¿Duendes Errantes?
Por Alfonso González

Ocurre todos los días y a cada instante: Alguien aquí perdido en el ciberespacio busca con quien quiera comunicarse y, al decir «comunicarse» quizá no sea conciente de que para hacerlo es necesario el logro de un feedback esto es: un ida y vuelta.

Pese a la avasallante disponibilidad de medios tecnológicos, accesibles y a bajo costo, no parece, sin embargo que esto garantice, absolutamente, una mejor comunicación.

Es que si usted observa en el mundo real ese universo percibido sin que medie “ningún “medio”, podrá sospechar alguna contradicción; alguna duda.

Es fácil ver cómo el fenomenal avance de las comunicaciones, en un despliegue de expansión comercial y tecnológica, “satura” el éter, puebla las terrazas de los altos edificios de vetustas torres y los techos de las casas de antenas parabólicas; marcan el paisaje de las ciudades y pueblos de “cybers”; mientras el ulular de los celulares, preanuncian millones de mensajes por segundo.

Sin embargo, paralelamente a este abrumador salto tecnológico y gigantesco despliegue “comunicacional”, nos hemos transformado los seres del tercer milenio en gente que se cruza por un estrecho pasillo, se esfuerza por esquivar al que viene en sentido contrario; evita mirarle a la cara y… ni hablar de ensayar un mezquino saludo.

Hoy suele darse la siguiente paradoja: en un cyber, de los tanto que proliferan, alguien entra al local, se sienta frente a la “P.C.” dispuesto a «comunicarse con el mundo» y bajar información generada en los más recónditos lugares del planeta pero… ignora a quien tiene al lado, con quien está, prácticamente, codo a codo. El «cibernavegante» entró al local, no saludó a nadie y no sabría, quizás, cómo empezar una conversación con el ser que se sienta en la silla contigua a la suya.

Usted observa la curiosa escena: nadie habla; nadie mira a su entorno; nadie expresa, ni siquiera a través de un gesto, «acuse de recibo» del que está a su lado. Sin embargo acomete el desafío de irrumpir en una red multiestelar de comunicación que involucra a miles de millones de personas en cualquier punto del orbe. Pero, a medida que avanza la destreza en Internet, al mismo ritmo, cabe preguntarse: ¿No se estará atrofiando la capacidad y espontaneidad de mirar al otro a la cara?

Si esto fuera así, estaríamos ante el peligro inminente de la pérdida de identidad individual. A medida que reemplazamos el canal de la comunicación «cara a cara» y apelamos a la mediación de un aparato frío que libera un caudal de información avasallante, a la que es posible acceder haciendo un simple «click»; nace el peligro de transformarnos en seres neutros, “sin rostro”.

Ya no es posible apreciar, tan cotidianamente, la elocuencia de un suspiro, una lágrima corriendo por la mejilla, los ojos humedecidos de la emoción o aquellas gotas de sudor surcando la frente, como una fiel expresión de nerviosismo o terror.

Es que la disponibilidad tecnológica nos ha brindado la facultad de restringir la comunicación a un nivel llamado neutro, es decir; el grado más superficial de comunicación.

Ya no habría en esta escala  entonces, una relación entre personas sino entre personajes.

La travesía de la conciencia – Martha Plaul Rocha
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

En este juego de comunicación mediada, se cuida, a veces en extremo, la intimidad;  parapetándose en el anonimato que brinda el fantástico sistema electrónico y no se revela siquiera el nombre real. Así, desde un mero personaje o una identidad impostada; se echa mano a múltiples mecanismos de defensas que impiden a otros penetrar en el mundo interior.

Es fácil entender, que si no se da a conocer el nombre y apellido, tampoco se transparentarán los propios valores, intenciones, sueños, sentimientos,  vivencias, actitudes y proyectos de vida, historia personal, etc.

 

Mundo Irreal – Compromiso Virtual

 

Es que, “camuflados” detrás de una “P.C.” la personalidad puede desarrollarse sin los riesgos de un compromiso con los demás. No hay involucramiento ni compromiso serio o sostenible, porque no se conoce al otro; tan sólo se lo “percibe” y presume. Nadie teje alianzas desde un personaje y con seres difusos, que mutan al ritmo del frenesí de un torrente de “mails”. En este tipo de comunicación, muchas veces es difícil develar o tener una pálida imagen de quienes emiten el mensaje, porque se desconoce a las personas con quienes se trata.

Estamos quizás tirando a la «papelera de reciclaje», iconos gestuales que son irreemplazables por cualquier otro símbolo correspondiente a la estructura del lenguaje.

¿Será que aquellos a quienes podemos percibir de forma directa con nuestros sentidos y se nos aparecen por ende, al contemplar toda su dimensión humana como “seres de carne y hueso”, deseamos suplantarlos por «personajes» que emergem de los foros, el chat o los “mails”?

Me pregunto entonces si en esta lógica acabaremos  por  preferir  relacionarnos con personajes antes que con personas. ¿No se parece esto a una sutil «despersonalización?.

Las personas tienen existencia autónoma; son lo que son. Nosotros sólo podemos aceptar una realidad consumada, impuesta; porque la persona está allí, no es una descripción ni la síntesis, más o menos diestra, de un relato «vía mails.

La «persona» preexiste al mundo virtual que cada día sabemos construir y en el cual nos vamos sumergiendo, cual bunker ideado para protegernos del mundo real, mucho más anárquico, imprevisible, ajeno y hostil.

Es lógico; el personaje o «persona virtual», está en la órbita de nuestro determinismo y providencia. Más bien es una coproducción gestada entre dos seres a la que vamos moldeando con la complicidad entusiasta de otros protagonistas. En este contexto, cabe entonces preguntarnos: ¿Estamos en verdad comunicándonos?; y si esto fuera afirmativo, quedaría la gran duda: ¿Con quién o con quienes?

¿Hemos cometido el error antropológico de depositar ciegamente nuestra máxima aspiración humana, la de comunicarnos con nuestro entorno, en la impactante tecnología de la informática?. Bien podríamos analizar las afirmaciones de algunos comunicólogos que están plasmadas en textos académicos: «Nos hallamos aislados por el fenómeno de la telecomunicación» o, aún una más directa: «Muera la telecomunicación, viva la comunicación». Creo que no debemos ser tan apocalípticos; ante esta crisis abstracta y sutil; solo correspondería indagar sobre los pro y los contra de este apasionante y atrapante medio.

No obstante; mientras los analistas de la comunicación interpersonal analizan el fenómeno; no renunciemos, por favor, nunca a disfrutar del perfume o aroma de un «ser real», la textura cálida y mágica de una mano amiga, ni el ritual ancestral e irremplazable de una mirada que acaricia.