Editorial n.10 Humor

Ricardo René Cadenas

En la antigüedad, griegos y romanos asumían que los hombres tenían, de acuerdo con su dieta o su genética, distintos tipos de humor. Les llamaban «humores» a cuatro diferentes líquidos que existían en cada organismo: bilis negra, bilis, flema y sangre. Pensaban que en cada individuo predominaba uno de ellos; de acuerdo con ese predominio definieron cuatro tipos de personalidades: melancólica, colérica, flemática y sanguínea. El sanguíneo era esperanzado y amoroso; al colérico se lo consideraba idealista y de mal temperamento; al melancólico como abatido, soñoliento y depresivo; al flemático, racional, calmado e indiferente. Es muy probable que de aquí surjan dichos como tiene buen o mal humor, no hacerse mala sangre, etc.
Independientemente de los «humores» de cada individuo, los conocimientos actuales explican que tener o no sentido del humor (poder o no reírse de uno mismo) depende más bien de una serie de factores (medio ambiente, familia, educación, avatares de la vida, nivel de serotonina, etc.) que impactan en el individuo a lo largo de su existencia.
Por eso, no todos los seres humanos somos graciosos, pero todos nos reímos con algo… o de algo.
En casi todo chiste o cuento hay un damnificado, un «villano necesario»: judíos, gallegos, curas, negros o un incluso pobre loro, son utilizados como medio indispensable para descargar la necesidad de gozar con algún tipo de humor (negro, feminista, racista, «verde», irónico, satírico…).
En ocasiones se elige a una víctima. En un programa de televisión, un pobre tipo que cuida su auto como su tesoro más preciado es agredido por un operador que maneja una bola pendular gigante de demolición. Los espectadores se deleitan viendo sufrir al pobre hombre; la función termina cuando la bola cae sobre el auto, destruyéndolo por completo. En ese momento el tipo explota y se arroja sobre el torpe operador de la máquina. Con suerte, varios individuos lo separan antes de que pueda acogotar a su víctima o de que él mismo muera de un infarto. y le dicen que le regalan un automóvil nuevo, vacaciones, etc. La víctima de la «humorada» debe tragarse el sapo y demostrar que tiene sentido del humor. Su ridículo, su agresividad y estupidez aparecen desnudadas ante millones de personas…, pero no importa: todo se compensa con un bien material.
Es común que cierto humor conlleve dolor para algunos. No cabe duda de que a la familia de José Ignacio Rucci le debe haber provocado un profundo malestar cuando, después de su asesinato, se lo comparó con una marca de galletitas, que en esa época se publicitaba como «la de los veintitrés agujeritos». Pero también sabemos que la tragedia tiene la capacidad de transformarse en comedia: es camino habitual superar el dolor a través del humor. A nadie le cabe duda del afecto de la sociedad argentina hacia Alberto Olmedo y, sin embargo, luego de su muerte, aparecieron chistes en los que el Negro decía: La calle está dura…
En algunos casos, el medio de comunicación permite la transmisión de cierto tipo de humor. Hay bromas que resultarían ofensivas en los diarios o la tele, pero ese mismo humor, difundido en la calle o por Internet, está tácitamente aceptado.
Es indispensable que haya códigos, contextos y demás elementos del humor comunes entre humorista y receptor (un cuento de Landriscina en Turquía —y además contado en turco— no debe causar la misma gracia).
El humor se usa también para hacer política y a veces las debilidades de la política quedan al descubierto con el humor. Tomemos dos casos contrapuestos: Barac Obama asistió hace pocos días a un programa humorístico y, con ironía, una buena dialéctica y rapidez mental, esquivó el bulto con holgura. Fernando De la Rua, en cambio, terminó en el ridículo durante un programa de Tinelli. No es humorista quien quiere sino quien puede…
En todo tipo de humor lo que vale es la calidad del humorista: lo bueno siempre será bueno. El humor simple de las caídas, el cachetazo y las tortas en la cara, si está hecho por los Tres Chiflados o Pepe Biondi, es bienvenido en todo
momento. Lo mismo con la ironía de Juan Verdaguer o las frases geniales de Groucho Marx — que sale de una fiesta diciéndole a su anfitrión: He pasado una noche estupenda…, pero no ha sido esta. Un coscorrón de Moe, o la imagen de Chaplin con su bastón, nos dejan fijados a la pantalla sin oponer resistencia.
Con el humor como herramienta, se puede decir mucho sin dar lugar a la censura, como cuando el genial Tato Bores desafió a la dictadura militar durante la guerra de Malvinas: Es increíble cómo un joven de dieciocho años menos un día tiene prohibido ver una película de guerra…, y al otro día lo mandan a la guerra. Más cercano y en momentos democráticos, lo tenemos a Nik, quien muestra a De la Rua con chupete y una almohada en la espalda y lo define en una frase corta y contundente: Ese lentísimo señor prescindente Frenando De la Duda.
De cualquier manera, vivir sin sentido del humor implica permanecer en una existencia lúgubre. No saber reírse de uno mismo es haber aprendido poco de lo cotidiano y del arte de la convivencia.