3er premio V Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Ariel Monardo

De estas últimas vacaciones me traje un mono. Lo encontré en medio de unos cajones vacíos de manzana, un basural verdulero detrás del hotel en el que estaba parando en Misiones, en plena
población y a la luz del día. Un hombre me dijo que era una cría a la que se le murió la madre. Nunca pude cruzar a Ciudad del Este, que era el objetivo principal del viaje. No podía dejar
al mono en el hotel, por lo que la estadía se hizo más breve y complicada. El regreso de doce horas en micro fue lo más cercano que me figuro a un narco atravesando la frontera. Nadie se
dio cuenta del contenido de la valija que compré exclusivamente para esconderlo, a la cual le hice dos o tres respiraderos pequeños. El animal, como si supiera de nuestra infracción, se
mantuvo silencioso durante el viaje. Cuando lo saqué, medio muerto de sed el pobre, se apestó el remís que me trajo de Retiro a casa.

— ¿Pero estos bichos no están prohibidos? —preguntó el chofer, después de abrir la ventanilla con cara de fastidio y descargar medio litro de Glade.
— Creo que sí —dije — cuando llegue voy a hablar con la veterinaria y veo lo que hago.
Es un mono caí, de los que se conocen comúnmente como capuchino. Hay que verlo colgando de la cola, usando las manos o articulando esa especie de sonrisa para no darse cuenta de que está
más cerca del gato que del primate.

Uno de los problemas eran mis mascotas; mis dos gatas, Titi y Miyel, y mi perra, Luna. Titi se acercó muchos días después a olfatearlo, y salió disparando por la ventana de la cocina. Luna
no paraba de ladrarle y Miyel se instaló en un hueco entre las tejas, bajando eventualmente y sólo para comer. Dejando de lado la hediondez de los primeros tiempos, puede decirse que el
mono es más que una mascota. Es una persona en miniatura, un ser humano reducido a su expresión más franca. Solía ser impetuosamente egoísta, y enseguida se apoderó de cada rincón de la
casa, relegando a los otros animales a una lucha inútil por el monopolio del cariño. Pasó a ser el único que llegó a dormir adentro, en el living, en una especie de pesebre que le preparé.
Es que el mono sabía cómo chantajearme para que me ocupara sólo de él: fingía la renguera o la falta de apetito, adoptaba con facilidad expresiones de tristeza, chillaba de noche y no
paraba hasta que acudía a su presencia. Al principio tuve que tolerar toda clase de efusiones. Las visitas, además del profuso olor a zoológico, estaban obligadas a presenciar el impúdico y
vertiginoso movimiento de manos del animal.

El mono, ubicado en un lugar inalcanzable aunque visible del living, se esforzaba en su pequeño pero ruidoso éxtasis.

Tenía un grupo de alumnos que tomaban clases particulares. Ante tan insólito evento, y habiéndose convertido la casa en un vector de peste, las madres, una a una, dejaron de enviarlos,
alegando excusas torpes y poco creíbles. Unos pocos amigos siguieron visitándome, más preocupados por mi salud que por cortesía, y preguntaban porqué, si me traía tantos problemas, no lo
regalaba a alguna institución especializada. Yo respondía con evasivas. Estaba seguro de que el mono iba a cambiar y que, previo entendimiento de su parte, respondería a mis órdenes. Pero
después caía en la cuenta de que el animal había superado a su propia naturaleza, y que sería imposible devolverlo a la selva o donarlo a un zoológico ¿Qué cuidador sería tan solícito como
para responder a su llamado nocturno? ¿Qué persona lo arrullaría luego de su crisis nerviosa? ¿Alguien le haría caso a su inapetencia, o sólo dejarían que las demás bestias, habituadas al
encierro y la convivencia animal, le arrebataran la comida de la boca?

Algún vecino habrá denunciado su presencia, y una inspectora municipal se hizo presente en casa. Entró y le serví café, mientras escuchaba el asombro que le causaba el hecho de que un ser
tan diminuto provocara tan terrible pestilencia.

— Y eso que limpio todos los días. — me atajé con vergüenza —Baldeo el fondo y paso un trapo empapado con lavandina por toda la casa. Pero el olor no se va.

La mujer, impresionada por la baranda y porque el mono ahora realizaba su acto lujurioso sobre el aparador, dijo:

— El mono es un animal silvestre. No puede vivir en un ambiente urbano. Incluso suele ser agresivo. Es por su seguridad, también, que la ley no permite esta clase de animales como
domésticos, ni tampoco su comercialización.

— No lo compré — la interrumpí — lo encontré este verano, cuando…

— Es lo mismo — insistió la mujer, oscilando entre la didáctica y la orden, entre la cordialidad y la dureza — pone en riesgo la seguridad de los vecinos, y es insalubre para él mismo. Como
me doy cuenta de que se encariñó con el animal, voy a volver dentro de unos días, pero sólo porque veo que le ha tomado afecto.

Yo misma soy una enamorada de los perros, una fanática, podría decirse, y no me gustaría tener que deshacerme de uno, a no ser que muerda a alguien y haya que sacrificarlo. Puede donarlo al
zoológico de Luján, por ejemplo, o al de Palermo. Voy a volver, y quiero dar parte de que hizo lo correcto. De lo contrario un vehículo de la municipalidad va a pasar por acá. ¿Está claro?

Se acababa el tiempo y tenía que hacer algo. La idea de matarlo me parecía menos cruel si usaba un veneno que si lo despedazaba de un escopetazo. Con sólo imaginar su resumida humanidad
frente al cañón, la leve caída de sus ojos húmedos de tristeza, sentía una presión en el pecho y la garganta: la manifestación física de la congoja.

Fui al negocio y compré cuarenta pastillas de gamexane. Un profesor de química amigo me dijo que debía pulverizarlas sobre la comida, y que el efecto era rápido e indoloro.

De hecho fue así. La primera en caer fue Luna, tras un temblequeo en las patas y una breve arcada. A Titi y Miyel las encontré después, una en el jardín y la otra sobre el techo. Habían
muerto en silencio, sin ninguna clase de dramatismo.

Su educación dio un vuelco. Ahora el mono evacua en una caja de arena, por lo que el problema del olor quedó en el olvido, de un día para otro se le quitaron las mañas, ya no chilla de
noche, entre otras cosas, ni molesta por puro capricho. Las personas, paulatinamente, vuelven a frecuentarme, y elogian el comportamiento del animal. Me gusta pensar que el mono confiere a
mi vida un aire de exotismo y clase a la vez, una especie de postal sacado de un aviso publicitario en la que hombre y animal conviven en armonía. Cuando me invade la culpa, procuro
convencerme de que el sacrificio fue necesario, por su bienestar y por el mío. “Este debe ser el precio de la felicidad”, me digo, como si hubiese sacado el lugar común de un libro de
autoayuda o de una comedia romántica norteamericana.

Pero aún subsisten dos problemas. El primero es que me resulta imposible encontrarle un nombre. Ya deseché varias ideas, y me niego a bautizarlo sólo como “mono”. Me dirijo a él a través de
chistidos, o imitando su llamado, una especie de gruñido agudo y ronco con la garganta. El segundo tiene que ver con la inspectora municipal, que volverá de un momento a otro, y que no sabe
que el animal, contra cualquier ley biológica o legal, puede vivir perfectamente entre los hombres, comportándose con el decoro propio de un niño bien. Y tampoco sabe que todavía me quedan
diez pastillas de gamexane. Tengo que hacer una última elección. Quizá la culpa rebalse, incontrolable, y yo termine siendo el destinatario del veneno. Veremos.

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