Ya hace casi un siglo, en su obra Mario y el mago,Thomas Mann mostraba un show morboso y perverso: el malvado Cipolla, un prestidigitador que utiliza todos sus poderes para humillar a sus espectadores, entre los que se cuenta el camarero Mario. Lo sorprendente es que el público no rechaza a Cipolla: le tiene miedo, sí, y sin embargo admira su poder. Hoy este show es masivo, casi anónimo, y si alguna víctima —como Mario— cae dentro de su aparato, poco importa: el público festejará alegremente.
Pero no nos quejemos: lo morboso forma parte de nosotros. Paramos en una autopista frente a un choque sangriento, no para ayudar o algo que se le parezca: para ver. Retrasamos y ponemos en peligro a los demás sólo para deleitarnos con lo macabro de la desgracia ajena, que nos parece distante y sin posibilidad de alcanzarnos. Es el show de lo cotidiano.
En los medios masivos de comunicación, ese show es alimentado en proporciones gigantescas. Nos abastecen de material en forma constante. Imaginemos qué nociva papilla consumen nuestros niños. La jornada escolar promedio es de 20 horas semanales, pero los chicos pasan un 40% más de tiempo frente a la tv que en un aula. El Observatorio de Pavia (organización que se ocupa de la investigación y análisis de la comunicación) calculó que, en un año, un niño italiano es alcanzado por un promedio de 33.000 mensajes publicitarios, sólo a través de la televisión.
Hoy la cámara está presente en todos lados, y parecemos posar en todo momento. Porque el show implica no sólo ver, sino también mostrarse. La digitalización, los celulares e Internet colaboran en esta cuestión. Filmar o autofilmarse —aún haciendo el ridículo— tiene su importancia, porque además después lo subimos a la Red. No interesa el contenido: violación en grupo, golpizas y tajos en la cara de la más linda, incendiarle la cabellera a una profesora, hacer picadas mientras levantamos por el aire a algún peatón… Cualquier cosa es buena paramostrarse. Porque si no nos mostramos, no somos.
La cultura mediática nos ha impuesto patrones para «visualizar» la realidad. Los prototipos de las diferentes categorías humanas parecen ya predeterminados. Hoy es casi imposible encontrar una personalidad genuina, no existe el diseño exclusivo nacido de la esencia de un ser único. La creación está anulada: sólo hay que copiar, y el que mejor copia es el que mejor se parece al mejor.
Hoy los principios de crecer y evolucionar han sido reemplazados por el de «posicionarse». La estrategia individual para alcanzar metas artificiales ha desplazado al aliado, a quien sólo usamos si es necesario para nuestros objetivos, y luego descartamos de inmediato. Y, si es posible inutilizarlo, su fracaso será parte de nuestro éxito. Parecemos regodearnos con la máxima de Hugo von Castiglione: «Verdadera suerte es la que me favorece a mí y perjudica a otros».
El éxito y el fracaso son medidos por esquemas preestablecidos quién sabe por quién, quizá sin tener en cuenta la verdadera esencia del ser. ¿Alguien conoce cuándo y cómo comienzan los estereotipos del loser y del winner? ¿Quién los impuso, y desde qué perspectiva?
El derrotero de los triunfos y fracasos de un científico que tuvo algún logro no es importante: nadie lo vió. No obstante, cuanto más fugaz, banal y expuesto es el recorrido de una «figura», mayor suceso tiene. Hoy el éxito sin exposición no es tal: el bajo perfil y la discreción ya no son virtudes. Lo importante es que te vean, no importa si por una felatio o por brincar en el caño.
No hay dudas de que hoy está más valorado parecer que ser. Es por eso que, como dice uno de nuestros columnistas, «la Imagen del Éxito es el Éxito de la Imagen».
También los políticos hoy necesitan el show y los eslóganes como el pan de cada día. Las transformaciones de su imagen son cada vez más sorprendentes: como en el caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, de una cabeza hirsuta y caudillesca surge el hombre mejor vestido del país, con un rostro terso y estirado. Otro que se hace pasar por el más aburrido para, paradójicamente, parecer el más piola…y que resulta ser el más inepto. La batería de Victoria’s Secret, Louis Vuitton y labios con colágeno son ya una marca registrada en todo el mundo. Lo grave de todo esto es que nos la creemos: aunque parezca mentira, estos tipos con estas metamorfosis grotescas consiguen más votos…, y los que los aportamos somos nosotros.
¿Hay alguna forma de defenderse de estos «modelos» de alto impacto mediático? Con una sociedad que gusta de mostrarse en un show permanente, es casi imposible: el show tiene sus normas y esas normas nos encorsetan.
Para exhibir la noticia de la problemática política y social, lo primordial es la imagen, la espectacularidad. Poco importa la realidad de los hechos: lo que interesa es su representación y la contemplación fugaz y efectista de la misma. La dramatización visual y musical, el show, interesan más que la reflexión sobre el hecho.
Y esto nos aleja irremediablemente de la oportunidad de dar respuestas o soluciones.

Ricardo René Cadenas


Héctor Grandi