# DESENCUENTRO – por Emilia Vidal

Ellos no tienen nombre en mi memoria, que es la memoria de ellos y el tiempo, que es y puede ser. Creerán que sé muchas cosas pero no es cierto, sólo algunas –simples, generosas, manifiestas –se animan a asomar.

Por ejemplo, una casa se revela en cierta calle del recuerdo. En el frente de esta casa se alza una cerca de hierro cuyos lazos trazan curvas y bifurcaciones, algunos recrean ofidios que nacen de ojos y forman flores, otros culminan en manos que sostienen estrellas. Estas figuras nacen unas dentro de otras y su grosor se adelgaza o aumenta según el tramo. Para llegar al pórtico se debe atravesar un pasaje estrecho de guijarros apisonados y, si se observa desde afuera, unas densas matas de rosas parecen darle rubor a la fachada de piedra.

De pie, a unos metros de la verja, ella observa el frente y sus matices. Inspira todo el aire que puede y entra. Deja tras de sí el rechinar del hierro y sus criaturas, camina lentamente a través del rosal y una vez en la entrada, se decide con dos golpes cortos sobre el cedro. Espera y silencio. No, no debe seguir aquí. ¿En qué estaba pensando? Han pasado años ya, seguro se mudó.

En el living de esta casa un hombre toma el té y lee. Amparado en la comodidad del sofá, corre y salta con sus personajes; lo persiguen y padece, hasta que oye dos golpes en la puerta. Qué extraño, hace tiempo que no recibo visitas. Aquí las horas flotan y los segundos cuentan lunas. Apoya la taza en la mesita ratona, marca la página del libro y se dirige a la puerta de entrada. El pasillo parece seguir el ánimo del tiempo y se estira a cada paso.

Afuera ella explora las vetas en la piedra, sigue los trazos claros y los reflejos tornasolados de la mica. La puerta no se abre, tampoco surgen ruidos del interior. Cambia el peso del cuerpo, lo lleva de izquierda a derecha. Entonces llama su atención el gorjeo de unos tórtolos grises que se acurrucan entre sí, sobre el alero. Dichosos ellos que pueden. Desvía la vista al parque, especula. Alguien debe cuidar del rosal. Si no es él, alguien me dirá de su vida. Pero a sus huesos no les basta el vaivén para alivianarse el peso, entonces se apoya en el alféizar y comienza a impacientarse.

A medio metro de la puerta él se detiene, reconoce el perfume. Esa deliciosa mezcla del sándalo con su piel es inconfundible. Es ella. Recorre el último trecho del pasillo zarandeado por fugaces recuerdos. Ah, las blancas siestas de invierno y los domingos mojados que nos empujaban cómplices al encierro, a ovillarnos bajo las sábanas, a enhebrar suspiros. Y el sol, su sol, dorándole el cabello salado de mar. Y sus tibios pechos, mi hogar más fraterno. Al fin llega a la puerta de cedro, le da una vuelta a la llave y gira el picaporte.

Tras la puerta de esta casa sólo el otoño en sepia aguarda. Un colchón de hojas mustias cubre el camino hacia la entrada y las rosas sobreviven apenas con sus tallos leñosos. Sale al pórtico y la busca, luego cruza la reja y mira a ambos lados de una calle en la que nadie –mucho menos ella –espera. Su mirada registra por última vez el jardín y la calle. La solitaria mata del rosal, la reja oxidada y las hojas muertas. Hubiera jurado que era ella, que había vuelto… Me habrá parecido.

Como recordarán, allí las horas flotaban y los segundos, a veces, se olvidaban de pasar.