Cuando uno de mis hijos era pequeño, sentado en la falda de su tía Pupi, le dijo: ¡Tía, que linda sos! Ella se puso colorada porque se sentía fea y (si consideramos el estereotipo de belleza actual) era realmente fea: desgarbada, de ojos tristes y nariz prominente. Pero mi hijo le estaba agradeciendo su amor. Y, desde su punto de vista, decía la verdad. Y si no veamos cómo define “belleza” el Diccionario de la Real Academia Española: es la propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas.
Sin embargo, esta era una verdad a medias, porque en su segunda acepción dice: mujer notable por su hermosura.
Desde el inicio de los tiempos, el concepto de belleza estuvo ligado a la mujer, y ha ido mutando de acuerdo con los cambios culturales. Está claro que la estética de los cuerpos rellenos de Las tres gracias no es la misma que la del de la atlética Tomb Raider.
El deseo de sentirse bien considerado y el placer que brinda el poder de la seducción son los motores que impulsan a entrar en una carrera desenfrenada por parecer más bello.
La búsqueda de la belleza ha sido una constante en la historia. Hombres y mujeres lucían pelucas incómodas e insalubres que los obligaban a usar rascadores (diseñados especialmente) para aliviar el picor producido por los piojos. Pero ¡cuidado!: no los consideremos a la ligera; ¿qué hay de los tatuajes, los piercings, las siliconas y el colágeno…?
En nuestros tiempos se acentúa otra variable: la competitividad. Estar presentable para las exigencias del mercado brinda la seguridad para mantener el puesto o ayuda a escalar posiciones. No olvidemos que, para el concepto actual, belleza y juventud están entrelazadas. Ser viejo es sinónimo de ser feo, desagradable e inservible. Hoy es común (y terrible) ver cómo al individuo bien capacitado pero que no quiere aparentar lo que no es, se lo castiga, reemplazándolo por un ineficiente de buena presencia. Alcanzar la belleza y parecer más joven son los objetivos primordiales de nuestra época. La esencia poco importa.
Hace unos días, yo iba circulando por una zona tranquila. A una distancia considerable corrían unos jóvenes; lo único asimétrico entre ellos parecía la estatura (ella era bastante más petisa que él), pero esa diferencia aumentaba la gracia de la pareja. Su presencia acrecentó mi sensación de sosiego. Con el correr de los segundos, se amplió mi capacidad de ver mejor definidas sus fisonomías. Él apareció como un joven atlético de contextura robusta, cara apacible y saludable; en cambio ella transformó mi paz interior en malestar: su cabeza parecía de plástico, sus facciones, donde se confundían los párpados, la nariz y la boca, eran indescifrables, al igual que su edad (¿cincuenta, sesenta o setenta?); su cuerpo delgado se mantenía sujeto solo por la malla de lycra. Entonces pensé: “Está claro que la competitividad no se da sólo en lo laboral; pero… ¿qué clase de lucha estará librando esta pobre mujer? ¿Parecer más joven que su hija o sus amigas? ¿Conservar a su marido, quien, con el advenimiento de las nuevas drogas potenciadoras, quizás apunta a otro target? ¿Acaso, debido a un narcisismo irrefrenable, se necesitaba mejor en el espejo? ¿O era para sentirse acompañada por su personal trainer?
Ser pura fibra, tener menos del 10% de grasa corporal, es parte del estereotipo actual, estereotipo universal propagado por la comunicación globalizada de la moda y por las necesidades del mercado. Con estas imposiciones, los desórdenes alimentarios comenzaron a esbozarse hace tres décadas y hoy están difundidos en forma masiva. Un alto porcentaje de personas (en su mayoría, mujeres) están atrapadas en esta red perversa. Estas jóvenes son el objeto usado para vender lencería, condones, muebles, neumáticos, tractores o alimento para bebés. El modelo da para todo: es adaptable, impersonal y universal.
Tratando de no caer en la manida frase “todo tiempo pasado fue mejor”, creo que los estereotipos generados en la actualidad son, cuanto menos, demasiado crueles.
Las muchachas anoréxicas o bulímicas, las señoras de plástico, los políticos de trasero arreglado, están pagando, al fin y al cabo, un precio muy alto. Hoy como nunca se hace actual el dilema de Schopenhauer entre ser, tener y parecer. Es cierto que a todos nos interesa nuestra apariencia, es cierto que nos gusta tener cosas…, a tal punto que a veces abandonamos nuestra esencia. Pero, sin duda, lo que más infunde en nosotros deleite espiritual es el ser.

Ricardo René Cadenas