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Editorial
Ricardo René Cadenas

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Pocos términos hay tan discutidos como la verdad. Y, por si esto no queda claro, veamos la primera acepción del diccionario: “Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente”. La mente de cada individuo es diversa, por lo que cada uno tiene su verdad. Ahora vayamos al segundo significado: “Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”. Sin dudas, volvemos a algo parecido: necesitamos la coherencia entre el pensamiento y la expresión del hombre —algo, en ocasiones, difícil de hallar—. Y así podríamos seguir con los diferentes conceptos acerca de la verdad. Entonces, el famoso dicho “cada uno tiene su propia verdad” está bien aplicado.
Sobre las creencias de un hombre de fe, un agnóstico opinaría que son estupideces, tonterías, engaños para adormecer el pensamiento y viceversa: un hombre de fe, que cree en su dogma, sentiría misericordia, lástima o desprecio por alguien que no es capaz de profesar una religión. Cada uno tiene su verdad irrenunciable. ¿Sería posible que llegaran a algún acuerdo, discutiendo o argumentando sobre estas verdades individuales?
Los filósofos crearon diversas clasificaciones de la verdad: se suele hablar de verdades subjetivas, objetivas, relativas, absolutas, ontológicas, lógicas, epistemológicas, de fe, formales… En cuanto a las verdades subjetivas, son relativas a la época, el lugar o la cultura, entre otras cosas. Para un argentino, comerse una porción de mollejas es un manjar de privilegiados; para un hindú resulta algo muy desagradable. En cuanto a las verdades objetivas, podemos pensar que, aun cuando la ley de gravedad no hubiese sido descripta, las manzanas seguirían cayendo del árbol.
Hay una verdad que no suele llamar nuestra atención. Es la verdad gramatical: el apego a las reglas de morfosintaxis que, al manifestar una idea, hacen que esta sea verdadera, ya que cumple con los requisitos de expresión, comprensión y brevedad. En nuestros tiempos esto resulta muy difícil. Suelo compartir con mi esposa la lectura de los diarios, y a menudo analizamos los desastres gramaticales de los encabezados: afirmaciones de las que, si uno no tuviese conocimiento previo del tema en cuestión, podría interpretar cualquier otra cosa. Aunque estas normativas sean reglas puestas convencionalmente por el hombre, constituyen verdades objetivas a los efectos de la comunicación.
El relativismo de las verdades tiene que ver, también, con el punto de vista. Y no me refiero sólo a cuestiones abstractas, sino a lo meramentefísico. Si un individuo está situado a pocos pasos de otro, cada uno de ellos verá los objetos de distinta manera. Su punto de vista, su verdad, será diferente.
Y, si a esto le agregamos los condimentos propios de la manipulación del ser humano, las cosas se complican más todavía. La verdad podría ser enmascarada o camuflada. Es común ver que, en una lista de afirmaciones, se encuentran falsedades, mentiras, conclusiones incompletas, mezclada con alguna verdad absoluta e irrefutable. Para el cándido, el malintencionado o el fanático, esta verdad arrastrará consigo a todas las falacias que la acompañan. O si nos toca algún perverso experto en lógica, con sólo encajar una premisa falsa con tinte de verdadera en un menjunje de otras premisas verdaderas, nos hará llegar a una verdad irrefutable… que no es tal.
Es común confiar a ciegas en la verdad de los registros: resulta tentador juzgar como verdadero todo lo que está escrito. Con los años aprendemos a desconfiar sanamente: ya sabemos que algunas cosas fueron escritas, grabadas o acuñadas, por intereses ajenos a la verdad. La propaganda, por ejemplo, se sustenta en la difusión de mensajes que buscan impactar en el sistema de valores de la ciudadanía y, si es posible, en su conducta. La propaganda no busca la verdad, sino convencer a la gente: intenta modificar la opinión general, no es su intención informarla. Desecha lo racional, y lo transmitido es a menudo expuesto con una alta carga emocional. Por eso, la única manera de evadir todo tipo de manipulación es a través de nuestro raciocinio.
Muchas veces, la verdad tiene que ver con los instrumentos que utilizamos para encontrarla. Tomemos como ejemplo el ojo humano. Se dice que en las pinturas de Van Gogh predomina el amarillo porque el artista padecía de ceguera a algún color. O que El Greco pintaba imágenes alargadas debido a un astigmatismo severo. Sin el telescopio, la humanidad era incapaz de ver los astros en toda su dimensión; sin el microscopio, ni siquiera hubiésemos podido conocer las bacterias… Está claro, entonces, que nuestra verdad cambia en función del instrumento con que la miremos. Y desde siempre, la más importante de estas herramientas es nuestro pensamiento: cultivémoslo, nutrámoslo, estimulémoslo, guiémoslo en la búsqueda de la verdad por la senda de una ética honrosa.

-Secretos- de Cristian Alejandro Saulo Palles
Ganador 1er Premio – cat. Verdad
III Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

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