De la compasión a la acción / Sabrina Perotti

“Danzas guerreras, bailan al hambre,
cantan a la peste, cueste lo que cueste,
es el arte la pelea”
Extracto de “En la Ribera” de Bersuit Vergarabat

El tema que nos concierne en esta edición es uno de los tópicos más profundos y quizá más cotidianos con el que me haya tocado trabajar a lo largo de todos estos años de escritura: las carencias. ¿Qué significado posee esta palabra? ¿Qué es lo que deja verse a través de las letras que la conforman? La Real Academia Española define a las carencias como “falta o privación de algo”. Sin embargo, en mi cabeza no dejan de brotar otros conceptos como, necesidad, miseria, insuficiencia, penuria, escasez, negación, exclusión.
El significado de la palabra carencias en la Argentina tiene matices tan disímiles como dolorosos. El pibe que limpia vidrios, la chica de 16 años con un bebé en brazos sentada en la vereda, el linyera sucio y desequilibrado que grita formaciones de equipos de fútbol de los 60´, las familias que viven debajo de las autopistas, los nenes que entregan estampitas en el tren, venden billeteras a la salida de los restaurantes, piden monedas o comida, el chico que se arrastra sin piernas en una patineta por el andén, la chica que pide el vuelto del subte, el jovencito que roba a mano armada, la adolescente que espera clientes en la puerta de los hoteles.

Todo eso son carencias. No puedo pensar en otra cosa. Me contrapongo a estos personajes y pienso en todo lo que no poseen ni van a poseer. Fantaseo con vivir su situación y me desespera pensar en sentir el frío al extremo, el hambre al punto del dolor, la suciedad, las miserias, la falta de un proyecto. ¿Qué posibilidades tienen? Pocas, cuando no inexistentes. Carencias me suena a eso; al odioso contraste entre realidades, la culposa escena que se te planta frente a los ojos y te hace despabilar cada mañana con una cachetada helada. Es la “diferencia social” tan extremadamente diferente que no deja rastro ni siquiera de que pueda ser “social”. Y lo que hago es contrastar porque la carencia es una de las caras de la moneda, y la otra ¿cuál sería? ¿la abundancia? ¿la riqueza? Como, creo yo, la definición de carencias no abarcaba lo que realmente significa, la definición de su antónimo también me parece escasa y un poco superficial. Tengo en mi cabeza algunos posibles conceptos pero optaré por el que me parece el más adecuado. Creo que la otra cara de la moneda de la carencia es la solidaridad. Frente a una necesidad, una falta, un vacío, aparece alguien que lo puede suplir, estirar una mano, llenar ese espacio. Si bien frente a estas situaciones es muy difícil ver la salida, ser optimista, observar el vaso medio lleno o buscar alternativas hay personas que observan esta realidad y hacen algo.

No se quedan en la mera compasión, en la lástima, el llanto y, por consiguiente, la culpa. Entran en acción. Simplemente hacen. No sólo tienen una capacidad absoluta para ayudar al prójimo, para ser solidarios. Tienen la sensibilidad necesaria como para conmoverse frente a las carencias ajenas y además actuar. Son personas que trabajan día a día, codo a codo, son voluntarios del corazón que se propusieron dos cuestiones que van entrelazadas: modificar la realidad ayudando a quien más lo necesita.

La solidaridad dice siempre “presente”

Quiero contarles una historia que escuché en la radio hace un tiempo atrás, por eso les voy a pedir, antes que nada, paciencia. Tal vez se me escapen algunos detalles o recree algunos otros por el paso del tiempo, pero el corazón de la anécdota se mantiene intacto.
El entrevistado y relator era Juan Carr, fundador de “Red Solidaria” y durante la charla contó lo siguiente:
Una pareja de amigos suyos tenía una hija de 15 años que padecía cáncer. La enfermedad había sido detectada y, por ende, debía llevarse a cabo el tratamiento correspondiente, es decir, la quimioterapia. La chica que asistía diariamente al colegio, tenía tantos amigos como ganas de seguir yendo a clases. Sin embargo, tanto sus padres como ella tuvieron que enfrentarse a una de las delicadas situaciones que este tratamiento le deparaba a la niña: perder el pelo. Voy a hacer un paréntesis, amigo lector, y sepa disculparme si corto su lectura pero quiero enfatizar bien esta parte del relato. Perder el pelo para una mujer es muy difícil de asimilar, quizá para los hombres también lo sea, no lo sé. Hablo en nombre de algunas mujeres que conozco y de mi situación (en el lamentable caso que padeciera dicha enfermedad). El pelo no sólo significa femeneidad y sensualidad sino también significa elección: elijo tenerlo corto, largo, colorado, rubio, con rastas, con rulos, etc. Puedo elegir qué hacer con él. En este caso, la elección se pierde, al igual que el pelo. ¿Acaso no han escuchado historias de mujeres que han vuelto llorando de la peluquería por culpa de un peluquero que se extralimitó y cortó más de lo que debía? Es simplemente eso. El pelo es muy importante para cualquier mujer y si encima una tiene 15 años y comienza a adentrarse en la adolescencia con todas las inseguridades y vulnerabilidades que esta conlleva, sabrá entender a la perfección el estado por el cual esta quinceañera estaba transitando. Ahora sí, continúo.

Llegó el día en que la chica quedó totalmente pelada y tuvo que enfrentar el día de clases que le esperaba. Debía entrar y ver a sus compañeros, a sus profesores, a los chicos de otros cursos, a las porteras. A todos. Y sin nada de pelo. Los padres le preguntaron si deseaba que la acompañasen ese día tan importante y conmovedor para ella. “No” les respondió “quiero ir sola”. Entonces la chica de tan sólo 15 años se dirigió al colegio. Ingresó primero al establecimiento y fue caminando hacia su aula. La esperaba un profesor afuera quien la saludó y le abrió lentamente la puerta del curso. Cuando ella entró se dio cuenta que todos sus compañeros estaban sentados y para su asombro y el de muchos….también pelados. TODOS. Absolutamente todos. Varones y mujeres. Todos sus compañeros con la cabeza pelada igual que ella.

Recuerdo que el conductor del programa radial no pudo contener las lágrimas mientras escuchaba esta conmovedora historia. Tampoco los miles de oyentes que escuchaban atentamente (me incluyo en la lista). Sin embargo, el motivo por el cual Juan Carr cuenta dicha anécdota va más allá de la búsqueda de la pura emoción. Tiene que ver con la transmisión de un mensaje. Un estandarte que sostiene bien alto un “se puede ayudar en miles de formas”. Todos podemos.

«Sin Titulo» de Gabriela Navarre
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

«Sin Título» de Maira Alonzo Calderón
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

El mensaje que promueve este hombre junto con la Red Solidaria es el de la ayuda desinteresada a otros seres humanos. La página web esboza ser “una organización en la que los voluntarios intentamos salvar vidas o mejorar la calidad de vida de otras personas. Establecemos un nexo entre los que necesitan y aquellos que puedan cubrir cada una de éstas necesidades. Creemos en la capacidad de nuestra sociedad en generar cada día más respuestas solidarias.”
Esta anécdota nos muestra las miles de posibilidades que tenemos para “ayudar” al otro, en cualquier sentido y condición, ya sea, económica, sentimental, simbólica, etc.
La Red Solidaria también promueve, entre otras actividades, la donación de sangre, la búsqueda de personas desaparecidas, regalos solidarios, etc.

Ser optimistas

Ayudar a un tercero no sólo hace feliz a quien recibe dicha ayuda sino también a mí, el colaborador. La persona voluntaria, que se ofrece desinteresadamente a realizar un acto caritativo o solidario no permanece en el simple hecho de subsanar la carencia momentánea. Su visión va más allá. Es, ante todo, un optimista. De lo contrario no ayudaría, no creería en que puede cambiar la realidad, no creería en mejorarla. Sería simplemente un desconfiado, una persona incrédula de la finalidad de sus actos para con otros. El optimista, en cambio, tiene proyectos (no importa el tamaño de los mismos, los tiene) porque cree en un futuro y en un futuro favorable.

Sabe que realiza acciones esporádicas, a corto plazo (en algunos casos), actos pequeños: llevar una bolsa de ropa a la iglesia más cercana, donar juguetes, sangre, libros, dinero, juntar tapitas de plástico, darle comida a quien lo pide, entre otras de las miles de formas de ayudar que se llevan a cabo en la Argentina.
Justamente hoy la radio Metro realizó una Misión Solidaria que tuvo que ver con la donación de alimentos, frazadas, herramientas, telas, ropa de abrigo y demás elementos. La convocatoria a pesar del frío y la lluvia fue contundente.
Podemos comprobar, entonces, que las personas quieren ayudar a otras y lo hacen. Tómense un tiempo para mirar, vean a su alrededor y adviertan la solidaridad cotidiana. Al igual que el amor la solidaridad también “está en el aire”. Y junto a ella, también los optimistas de cada día. Pensemos que en nuestro país las carencias afloran por donde miremos, pero también los optimistas. Cuando haya alguna mano pidiendo también habrá otra (u otras) ofreciendo ayuda. No nos olvidemos que el optimismo es el motor más fuerte que nos lleva adelante y nos permite visualizar una mejor realidad y mostrársela claramente a quien la ve un poco borrosa.