Editorial Ricardo René Cadenas

Si, como define el diccionario, carencia es “la falta o privación de algo”, es entonces también un concepto liberado al punto de vista del que carece. Hablando de individuos, la visión será bien subjetiva, dependiendo en general del contexto del individuo: su historia, sus circunstancias actuales, sus lazos afectivos, etc. Desde el punto de vista social, es quizá más fácil enumerar las carencias de una comunidad. Aunque también el punto de vista del diagnosticador es crucial: es claro que el concepto de carencia depende de los valores en que él cree, de su visión de una sociedad ideal, de sus íntimas convicciones ideológicas y de sus creencias religiosas, entre otras cosas.

Algunas personas se refugian en nichos de pertenencia: adoran a su equipo, a su camiseta, a su banda de rock, a su tenista o piloto de Fórmula 1 favorito. Pasan fines de semana agradables o tristes, de acuerdo con los resultados deportivos: llenan sus propios vacíos con recetas creadas por otros. En cambio, hay grupos que pasan el tiempo sin importarles el resultado del partido o de cualquier otra cosa: rellenan su vacío con otras opciones. Nos es que uno lo haga mejor que el otro, es que eligió algo diferente, algo propio. Con eso colma su necesidad; de esa forma, deja de carecer de algo. Quizá no sabe bien de qué, pero por un rato se siente pleno. Es que hay carencias fugaces, que con una simple decisión pueden ser anuladas: tengo frío, me busco un abrigo. En cambio, hay otras crónicas, denigrantes, de compleja resolución.

Es corriente ver el facilismo con que se suelen definir las carencias como ausencias de cosas materiales. A los grupos sociales a los que años atrás mencionábamos como “con necesidades básicas insatisfechas”, hoy se los denomina carecientes. Se los ayuda (y bienvenido sea) con un aporte gubernamental. Pero, además de vivienda y comida, el auxilio eficaz sería realmente resolver otras carencias: necesidades profundas, en ocasiones difíciles de medir, y que dan resultado a largo plazo. Nos referimos a la educación, a la integración social, a la dignidad del trabajo fecundo, a la contención afectiva, al desarrollo volitivo —a menudo perdido por una falta crónica de estímulo—. Todas estas necesidades imperiosas, estas carencias que han sido logradas por la falta de estrategias pensadas y coordinadas, por mirar sólo al corto plazo, por el beneficio superficial y egoísta de unos pocos.

Sin embargo, hoy todos somos carecientes: un brutal bagaje publicitario nos ayuda. Hoy la sociedad nos inventa carencias: nos da estímulos constantes, al punto de no dejarnos respirar. Hace pocas décadas, las necesidades eran menores y por ende, si teníamos carencias, casi no se notaban. Guardapolvo blanco, escuela del Estado, fútbol en el baldío del barrio, TV sólo en el club, un poco de metegol y a hacer los deberes, una conversación con mamá esperando al viejo para la cena. Sin ánimo de parecer nostálgico, está claro que nos metieron de a poco una sarta de estupideces, y nosotros nos entregamos, nos rendimos a todo lo necesario para poder seguir viviendo. ¿Es imprescindible un plasma, o dos? ¿Un auto más lujoso? Y esta lista de preguntas podría seguir. ¿Qué nos lleva a ese desenfreno irracional? Cuando lo elaboramos con calma, lo comprendemos. Aunque no nos hacemos cargo: seguimos en la vorágine. Y somos tozudos, redoblamos la apuesta hasta quedar rendidos por dificultades financieras. Tratamos de llenar un hueco voraz, imposible de saciar: cuanto más echamos en el agujero, menos dura, hasta que en un punto no nos dan más las manos. Es cuando llega la frustración.

Hay carencias punzantes, como las que provocan la incertidumbre o la injusticia. Aquí, con unas pocas palabras sobre la verdad, esas necesidades quedarían satisfechas. Las madres de desaparecidos son ejemplo de las víctimas de esa dolorosa e innecesaria tortura.

No obstante, en ocasiones, las carencias expresan cosas positivas: ausencia de enfermedad, de hambre, de sed… La mayor parte de las veces, nuestra carencias son parciales, siempre nos falta algo para ser felices. Perdemos gran parte de nuestro tiempo pensando en eso, y en general nunca en lo que no nos falta. Somos fatalistas, tremendistas a la hora de quejarnos de nuestras privaciones.

Y no nos damos cuenta de que el tiempo en que vivimos, el lugar, el grupo etario al que pertenecemos y otro montón de circunstancias relativizan nuestras carencias. Luego, nos hacen gracia las nimiedades por las que luchábamos en otros momentos de nuestra vida, cosas sin las cuales pensábamos que no podríamos sobrevivir. ¿De qué hablamos entonces? ¿De carencias reales, de otras creadas por nosotros mismos, de carencias imaginarias…?

Por más que rebusquemos en este tema, hay algo imprescindible, algo que no debería faltarnos: el desarrollo de nuestras facultades básicas. Con obstáculos en nuestra voluntad, con la falta de ganas de hacer, quedaremos siempre a medio camino. También un déficit intelectual nos puede empañar la existencia. Y, aun teniendo estas dos cosas, si no estamos equilibrados en lo afectivo, seguiremos carecientes, seguiremos incompletos.

-Villa- de Natalia del Valle Molinero
Ganadora 1er Premio – cat. Carencias

II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”