me señaló la calle de los hombres y mujeres que protestan, por que disputan la tranquilidad.

Yo pensé, que todas las calles son sólo de los hombres y mujeres que protestan……Los hombres y mujeres tienen la palabra y por lo tanto tienen el Sentido.

Se despidió de mí y se  fue. Y vi al hombre que la esperaba en la puerta de la casa: flaco, con la piel de la cara asoleada, seguro que por el mismo Sol, que pinta el horizonte rojizo en la cumbre de la montaña y de la tarde; cuando se vuelve para las casas. Un hombre flaco, alto, de pequeña barba blanca, como una prenda aristocrática. La aristocracia, que refiero, es un orgullo de los hombres y mujeres que disfrutan de la Tierra y del silencio, de los que disputan la libertad… de los que caminan… de los que son capaces de ponerse frente a la soledad.

Esa representación tuve. No supe su nombre, pude haberle preguntado, pero entraron antes que yo pasara frente a la casa.

A lo largo de la calle, sentí olor a los árboles, a pan casero, a corrales de caballos, me ladraron los perros, me saludaron hombres que no conozco, llené mis murmullos con el canto de muchísimos pájaros. Y pensé que todo eso también había en el silencio serio y amable de Liliana, cuando le pregunté si en este pueblo estaba el bosque que yo buscaba.

También pensé que “el dentro del Sol” ahí duraba más tiempo que en otras parte, sin que anochezca.

Caminé despacio, entré por las calles con caseríos llenos de árboles, con olor a pan casero, algunas casas con corrales de caballos, algunas casas con patios regados.

Fui llevando, como una observación para mis apuntes, la tez quemada por el Sol y la pequeña barba blanca, del marido de Liliana, como si llevara unos de mis dibujos para comparar la aristocracia de los hombres con que me iba cruzando. Y lo que apunté para mis lecturas, es que el orgullo de los hombres y mujeres que disfrutan de la Tierra y del silencio, de los que disputan la libertad…d e los que caminan… de los que son capaces de ponerse frente a la soledad, de los que tienen la palabra y el trabajo, tiene una multiplicidad de prendas para lucirse.

Y vi: rostros con arrugas, con sonrisas, vestimentas de grafa que yo aprendí de chico, por mi padre, que esa es ropa de trabajo. Mujeres con delantales largos, mujeres donosas que las pensé arregladas para esperar a su hombre que vuelve de los parrales y de las chacras.

Y recordé que las calles por las que caminaba, Liliana me las había señalado como las calles de los hombres y mujeres que reconocen la libertad.

Eva María Pereda González
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Caminé por la calle que tiene menos casas, por la calle de la costa, casi como una metáfora no tan metáfora. Siempre camino por las calles que costean la ciudad.

La ciudad como ese territorio apropiado por el mercado, la tecnologización de la cotidianeidad y la monopolización del lenguaje por la máquina.

Desde mi adolescencia comencé a caminar, por comodidad, por las calles que costean el sistema. Y son las calles que aún me dan alegría para mi búsqueda.

Entre la montaña y los sembrados siento con fuerza el Espíritu.

Siento la proximidad del bosque, y eso ya está bien, eso ya es saludable… tal vez no llegué pronto, pero habito y me da satisfacción la proximidad.

Pienso… el Espíritu… “La totalidad espacio-temporal del mundo de la Naturaleza que implica el discurso humano el cual revela ese mundo y el hombre.”

Entonces: “El Espíritu es el hombre en el mundo…”

Lo pongo entre comillas porque es un concepto de uno de los autores que inspiran mi Filosofía; concepto al que me inscribo.

 

¿Cómo habrán sido estas calles antes que yo las caminara?

Y digo “yo”, como un universal, como: antes que cualquiera o cada hombre las caminara.

Cualquiera o cada hombre va siendo otro siendo el mismo. Y en ese “siendo otro” va confirmando su belleza.

 

Hace tiempo; el Tiempo que cada hombre es, comenzamos a caminar por el camino más próximo a la puerta de aquella casa de la que salimos. Con un pequeño bulto, que nos fue dado, que nos fue puesto en la mochila o en el bolso del costado.

 

La primera calle y el pequeño bulto nos fueron dados.

 

Caminamos por calles y negamos las calles.

Caminamos y recordamos y sabemos de las viejas calles.

Caminamos llevando un bulto a las espaldas y negamos el pequeño bulto.

Caminamos llevando un bulto a las espaldas y cargamos el pequeño bulto.

 

¿Cómo sería la calle de la costa antes que yo la caminará?

¿Cómo seré yo después de caminarla?, ¿Cómo será el bulto que llevo en las espaldas, después de caminarlas?

 

Ahora, buscaré un reparo para mi sueño o la Luna para mi insomnio.

Voy por la calle de la costa…

 

¿Cómo habrán sido estas calles antes que los hombres las caminaran?

¿Cómo serán los hombres, después de caminarlas?

Se ha hecho de noche, pero sólo por un rato, sólo para que en la madrugada nazcan las mariposas.

Las calles son de los hombres y mujeres que protestan.

Las calles son de los hombres y mujeres que llevan la aristocracia como una prenda para mostrar.

Y la aristocracia que refiero, es un orgullo de los hombres y mujeres que disfrutan de la Tierra y del silencio, de los que disputan la libertad… de los que caminan… de los que son capaces de ponerse frente a la soledad.

Ahora buscaré un reparo para mi sueño o la Luna para mi insomnio.

Voy por la calle de la costa…

El día dura como una mariposa. Aunque no muere, porque se mete en la noche, se diluye en la noche, la conforma; por eso en la noche se puede pensar en los sucesos del día.

Por eso los sueños nocturnos se conforman con lo reprimido en el Inconsciente montado en una energía diurna, que aprovechando la debilitación de la resistencia entre el Inconsciente y el Preconsciente, sale.

Aunque no sigue siendo día, es un momento diluido en ella, en la noche, en una multiplicidad de objetos que la conforman; hasta que la noche dura menos que una mariposa.

Serán las calles otras calles y los hombres y mujeres otros hombres y otras mujeres, después de caminarlas.