Eduardo Stupia – «Comienzo a dibujar como quien empieza a hablar»

 

EDUARDO STUPIA
Vicente López, Buenos Aires 1951 Es artista plástico. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano de Buenos Aires. Es traductor de inglés y ha traducido novelas y ensayos para varias editoriales. Actualmente es el director de arte del periódico trimestral Diario de Poesía y desde 1999 diseña el arte de tapa de la revista Cultural Las Ranas. También ejerce como Jefe de Prensa de diversas distribuidoras cinematográficas locales. Escribe asiduamente artículos diversos sobre cine y artes plásticas, y ha prestado su colaboración en Revista Ñ, suplemento ADN del diario La Nación, Diario Página 12, entre otras. Desde 1984 es docente de Artes Plásticas y ha participado como jurado en premios municipales y nacionales. Expone dentro y fuera del país en muestras grupales e individuales desde 1973.

 

– ¿Siempre dibujaste? – ¿Cómo fueron tus inicios?
ES – Dibujé desde siempre, desde el colegio secundario, fanáticamente, llenando los cuadernos de las clases de historia con dibujos alusivos, narrativos hasta donde me lo permitía mi escaso conocimiento de cómo dibujar. Además, estaba muy, muy influído por una tía con quién vivíamos con mi familia, porque ella cursaba Bellas Artes y tenía en nuestra casa el taller en su habitación, a la cual por supuesto no me dejaba entrar. Y esa exclusión, por decirlo de alguna manera, multiplicaba el misterio y la tentación de ingresar a ese mundo, lo cual se acrecentaba por el olor a óleo que a veces impregnaba el pasillo al cual daba ese cuarto. Después entré yo mismo a Bellas Artes, en el año 69, y egresé en el 72. En el 76 hice mi primera muestra digna de ser destacada, en la Galería ArteMúltiple, convocado por Yuyo Noé, quién había conocido mis dibujos de manera fortuita, junto a jóvenes artistas que eran alumnos de Yuyo: Luis Pereyra, Raúl Rodriguez, y Carlos Bissolino.

– ¿Sentiste que era necesario aggiornarse en el dibujo según las épocas?
ES – Nunca sentí la necesidad de dibujar según cualquier eventual cánon de época o estilo o tendencia predominante. Siempre dibujé lo que quise, muy apegado tanto en el sentido formal como sensorial a mis obsesiones y manías, y avancé siempre dentro de un sistema muy recluído y privado, el cual naturalmente fue transformándose y abriéndose paulatinamente a otras influencias, pero nunca tanto como para perder el eje en una muy definido carácter gráfico y óptico. De cualquier manera, y más allá de que un artista pueda tener un fisonomía específica, nítida, reconocible, esa fisonomía también refleja, a veces de manera más explícita, a veces más elípticamente, otras facciones o rasgos, hasta que ya no sabe cuales son propios o ajenos.

– ¿Cómo es esa técnica de dibujar sobre el dibujo?
ES – En realidad no sería tanto una técnica sino la corroboración de un fenómeno, que es el fenómeno del dibujo que se narra a sí mismo como proceso o bien como una suerte de organismo vivo que se ¨mimetiza¨ en otros. Dado que yo nunca he trabajado con una imagen referencial, o narrativa, pero tampoco puedo decir que me encuentre inscripto en la abstracción lisa y llana, podríamos pensar que mi operación es la del dibujo como lenguaje puro, un lenguaje que enuncia y niega lo que enuncia al mismo tiempo. A la vez, es un sistema no tan astringente como podría traducirse de lo que acabo de decir, sino también muy inductivo para la mirada, en el sentido de que en mis piezas siempre trato de que quien mira sea quien define o no lo que se ve.

– ¿Te formas una imagen de lo que queres plasmar o atacas la obra de entrada?
ES – Comienzo a dibujar como quien empieza a hablar. El lenguaje oral transcurre en el tiempo más que en el espacio, y para mí el plano inicial es como el silencio antes del habla o del ruido. Entonces, arranco en cualquier sector del plano y comienzo a tramar los enredos de línea, mancha, trazo o o pincelada, hasta que el primer tejido tiene algún sentido más o menos significativo
para mí. Enrtonces me detengo y comienzo exactamente de la misma manera en otro lugar del plano, bastante alejado del sitio de arranque original, y así siguiendo.

– ¿Cuál es tu rutina de trabajo?
ES – Durante la mayor parte del tiempo en el que fui construyendo mi carrera trabajaba full time en empresas de distribución cinematográfica, así que tuve que ir desarrollando un gran entrenamiento para dibujar en las horas libres que me dejaba mi trabajo a sueldo, las cuales solían ser nocturnas. Y me acostumbré a empezar el cuadro apenas llegado al taller, sin tiempo para prepararme, aprovechando desde el primer minuto al último, y sin preámbulos. También, eso me entrenó para trabajar con el error y el riesgo, dejando que los rasgos menos felices en términos formales igualmente formaran parte del resultado final, confiando en que la suma de las partes es mayor que cada una de las partes sumadas. Ahora mantengo ese mismo método de trabajo, aunque ya no tengo otra ocupación remunerativa y me dedico sólo a la pintura. O sea que no soy de los artistas que llegan al taller siempre a la misma hora y trabajan más o menos según un rítmo horario regular y parejo.

– ¿Cómo te llevas con lo intuitivo?
ES – La intuición es una fuerza bastante indefinible e imponderable, y podría decirse que no se la reconoce hasta que uno la experimenta. Esa suerte de certeza de que eso que está a la vista es el camino que hay que tomar y que no se sabe de donde viene es un factor muy importante en el proceso de elaboración de un cuadro, sobre todo en un momento del fenómeno artístico donde el artista está rodeado de muchas preconcepciones y definiciones que lo clasifican y encuadran, y que de algún modo pueden intervenir en la construcción de su lenguaje. Entonces, todo aquello que no pueda ser encuadrado, a veces ni siquiera previsto o incluso comprendido por el artista es muy importante.

– ¿Qué genera en vos tantos experimentos? (hablando del color, los materiales, etc.)
ES
 – Durante muchos, muchos años, trabajé muy circunscripto a un formato muy productivo pero muy reducido de práctica y lenguaje, que era el dibujo en tinta con plumín y rotring. A partir de cierto momento esa circunscripción fue quebrándose y transformándose, y aparecieron criterios y conceptos más heterogéneos, más variados, incluso más pictóricos. Y dado que toda mi enorme etapa de formación y primeras experiencias habían estado definidas por ese primer formato del que hablaba antes, todo lo que vino después fue siempre más un experimento que una certeza. Y sigue siendo asi. Utilizo el color sin tener la capacidad o la sabiduría de un pintor, de manera bastante arbitraria e intuitiva, y siempre según una evolución de paleta donde el negro es el cánon, la nota dominante, que puede derivar tanto en una serie de cálidos que llegan como mucho hasta el rojo, y de fríos que llegan al azul acerado o al gris azulado, pero todo eso siempre con un sesgo de improvisación. Con respecto a los materiales, pasa algo parecido. Toda esta nueva etapa está signada por la recuperación, o el redescubrimiento, de una zona de materiales con los que hacía mucho tiempo no trabajaba, o bien no había trabajado nunca: una variedad de lápices de diversos grosores, carbonilla, grafito, pastel a la tiza y al óleo, óleo en barra, acrílico y, en la instancia más extrema, esmalte sintético. Siempre que en mi obra se han producido virajes notorios o fuertes alteraciones ha sido debido a una relación – que he tratado de que fuera lo más fiel posible – con las características del material. Y esto tiene como consecuencia que, paradójicamente, al dejarme impregnar de los modos del lápiz, enseguida esos modos me llevaron a la carbonilla, su volatilidad me llevó al grafito, la porosidad de este me hizo buscar el acrílico, la pastosa fluidez de este me llevo al contrapunto con la plasticidad del esmalte sintético y ésta de vuelta a la morosidad aceitosa del óleo. Desde luego, todo esto no necesariamente en ese orden, porque buena parte de estos trabajos se plantean como la convivencia tensa de “espíritus” muy contrapuestos; traté de ejecutar un contrapunto de materias que normalmente serían consideradas antagónicas o difícilmente afines, para que cada trabajo fuera una zona de “discusión” antes que de conciliación, sin caer por eso en el deliberado desbarajuste pero tampoco en el excesivo celo compositivo. Trato de que la heterogeneidad de los elementos y recursos intervinientes funcione como una suerte de acorde múltiple disonante que, por un lado, elude materializarse en una definición claramente nominativa y a la vez quiere erigirse como mundo ordenado, como escena de una legibilidad que alude a una determinada narratividad y a la vez escapa a toda fijación.

– ¿Cómo han sido tus experiencias de Muestras en el exterior?
ES – Mostrar afuera siempre es una experiencia muy potente, porque allí no se cuenta con la protección contextual y la mirada benévola del medio ambiente propio. Así que en ese sentido es algo muy productivo y estimulante, incluso cuando las respuestas no son todo lo entusiastas que uno siempre espera. Ahora estoy exhibiendo una reducida retrospectiva en la Bienal de San Pablo y el sólo hecho de estar allí, junto a otros 109 artistas, me impone nuevas reflexiones y ponderaciones no sólo acerca de mi trabajo sino sobre el trabajo de mis colegas, lo cual me importa mucho. Para mí el exterior no ha sido hasta ahora tanto una plataforma de consolidación de la carrera como una pista de pruebas para examinar la verdadera naturaleza de mi trabajo.

– ¿Cómo ves el mercado del arte aquí y en el exterior?
ES – Cada lugar tiene el mercado que puede – me tentaría decir “que se merece” _ y sería un error compararlos. En el exterior, el comprador medio quizás compra más lo que le gusta, directamente, sin tener que apoyarse tanto en lo que se dice del artista o en ninguna garantía de que ese artista tenga o no valor en un futuro mediato, y en Buenos Aires es más receloso y conservador, aunque últimamente se ha visto la irrupción de nuevos compradores, algunos coleccionistas y otros no necesariamente coleccionistas, que compran con más espontaneidad y más apoyados en el primer impacto de la obra.

– Nombrame alguien a quien admires.
ES – Admiro a tanta gente que no sé a quién nombrar. No obstante, Luis Felipe Noé tiene que estar en primer lugar, como ejemplo casi heroico de compromiso y entrega hacia el prójimo y hacia su propia obra.

– Un libro… y el por qué? (¿qué aprendiste, qué te dejo, qué te impacto, qué te decepcionó?
ES
 – TEXTOS DE ESTÉTICA TAOISTA, de Luis Racionero. Es un tratado accesible de filosofía y preceptos que permiten entrenar el pensamiento y la sensibilidad a partir de ideas y conceptos muy ajenos a nuestros modos más habituales de razonamiento y acción.

– ¿Qué es la Línea Piensa?
ES – La Línea Piensa es un ciclo de muestras dirigidas por Luis Felipe Noé y por mí en el cual tratamos de exhibir un amplio espectro de expresiones de dibujo, todas ellas de alguna manera concentradas en las maneras más poéticas y líricas de dibujar y no tanto en el dibujo como aparato de representación y de generación de contenidos.

– Hoy, ¿Cuál es tu desafío?
ES – Es este un momento muy pleno porque estoy travesando una situación de mucha conexión con las herramientas, los formatos y, digamos, las escenas, especialmente a partir de haber empezado a trabajar con todos estos “nuevos” materiales que antes mencionaba, y con el papel montado sobre tela. Y todo eso viene teniendo bastante éxito. Entonces, si uno entiende eléxito como el respaldo a una obra, al margen de las ventas, quizás lo más delicado es no dejarse sugestionar por una determinada cuota de mayor aceptación, sin dejar de apreciarla, por supuesto. La cuestión es seguir trabajando con la mayor autonomía posible, de desmarcarse constantemente de la fascinación con la propia obra, más allá de que uno siempre está bastante contento con lo más reciente que haya hecho.