Dear Old Stockholm

mención de honor VIII Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Hernando Paulo Quagliardi

Una maniobra para ser otra cosa. Eso somos, siempre otra cosa. Podemos creer, dejarnos llevar por esas notas elevadas del comienzo que parecen iniciar una marcha pero luego viene el quiebre imperceptible y se abre paso la verdadera y simplísima melodía de una balada; un retintín que evoca al organillero, un acordeón portuario, cuatro compases melosos que se repiten y dan ganas de llorar.
Pensar en esa melodía más de cincuenta años después, es como si hoy pudiera repetirse en Buenos Aires, tan lejos en el espacio, tan cerca en el tiempo, la noche de esa balada, la única que merece la pena conservarse en nuestras vidas demasiado largas y devastadoras. Una variante imprevista en una secuencia vulgar que ha acumulado hechos sin otro propósito que el de pasar de largo.
Nada, ninguna otra noche sobrevivirá. Si miro el pasado veo esos clubes donde él tocaba, primero como un oscuro integrante de una bigg band, un muchacho del sur, alto y confesional, que olía a aguafuerte de lima e iba haciendo a tientas los primeros pasos con la música a cuestas la que nunca le quitó del todo su porte severo y seco, como si anduviera recostado sobre una silueta de frío.
El tiempo está hecho de repeticiones y de vaguedades. La soledad, la calle, los rostros parejos en el metro, los primeros desencantos, me conducen a él, a Billy; un muchacho sano que no iba muy a tono con esos lugares, su figura era más bien de domingo en la iglesia, de coro de niños negros, de paciencia. Llevaba encima un sobretodo largo, al darse vuelta para saludarme, sus ojos se sorprendieron con mi juventud y ese aire snob que desprendía desafiante. El asombro se convirtió en encuentros ansiados, en charla tranquila. Desde el principio estuvo claro qué era la verdad y nos fuimos haciendo a la idea de tenernos a mano. En las ganas retenidas de abrazarme, que pronto adiviné, yo sentía una forma salvaje de verdad.
Cuando me fui de la casa de mis padres estaban promediando los años cincuenta. Mal comía entonces. Todo lo que ganaba se compensaba en aprender las enseñanzas del arte del diseño de ropa de alta costura, tal como las dictaba Madame Bijou y a pagar la mensualidad del pequeño departamento que alquilé en el centro. Billy ya integraba un trío que solía tocar en los salones de los grandes hoteles, melodías más tranquilas que exigían el uso de la sordina para apagar el metal. Allí fue que conocimos a Eddie Higgins, tan fino y suave en el piano como en el trato, un hombre sensible y callado que nos acompañaba inteligentemente, sin decir casi nada. Eddie fue nuestro primer “Tres”. Después se radicó en Londres y no volvimos a verlo nunca.
Entonces no resultaba tan fácil reunir dinero para comprarse discos. Con el alcohol era diferente, se podían gastar unas pocas monedas en un whisky que olía más a maíz que a malta y al beberlo rasgaba la garganta como si fuera un velo, dudoso destilado que sin embargo se arreglaba bastante bien al agregársele un poco de canela y agua. Pero los discos de los artistas que nos gustaban: el gran quinteto de Miles Davis, por ejemplo, o Lionel Hamptom con Clifford Brown, estaban muy por encima del salario que madame Bijou liquidaba a sus aprendices.
Fue por eso que robamos el disco de una tienda de la Quinta Avenida y 57. Lo hicimos con una técnica sencilla: la distracción. Cuando alguien con clase pretende tomar lo ajeno no tiene por qué perder por ello su instinto creador. Bill hurgó un rato en las bateas mientras yo fumaba un poco aparte, escudriñando unas revistas. Creo que fingí interés en un número de Esquire, pero entonces Billy preguntó por una boquilla, dejando el disco descartado al descuido encima del mostrador. Después, él inició una conversación con el dueño de la tienda, un tipo bajo y simpático que protestó con disgusto por la música que ahora invadía bárbaramente la ciudad. Mientras tanto, el empleado envolvió mi revista y la boquilla, y yo, con algo de estudiada torpeza levanté mi abrigo y el disco y, así no más, salimos a la calle.
Ese fue el preparativo de la noche que vendría, la noche que me importa. La melodía grabada en el último surco de ese disco se llama “Dear Old Stockholm”. Es una trampa o eso pensamos al escucharla en mi departamento, porque los metales fabulan un pequeño ardid, una puesta en escena, fingiendo el comienzo de una marcha solemne y hasta se desacoplan violentamente como si fueran a trabarse en un enojoso conflicto, en una lucha desigual. Pero después caen juntos, violentos, descansando de tanta tensión y se complacen en hacerlo de nuevo cuantas veces sea necesario, más dulce y tranquilo, tras el diálogo trenzado en frases melancólicas que invitan a bailar con los pies descalzos sobre la alfombra.
Pudo ser el alcohol, la sombra desgastada en la cornisa, la bruma roja que avanzaba desde el río junto al cada vez más lento y sofocante canto de la trompeta lo que hizo que él comenzara a llorar. Mirada de ese modo, la escena resulta banal y cursi. Con la cabeza apoyada en mi pecho, Billy lloraba descarnadamente. ¡Pobre de mí! -Shut, shut, shut- lo callo besándole el rostro, el cabello que huele a agua de lima y a mal alcohol, componiendo valles de calma, estrellas de cartulina azul sobre el cielo oscuro de satén, un cielo circular, como el de la cuna de un infante.

Los sesenta llegaron a su fin matando cada utopía. Yo las miraba pasar de costado, indiferente, con pena a veces, porque sabía que esas ensoñaciones por alguna razón se agotan y disuelven en la obligación de ser lo que los circunspectos días nos imponen ser. La inalcanzable luna fue auscultada y embanderada y todo lo que antiguamente nos llegaba como si fuera el libro de sesiones de la Sociedad Científica de Londres, había quedado muy atrás, exhibido para la diversión popular en los aparatos de la televisión, con sus guerras que ya empezaban a parecerse un gran juego virtual más aburrido que el go pero más siniestro que el circo romano.
Pese a todo, hicimos bastante bien nuestro trabajo. Yo heredé a mis padres y abrí mi primera tienda en Macy´s, multiplicada poco a poco en marcas que iban ganando las revistas de actualidad, y él con su talento y su fe cada vez más universal, llegó a ser solista y a tener su propio trío.
Durante todo ese tiempo el número Tres nos protegía de la omnicomprensiva mirada pública. En la radio, en los clubes, cuando frecuentábamos teatros o íbamos a comer, Billy “Bony” Mill no se escapaba de los flashes, pero dejaba a buen resguardo su seguro matrimonio, su hijito rubio, rozagantes mejillas de manzana y piel de leche y trigo como la de los padres, la calma de su gran casa de escalera y garaje emergiendo entre unos bosquecillos de sicomoros a pocos kilómetros del tramo de calles bursátiles de la ciudad de Nueva York.
Y siempre el número Tres entre nosotros, inaugurado con el bueno de Eddie Higgins, pasando por la provecta madame Bijou que se había convertido en mi socia y agrandando la especie con una larga lista de ignotos productores que tramaban negocios, discos y aquellas famosas giras por Europa que alejarían a Billy de mi lado para siempre.
Aunque muchos ya ataran cabos y relacionaran nuestros nombres, siempre estaban las pantallas cerca, hasta en las giras. Recuerdo una noche a la salida del Malibú de San Francisco, la chica que insistieron en que fuera mi pareja esa vez, mi “Tres” de esa noche, hacía rato que se había esfumado con un viejo vestido de smoking. Y entonces tuvimos el coraje de irnos juntos al hotel, ante la abierta mirada de todos.
Paradójicamente, esa fue la última vez. Sin contar una fugaz y olvidable noche europea, en San Sebastián, en aquel coqueto bar que yo había elegido para hacer unas fotos con mis modelos, y vaya mi sorpresa, cuando nos hicieron callar porque comenzaba el show. Nos hicieron callar de una manera muy refinada, trayendo botellas de champagne y bajando las luces y el animador, patéticamente vestido de blanco, dijo que honraba esa noche la casa el gran Billy Mill. Lo que no pude perdonarle es que, contra su costumbre de no anunciar nunca los temas, en medio del recital, buscándome con los ojos que parecían envilecidos, saludó mi presencia. “Ron – dijo- vamos a tocar esa vieja balada, Dear Old Stockholm.”
Esa noche fui mi turno de llorar.
No me gustaron esos tiempos, empezaron con la caída del muro de Berlín y el aflorar de las democracias como viejas prostitutas, vulgares y gordas, mal vestidas; traían consigo manadas de derechos que nada tenían que ver con los dorados años de aventura, de encuentros furtivos, de los acostumbrados números “Tres”. El renombrado diseñador que soy ahora se terminó de forjar ahí, dando justo en el clavo con lo por-venir, con las vanguardias, inventando la fantasía de lo necesario, una rosa venida de otra galaxia, una confesión dicha por un médium al oído del señor que hace la moda en cuatro continentes.
Me doy cuenta que he podido llegar hasta aquí, también gracias a la condición de esos tiempos que multiplicaban el dinero como panes. A ellos debo mi prestigio y mi sobrevivencia en un mundo que olvida, que arroja al costado y tira, para seguir consumiendo. Igual que Billy, me he convertido en un mito y por eso escapo y prefiero estar solo y disimular un temblor en las manos.
Pero al descubrir en la calle Corrientes aquel viejo disco que robé por primera vez en 1958 en la esquina de avenida y 57, pensé que podríamos estar juntos en este mismo momento, en este mismo lugar. ¿No es ése el signo más avanzado de estos tiempos? Y sin embargo- me digo- no necesitamos normas para llegar a ser lo que somos. Billy se morirá en su casa del bosquecillo, cerca de la gran manzana, a mí me dará igual hacerlo en Buenos Aires o en Pekín. No sé qué pasará cuando vuelva a escuchar la balada. El disco me ha costado mucho más de lo que pensaba pagar y espero que en el hotel consigan un buen y viejo aparato para reproducirlo.

Como sea, da igual. Acaso la única verdad, la que me sostiene despierto en un café de madrugada, es el recuerdo de aquella vieja canción que siempre promete ser otra cosa.

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