# Editorial – por Martín Sancia

Barrio Sarmiento, el barrio en el que pasé buena parte de mi infancia, estaba lleno de locos. Mejor dicho: estaba lleno de gente que padecía de locura.

El primer caso me viene es Silvano, un muchacho alto y de rasgos griegos que, a causa de una sobredosis de pastillas, había cambiado su mirada de modo irremediable. De ser calmos y amistosos, sus ojos se habían convertido en pirañas. Y la gente le huía.

Antes de la sobredosis, Silvano trabajaba en el Banco Hipotecario y tenía una novia con quien estaba por casarse. La locura le quitó trabajo y novia de inmediato y, desde entonces, Silvano se dedicó a fabricar arcos, flechas y ballestas. Recorría baldíos, tachos de basuras, cortaba ramas, y con todo eso, ayudado por una facilidad envidiable para los cálculos y la carpintería, construía sus armas. Al atardecer, cuando los pibes dejábamos de jugar al fútbol, él se aparecía en la canchita y se dedicaba a probar sus creaciones. Podía quedarse horas así, tirando flechas hacia todas partes y tomando notas que le servirían, luego, para mejorar sus obras.

Una sola vez habló con nosotros. Le preguntamos para qué fabricaba tantas armas, y nos dijo:

—No son para mí. Son para toda la gente del barrio. Cuando los Espías Plateados vengan a Sarmiento van a querer quedarse con todo. Van a empezar por la comisaría, después por la iglesia, después por la Terminal del 80 y el mercado. Pero con mis flechas nos vamos a poder defender. Ellos están preparados para las armas más sofisticadas, pero no para las flechas. Mis flechas van a terminar con ellos.

Otro caso de locura era el Rusito Ardiles. A diferencia de Silvano, no era temido por la gente. Reía todo el tiempo, estuviera solo o acompañado. Solía, incluso, tentarse de la risa por cosas inexplicables: un charco de agua, una piedra, la forma de una nube. Señalaba el objeto de su gracia y empezaba a reírse con desesperación, tosiendo, tomándose la panza. Era tan contagiosa su risa que cualquiera que lo observara terminaba cediendo a su embrujo. Estar cerca del Rusito hacía reír. Por eso la gente lo apreciaba.

Cuando un árbol cayó sobre su madre también rió. Y rió mientras los bomberos sacaban el cadáver de abajo del árbol. Y se rió durante el velatorio y el entierro.

Murió de un infarto poco después, mientras se reía de una bolsa de basura o de una piedra (las dos cosas estaban juntas, así que no pudimos saber cuál de las dos fue la que despertó su risa).

Una locura muy distinta era la de Aldana. La pobre salía a la calle de noche o en días nublados o lluviosos. Nunca la vimos bajo el sol. Era flaquita como una rama, vestía siempre piloto y paraguas, aunque no lloviera. Escribía el nombre de ”Armando” en las paredes, dentro de un corazón. Lo tallaba en árboles, lo escribía en el barro. Armando, según decían, había sido un compañero suyo de la primaria que la había rechazado cuando estaban en séptimo grado. Veinte años después, Aldana aún no se había recuperado de ese desencuentro. Hablaba solo de él. Por momentos lo insultaba, por momentos le gritaba. Y por momentos le cantaba. Su voz era rústica, pero bellísima, y jamás desafinaba. Cuando cumplió los treinta y cinco años, empezó a vestirse de negro, a usar velo de viuda y a llevar un títere en la mano derecha.

—Es Armando—decía, cuando alguien le preguntaba por el títere. Y aclaraba luego: —Está muerto.

Armando era un títere muerto que solo hacía una cosa: inutilizarle la mano derecha (porque ya no la usaba para otra que no fuera esa: transportar el cadáver de su amor).

Tengo que mencionar también a Amelia, la hija del almacenero. Cordial y siempre dispuesta a la charla, Amelia (que tenía treinta y dos años y era hermosa hasta el delirio) se vestía, peinaba y hablaba como una anciana. No se identificaba con los jóvenes. La juventud no era para ella. Nunca lo había sido, a ninguna edad. Usaba palabras, frases de otros tiempos, caminaba despacio, arrastrando los pies, y hablaba horas en el mercado con las ancianas como si fuera una par. Su bondad, al igual que su vejez, también era demencial. Por las tardes se acercaba a nosotros, los chicos, y nos regalaba pastelitos, empanadas, tortas fritas. Una vez ella vio cómo un auto me reventaba una pelota y, como me puse a llorar, me dio plata para compararme una nueva. No tenía problemas económicos. Todos sus caprichos tenían que ver con los demás. Con ayudar a los demás. Y su madre, que estaba bien porque cobraba una buena jubilación de Italia, le daba lo que ella quisiera. Era muy querida Amalia. Y parecía siempre contenta. Por eso nos sorprendimos cuando su madre la encontró colgada en su habitación. Dejó una carta que decía, simplemente: “Ya no puedo aguantar más la vejez”. Tenía treinta y cuatro años.

Hubo más casos: Marito, ex combatiente de Malvinas que, después de un brote psicótico, quedó en estado catatónico; Carlos, el botellero, a quien el consumo desmedido de alcohol lo arrojó a los vidrios y los insectos del dellirium tremens; Raúl, que decía ser el Intendente de La Matanza y andaba vestido siempre de traje y corbata; Ana y sus discípulos, que se bañaban en sangre de gallina para estar a salvo del mal…

Todos ellos hicieron que, desde chico, yo relacionara la locura con la pérdida, con la enfermedad, con la desesperación, con el desamor, con la violencia, con la sangre, con las adicciones, con la soledad, con el suicidio. Jamás pude ver en la locura nada positivo. Nada que yo quisiera, ni por un segundo, para mí. En noches de bohemia me he cruzado con gente que se jacta de ser “loca”. Son, por lo general, los llamados “locos lindos”. Nunca pude tomarme a esa gente en serio, del mismo modo que ellos no pueden tomarse en serio a la locura.

La locura nunca es linda, como nunca es linda una herida o una enfermedad. Como nunca es linda ninguna forma de violencia o de desamparo.