Debajo del árbol más verde

mención de honor IV Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Pablo Sebastián Natale

Albini no es ni un animal, ni un androide ni un extraterrestre y está caminando por el bosque. Se bajó del colectivo siete kilómetros atrás. Saltó un cerco, se agachó para pasar un alambrado, caminó y caminó y ahora está en medio del bosque.
En el colectivo viajó con un grupo de ancianos que iba hacia el mar. Una parte de ellos dormía, la otra miraba por la ventana. Había un joven de rasgos aindiados que sacaba fotos y otro muy parecido a él, mas chico todavía, que se acomodó en el asiento libre al lado de Albini y le empezó a hablar. El chico contaba la historia de un señor con ojo de parche que cuidaba un tesoro en una isla, hasta que llegó un barco con ancianos y comenzaron a cambiar todo.
Construyeron casas, puentes, edificios, le cortaron las cabezas a los animales, y así destrozaron el hogar, el pequeño poblado solitario del señor con ojo de parche, que se vio obligado a huir de la isla y tuvo que dejar el tesoro, un tesoro que no le importaba a nadie. El chico seguía hablando, la historia de ojo de parche no terminaba. De pronto aparecía junto a dos amigos en una selva, y a uno se lo comían las pirañas y al otro no. Albini intento seguir escuchando, pero había perdido el hilo de la historia. Se levantó para ir al baño. El chico se levantó también, se interpuso en su camino, se metió antes que el en el baño del colectivo y no lo dejó entrar. Cada vez que abría la puerta miraba a Albini. Le sonreía o hacia como que le sonreía y se metía en el baño de nuevo. A nadie parecía importarle todo eso; un anciano los miro de reojo y regreso a la contemplación del paisaje en movimiento. Albini fue hacia la cabina de los conductores. Pensó en decirles algo, en acusar al chico, en pedirles que se detuvieran. Cuando estaba por hacerlo, sintió que le daban un golpe en la espalda. Era el chico, otra vez.
– Repetime la historia- le dijo.
– Repetime la historia y te dejo ir al baño.
Nadie les prestaba atención, todos tenían la mirada en otra cosa, incluso el muchacho de rasgos aindiados, que tenia un ojo detrás del lente de una cámara, y la cámara y la cabeza inclinadas, apuntando hacia un fragmento de cielo. Albini se sentó en la escalera que daba al segundo piso del colectivo, agachó la cabeza, la puso entre las manos y trató de recordar.
– Es la historia de un tesoro- le dijo Albini al niño.
– ¿Y que más?
– Es la historia de un tesoro que esta en una isla…
– Los tesoros no existen- dijo el chico.
Albini se sentía muy incómodo. El niño golpeaba la cabeza contra su pierna, y luego de soltar esas contestaciones ridículas respiraba cada vez mas agitado.
– Los tesoros no existen en general- explicó Albini-. No existen en general, pero sí para algunas personas. Hay personas que creen en los tesoros. Entonces los tesoros existen.
– No entiendo.
– Que algunas personas creen en los tesoros, y que eso es suficiente para que existan.
– Si repetís mucho una palabra, la palabra no existe- le gritó el chico. Y de se encerró en el baño.
Albini estaba en aprietos. Si quería hacer pis no podía hacer pis. Si quería lavarse las manos, no podía lavarse las manos. Se durmió en su asiento, llenó de ropa el asiento de al lado. Se sacó los zapatos. Puso los pies descalzos encima de la ropa y cuando empezó a dormitar sintió frío. Busco dos pullovers y se tapó. La mitad de los ancianos roncaba y la otra mitad susurraba, parecía como si se contaran cosas a si mismos, muy despacio, para poder dormir. El joven de ojos aindiados hacia anotaciones en un cuaderno. Se había puesto un par de anteojos gruesos y le salía de encima una luz. El chico dormía echado junto a la puerta del baño, cuidándola. Dejaba pasar a cualquiera de los ancianos, pero no le permitía pasar a él. Albini, resignado, había quitado las pertenencias del chico del asiento de al lado, las había tirado en el piso, ocupó el lugar con su ropa, se sacó los zapatos y se puso a dormir. Casi todas las cortinas del colectivo estaban cerradas y ondulaban lentamente, en plena oscuridad.
Albini no tuvo ningún sueño, sólo de vez en cuando el movimiento leve del colectivo lo hacia volver en si con los ojos cerrados para, otra vez, irse. Hasta que cayó en un sueño prufundo y dejo de percibir las cosas. Cuando horas más tarde se despertó no había nadie en el colectivo. Estaban varados. Al lado, en la ruta, detenido en dirección contraria, había otro colectivo y, más adelante, un puente.
Una parte del vallado del puente estaba quebrada y algunas personas apuntaban con luces y linternas hacia abajo. Albini hubiese ido a observar, pero vio al chico corriendo de un lado a otro. Agarraba la mano de un anciano, le preguntaba algo, agarraba la mano de otro, hablaba y golpeaba su cabeza contra las piernas, corría, y así. Un grupo de conductores fumaba en un costado; el joven de rasgos aindiados tomaba algo caliente de un vaso de plástico. Lo rodeaba una pequeña cortina de humo, parecía como si no mirara nada, o como si sólo mirase su nube y pudiese descansar en ella, alejarse con ella, reposar allí. Albini dio media vuelta.
Estaba por subir de nuevo al colectivo cuando sintió que lo rozaba una luz.
– Eh, vos- escuchó que le decía el chico.
– Eh, vos, contame la historia. Tenes otra oportunidad.
Albini retiró el pie de la puerta del colectivo, intento mirar al chico, hacerlo con bronca. Cuando giró la cabeza fue abruptamente encandilado.
– ¿Qué haces?- le dijo. Casi gritaba, y sentía que se le estiraban los dedos de la mano, llenos de furia.
– ¿Los tesoros existen o no existen?
– Dejame pasar- dijo Albini.
– ¿Esa es tu respuesta?
– El tesoro existe solamente para el señor de parche.
– Está bien. ¿Y donde lo dejó?
– En la isla, debajo de la arena.
– Me estas mintiendo- dijo el chico-. Me estás contando otra historia. No te interesa el tesoro.
– Dejame pasar- gritó Albini.
El resto de los pasajeros volvía del lado roto del puente. La mitad tenía la cabeza gacha, la otra mitad miraba las estrellas atrapadas en las nubes como si ellos mismos estuviesen capturados, y ya no hubiese mucho por hacer, salvo mirar el cielo, dejar pasar las cosas. Albini y el chico se hicieron a un lado. Los ancianos fueron subiendo uno tras otro. El último en subir fue el joven de rostro aindiado. Agarró al chico de los pelos, le sacudió la cabeza. Le señalo un asiento libre. Después se metió en el baño. El colectivo arrancó de nuevo. La oscuridad se hizo otra vez.
Albini no es un animal, ni un androide ni un extraterrestre. Está caminando por el bosque. Hace kilómetros que camina. Para sentir menos el cansancio trata de repetirse una historia, pero de esa historia recuerda sólo pedazos, y a la larga deja de hablarse a si mismo, escucha, agitado, su respiración. Con los brazos roza las hojas de los árboles; cuando se cansa apoya sus manos en un tronco, se agacha, tose.
Momentos antes de que el colectivo llegara a destino los ancianos se empezaron a despertar. Corrieron las cortinas, señalaban el paisaje, sonreían de manera casi monstruosa y hablaban muy alto. Algo estaba o bien o mal, no se entendía bien qué. Al rato uno de los conductores se asomó, les sirvió café y alfajores y les explicó lentamente que se habían visto obligados a modificar el rumbo. Que el mar todavía estaba lejos. Que se detendrían en el pueblo más próximo y que deberían tomar otro colectivo. Nadie se quejó, apenas si hubo intercambio de palabras, hasta que se escucho un gritito. El joven de ojos aindiados agarró al chico de los pelos y lo golpeó contra un asiento. El chico intentó reaccionar, gritó violentamente esta vez. Y fue golpeado de nuevo.
Entonces bajó la cabeza, se agarró las piernas, se recostó en el piso; miraba las cosas de reojo, la mirada huidiza, como si fuera un animal abandonado, solo en la tierra.
Albini decidió no tomar un nuevo colectivo. Se alejó lentamente, caminó y caminó, y cuando el pueblo quedaba atrás y comenzaban a aparecer árboles y pastizal, Albini saltó un cerco y se hundió en el bosque.
Ahora estaba agitado. La espalda apoyada en un tronco.
– ¿Qué buscas?- empezó a decile una voz en la cabeza.
– ¿Qué buscas, que buscas? ¿Dónde está lo que buscas?- le gritaba.
Albini lo hubiese dado todo por poder callar esa voz, pero no recordaba la otra parte de la historia, empezaba a repetirla y sentía que giraba en el vacío, que un puente se rompía y las palabras se venían abajo con él. Entonces la voz le decía, otra vez.
– ¿Qué buscas, Albini, que buscás?
– ¿Qué buscás, qué buscás?
Albini estaba solo en la siesta del bosque. Albini solo, agotado. Se sentó, se abrazó a sus rodillas, escondió lo más que pudo la cabeza entre las piernas. Se dejó caer, acurrucado en el pasto. Y entonces había llegado allí. Había llegado allí; debajo del árbol más verde.

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