De luchas, de sangre, de coreografías, de saber, del bien y del mal
por Sabrina Perotti

Pobre patrón, no quería creer. Con qué bronca me levanté.
Ni sentía las piernas, me lo quería comer ahí nomás.
Mala suerte, pibe. Todo el mundo cobra al final.”

Extracto de “Torito”, Julio Cortázar.

Existe, dentro de la multiplicidad de existencias posibles para ella, un tipo de lucha que es el primero que se topó conmigo al momento de sentarme a escribir.
Es la lucha más carnal por así decirlo, es aquella que tiene al cuerpo como arma, como centro. Es el combate, la pelea, la riña, la lucha cuerpo a cuerpo. Es la que deja marcas, moretones, heridas, sangre, y por qué no algún que otro orgullo en alto, y otro por el piso.
En este terreno, la lucha suele presentarse como el encontronazo de la manera más cruda de dos o más individuos, que desde el mismo momento en que la inician buscan ponerle fin. Cierto es que esta ha de acabar cuando el otro termine abatido, acabado; de lo contrario, la lucha seguirá en pie.
El réferi contará hasta 8 para darle tiempo al contrincante a que se pare, se reincorpore, esté listo y, finalmente, retome la lucha. Las buenas peleas, dicen, “son las que duran”.
Pero sería ingenuo pensar que sólo ellos dos están ahí sacudiéndose manotazos, chocando sudores, empujándose con los hombros, con las miradas, con el alma. Cada uno de los contendientes sabrá por qué está sobre el ring. Cuando los golpes son de verdad, y el otro te sale a matar difícilmente se pueda hablar de un hobbie.
Será el hambre, será la falta de oportunidades, será que habrá unas bocas para alimentar, será que se agotaron las otras salidas o que nunca existieron, será que no queda otra que subir, dar y recibir.
Pero no están solos, hay otros que están ahí. No hablo de entrenadores ni de ayudantes. Hablo de los que miran, observan, disfrutan. De aquellos que son capaces de pagar para ver cómo realmente uno le destroza la cara a otro. De cómo realmente lo golpea hasta que termina desmayado en el suelo.
Sí, son los que disfrutan de ver el desarrollo de una lucha cuerpo a cuerpo, con un uppercut o un Croos disparados con fuerza y certeza. Son los que con su presencia, con su ¿pasión? con su ¿emoción? Legitiman el combate.
Son, quizás, los que fuera del lugar donde se desarrolla la pelea, tal vez en el living de su casa, frente al noticiero del televisor dirán “por favor, que sociedad violenta la nuestra…”.

Paseos por la lucha escrita…

Pensar la lucha me llevó también a recorrer historias, a recordar lecturas. Disparadores.
Allá por 1838, bajo el gobierno de Juan Manuel de Rosas, Esteban Echeverría escribía su obra que daba origen al realismo y al género narrativo en la literatura argentina: “El Matadero”. Gran adversario de Rosas, Echeverría cuenta con tintes crueles, grandes marcas de violencia; y, conexpresiones populares (que no eran comunes en la literatura de la época), el clima polarizado y de violencia que se desarrollaba en nuestro país frente a una crisis que se desata por la falta de carne.
El matadero fue el lugar elegido por el autor para retratar la barbarie de la multitud (que metafóricamente se la podía asociar con el bastión federal) en su lucha contra la “civilización” representada por un joven unitario, de buena presencia y con amplio vocabulario. Este personaje, en la escena final, es torturado y asesinado por los carniceros y jinetes del matadero liderados por Matasiete, el más eficiente degollador de ganado.
El autor durante todo el escrito expresa su oposición frente al régimen rosista (con variadas alusiones) y remarca la violencia con la que, según su visión, se desarrollaba el gobierno de la época.
La lucha, tal como es descripta, de unos contra otros esencarnizada y brutal. Sin embargo, para muchos era necesaria si se quería mantener el orden y el control del territorio. He aquí una idea de lo social, de lo colectivo.
Otra de estas marcas de lucha encontrada entre mis lecturas, tiene como protagonista a “Torito” de Julio Cortázar, Publicada en 1956, junto a otros 17 cuentos que componían“Final del Juego”, tiene como protagonista al boxeador argentino Justo Suárez, quien (a través del trazo de Cortázar) relata en primera persona algunos momentos de éxito y fracaso de su carrera.

El autor de Bestiario y Rayuela, entre otros, eran un gran admirador del boxeo y promulgaba la fascinación que le producía el hombre que iba para adelante, con fuerza y coraje (como Torito). Él mismo dice, en una entrevista, que se sentó una tarde y que en dos horas escribió el cuento porque tenía datos precisos de la carrera de Suárez ya que no se había perdido pelea alguna. He aquí la apropiación de la lucha de otro, desde lo individual.
¿Podríamos acaso levantar nuestro dedo y acusar a Esteban Echeverría de incitar a la violencia o a Cortázar de ser una persona violenta? ¿O quizás sean ejemplos –salvando las distancias temporales, coyunturales- de que existe una violencia que se canaliza en la lucha y que es propiamente humana?

Evolución

En “2001 Odisea del Espacio”, Stanley Kubrick realizó una excelente muestra de la evolución del hombre. A poco de iniciada la película se puede observar cómo un primate toma un hueso y descubre su utilidad como herramienta y como arma. Gracias a él, a su empleo, su clan logra recuperar la fuente de agua que habían perdido ante otro grupo; gracias a él comienzan a alimentarse con la carne de los animales que hasta el momento compartían el espacio y la comida.
Es el mismo hueso que al ser arrojado hacia arriba se ha de transformar en un satélite que gira en torno a la tierra.
Sí, indudablemente hemos evolucionado.
Ya no arrojamos a nuestros hijos recién nacidos desde un acantilado si vemos que no han de ser aptos para la lucha. Ni acudimos a la arena a ver cómo esclavos luchan por su vida y por su libertad, a verlos morir mutilados a golpes de espadas, de lanzazos.
Las reglas han cambiado. Y nosotros hemos cambiado. No es necesaria la muerte del perdedor, basta con desmayarlo. En todo caso podríamos decir que nuestra necesidad de violencia se ve satisfecha de otras maneras.
De los combates reales hemos pasado en muchos casos a las representaciones de los combates. El hueso se transformó en un satélite, y el satélite alimenta al televisor y en él se representa el combate construido primordial, el del bien contra el mal…

«Los Boxeadores» de Daniel Leber
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

«Sin titulo» de Maria Liliana Grosso
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

La lucha televisada…

La puntada que arrojaba Spartacus –en realidad Kirk Douglas dirigido por Kubrick- con su espada, en un “Sábado de Súper Acción”, no estaba acompañada por una muestra cabal del daño que causaba, de la carne que se habría, de la sangre que brotaba…el otro moría automáticamente, casi podríamos decir sin dolor…Entonces, la muerte era simple.
Dentro de la evolución, en el mismo ciclo televisivo, los Comanches que atacaban caravanas, o los matones ruines financiados por el banquero del pueblo, eran ajusticiados por el héroe del western. Algo así pasaba con los alemanes malvados
que eran muertos por los “americanos”. Entonces, la justicia era simple.
Pero más allá de las formas elegidas para mostrarlos, de la época donde situarlos, o de los soportes de los que se sirviera uno para representarlos, allí lo que estaban presente de manera clara y tangible eran los buenos y los malos.
Ahí era donde uno podía gritar a “luchar por la paz”.
Entonces nos pasábamos horas viendo desfilar soldados, Panzers, Legiones, jinetes, hacia el sol del atardecer. Sin cuestionarlos, sin pensar que la guerra podía ser real. En ese momento, para estos ojos míos, era un espectáculo que luego sería juego en la vereda. Porque se trataba de luchas libradas por verdaderos caballeros, que actuaban noblemente, y que si se luchaba sucio, eso era algo que le correspondía al malo.

La Inocencia

Pero, si yo digo “lucha” y digo “televisión” ¿a qué les suena? Obvio, lógico… a ¡Titanes en el Ring! Las primeras peleas de catch no eran televisadas, sino realizadas en gimnasios o teatros. Recién en el año 1954 comenzaron las transmisiones. Sin embargo, el espectáculo específico de “Titanes en el Ring” tuvo su primera aparición durante 1962 y 10 años más tarde su éxito ya era rotundo.
La Momia, el Caballero Rojo, Karadagián, el maldito William Boo, Pepino el payaso y el Ancho Peucelle, entre otros personajes, luchaban semana tras semana haciendo enloquecer a los espectadores. Los luchadores eran abucheados o vitoreados por sus seguidores al momento de ingresar, ni que hablar de si llegaba a ganar el malo. Algo, que sólo era posible mediante un golpe a traición, o por la acción de un árbitro despreciable.
El programa era de entretenimiento familiar, o por lo menos, ése era el objetivo. Un espectáculo sano y que, además, enaltecía los valores del coraje, la valentía, la amistad y el compañerismo.
¿Pero qué hay de cierto con todo esto? Indudablemente los adultos sabían (eran conscientes) que las peleas estaban coreográficamente armadas, diseñadas y con reuniones de producción previas y posteriores. Pero nosotros nos la creíamos, incluso en nuestros juegos era impensable que no pudiera ganar otro que no fuera el héroe.

Aunque, el relator Rodolfo Di Sarli se empeñaba en repetir “chicos, no hagan esto en sus casas”. Todos hemos intentado imitar esos golpes, que los adultos sabían que no llegaban a destino, al cuerpo de los protagonistas en la pantalla.
Los adultos sabían que eran luchas falsas
Los adultos sabían.
Recuerdo ver a mi padre emocionado. Rocky Balboa, ese ítalo americano al que la sociedad norteamericana le dio una oportunidad de cambiar su vida y que él no desaprovechó, había acabado con ese boxeador que representaba todo lo frío, lo maquinal, lo inhumano que venía a ser el comunismo ruso de aquellos años. En este recuerdo se conjugan los puntos anteriores, el boxeo, el cine, la lucha coreografiada. En este recuerdo me doy cuenta de que los adultos muchas veces no sabían que se trataba de luchas falsas.

En el terreno de la lucha, por ahí debo confesar en que me quedo con las de antes, cuando era más fácil para mí saber de qué lado debía estar. O se era bueno, o se era malo. Era simple distinguirlos.
Ahora con mis casi 30 a cuestas, a medida que me hago más adulta, cada vez cuesta más…, y hay veces en que temo no poder descubrir cuáles son las luchas que merecen la pena, aquellas dignas de ser peleadas.