Editorial n.14

By 24 noviembre, 2014n.14 - miedo

Ricardo René Cadenas 

La casa es enorme. Por una circunstancia fortuita tuve que quedarme solo esta noche. La habitación está helada; me acurruco en la cama, cubriéndome hasta la cabeza. Me resisto a pensar en cosas que me den miedo. Pero es una lucha inútil. Todo me lleva hacia la misma encrucijada: la soledad, la oscuridad, lo desconocido, mi desprotección. De pronto, crujidos. ¿Serán las puertas? Quizás algo o alguien las esté moviendo. El terror comienza a apropiarse de mí. No me puedo despegar. Intento prender la luz. ¿Oigo pasos? No puede ser. Quizá la gata… ¿o algo más? Sí, es algo más: es el miedo.
Acaso lo más primario y ancestral esté encerrado en el miedo. Los animales lo necesitan como defensa. Los humanos pasan extensas sesiones de psicoterapia para intentar manejarlo. El miedo es una reacción necesaria, una respuesta de preservación, de supervivencia, ante eventos o circunstancias que pueden ponernos en peligro o dañarnos. En el miedo encontramos un primer componente relacionado con lo subjetivo, con nuestra propia evaluación de las situaciones. Pero en ocasiones este mecanismo se vuelve disfuncional, y restringe nuestra actuación para reaccionar ante acontecimientos que, en principio, parecen sencillos. Un segundo componente incluye los cambios físicos y biológicos, tales como palpitaciones, sudoración, temblores, palidez, desvanecimiento, etc. Por último, el tercer elemento es el conductual, el de nuestra respuesta a la situación: gesticulamos, nos movemos, atacamos, huimos, nos
evadimos…
Vivimos temiendo potenciales pérdidas: seres queridos, bienes materiales, salud, libertad, trabajo, seguridad, la propia vida. Esta lista de incertidumbres atenta contra nuestro bienestar, nos altera el humor, nos provoca úlceras, infartos y depresiones, nos hace actuar en forma desmedida o irracional.
Por otra parte, el sistema de vida actual nos impone pautas, metas difíciles de obtener: si no llegás, sos un perdedor. El esfuerzo por alcanzarlas conlleva ciertos riesgos: hoy es fácil encontrar en un alto porcentaje de nuestra sociedad patologías, como fobias, miedo escénico o ataques de pánico.
Es normal que los miedos respondan a motivos auténticos. Pero además están los hacedores de miedos: personajes siniestros que manipulan situaciones, momentos, comunidades. Durante la resistencia francesa, en 1941, Hitler firma el decreto Nacht und Nebel («Noche y niebla»). La directiva impartida era: «Los prisioneros deben ser llevados secretamente a Alemania. Estas medidas tendrán un efecto intimidatorio, porque: a) los prisioneros se desvanecerán sin dejar rastros, y b) no podrá darse información alguna respecto de su paradero o suerte». A nuestro equivalente en Argentina se lo llamó «desaparecidos». Esta metodología escabrosa explota el miedo atroz a lo desconocido, a la latente desgracia —de la que todos sospechan pero no saben si es real—. El sistema de terror funciona así, haciendo que hombres, familias y grupos omitan percepciones y enajenen ideas que no coincidan con los andamiajes de ese brutal sometimiento de miedo y muerte. El terror hace que los hechos dejen de ser hablados, dejen de ser pensados.
También la literatura nos muestra obras sublimes que se ocupan del miedo. Ya en 1764 Horace Walpole escribió El castillo de Otranto, novela emblemática que fundaría la literatura de terror, con ingredientes que hoy siguen dando resultado: castillos abandonados, goznes ruidosos, tormentas, fantasmas y una dama en peligro. Drácula, de Bram Stoker, todavía sigue vigente: distintas sagas de vampiros la mantienen despierta, triunfante, gloriosa. Existen muchos buenos autores del género, pero no puede quedar afuera Edgar Allan Poe, el gran maestro del terror… tal vez porque vivió el miedo en carne propia. En nuestros días, el máximo representante es Stephen King con sus best seller llevados al cine.
Y es que, si bien asusta, el miedo atrae: ambivalencia confusa pero presente. Esas ganas de ver una película de terror, de sufrir aplastado en la butaca, para tomar conciencia de que, aunque sea en la ficción, podemos vencerlo.
Hay un viejo proverbio que dice: el miedo es mal consejero. Y nada más cierto. Es verdad que las causas de nuestros temores son generalmente concretas, pero en ocasiones el terror nos saca de la realidad, sobredimensiona las cosas, nos hace entrar en una distorsión fantasiosa de los verdaderos acontecimientos, crea fantasmas que semejan obstáculos reales. Tomar decisiones en tales circunstancias, sólo nos puede conducir al error, a lo desmedido o a lo incorrecto. J. F. Kennedy dijo: «Jamás negociemos con miedo, pero jamás temamos negociar».
En definitiva, casi siempre las cosas pasan por el equilibrio. Es prudente tomar el miedo como un sentimiento natural; y evaluar su auténtica condición es lo más saludable. Analizar, desmenuzar nuestros miedos, descubrir los duendes escondidos en ellos y dominar sus fantasías ocultas, nos ayudará a una cotidianeidad superadora. Fortalecerá nuestra conciencia, eliminará sufrimientos absurdos, sacándonos de un círculo vicioso. Nos brindará un fructífero ahorro de energías. Abandonar el miedo es iniciar la senda del conocimiento, la determinación exacta nuestro ambiente y la efectiva valorización del contexto.

-Meter miedo- de Adrián Ricchezza 
Ganador 1er Premio – cat. Miedo
Primer Concurso Internacional de Artes Plásticas Crepúsculo

-Meter miedo- de Adrián Ricchezza 
Ganador 1er Premio – cat. Miedo
Primer Concurso Internacional de Artes Plásticas Crepúsculo