mención de honor V Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Carlos Antognazzi

Ahora pienso en el orden en que se fueron dando los hechos para que todo resultara así, tan adecuado, tan necesario, y comprendo que aún sin creer en dios ni en las iglesias los milagros
existen, y que se manifiestan de las formas y en los momentos más insospechados. El ajedrez, papá, ¿recuerda? El ajedrez. Qué sencillo.
Mamá y papá estaban sumidos en la tristeza y la incomprensión por lo que ocurría en el país, yo había perdido el trabajo, a mi edad nadie me contrataría y el poco dinero ahorrado se estaba
yendo demasiado rápido. Papá ya ni siquiera hacía sus partidas, mamá había dejado sus bordados.
Alguien me sugirió acudir al médico, y éste, a su vez, consultar a un psicólogo. El psicólogo me dijo que debía hacer alguna cosa que me distrajera, escribir o pintar, o algo con las manos,
incluso, –alguna artesanía–, para no pensar tanto en los problemas. Regresé a casa más angustiado que cuando lo fui a ver. Escribir no podía. Hacía tiempo que solo podía leer, y eso
lentamente, con dificultad, porque apenas llegaba al final de la página había olvidado lo que decía al comienzo, así que me esforzaba en idas y vueltas que me hacían cansar y perder el
sentido del texto. Quedaba en pié la segunda sugerencia: hacer algo con las manos, aunque difícilmente fuera una artesanía.
La idea que surgió entonces, radiante por lo absurda, fue la del pozo. Cuando chico había hecho una excavación buscando el fin de un hiero rematado en una argolla que se usaba como anclaje
para sostener un poste de teléfonos. No había llegado al extremo, pese al enorme agujero que dejé en el medio de la vereda. Y aunque ahora recordaba esa aventura con un agridulce sabor a
derrota que en nada me ayudaba, pensé que el pozo era tan digno como cualquier otra cosa. Quizá consideraba que si diluía aquella derrota temprana podría tal vez amenguar la actual. Es más:
me convencí, ya pala en mano, de que lo abrumador del trabajo, lo gratuito, tendría su recompensa, porque en cierta medida respondería a la quijotada de una resistencia activa contra un
orden de cosas que parecía confabularse en mi contra.
Debía imaginar el objetivo, porque comencé a excavar en el jardín, y allí no había ningún anclaje de poste que me sirviera de guía o musa. Cuando llegué a un palmo de profundidad decidí
ampliar la boca para evitar problemas después. Tracé con puntadas rápidas un círculo de unos dos metros de diámetro, y seguí hacia abajo. Tres horas mas tarde, cansado, sudoroso, regresé la
pala al galponcito de las herramientas, al fondo del patio, y fui a ducharme. No se si el psicólogo había acertado, pero esa noche dormí sin la opresión de los últimos tiempos.
Mamá se desentendió pronto de mi esfuerzo en el jardín, como paulatinamente se iba desentendiendo de todas las cosas cotidianas. Ya no era lo mismo la comida. Todo más bien se iba
asemejando a una larga e insulsa siesta de verano, sin matices ni distorsiones. Mientras me afanaba en el jardín pensaba que así debía ser su cerebro también: una superficie sin rebordes,
cada vez más pulida, mas lisa, más inmensamente vacía. Papá no estaba mejor. Aunque conservaba algo de sus bríos pasados, había ido aflojando conjuntamente crecía la desazón por los
avatares del país. ¡Qué país! Varias veces papá se había arrepentido, en voz alta, de haber regresado de Europa. –¿Por qué no me habré quedado?–, se quejaba. Que mamá lo escuchara lo
tenía sin cuidado, cosa que en un principio me sorprendió: según sabía, el regreso fue para casarse con ella. Luego intuí que le daba lo mismo que mamá escuchara, porque esa amargura no era
nueva, y lo que yo atestiguaba en silencio era algo que venía de mucho antes, y que mamá debía conocer a la perfección.
Este distanciamiento me benefició, pues pude trabajar sin tener que responder a preguntas insidiosas que, sinceramente, no habría sabido contestar. ¿Para qué el hueco, al fin y al cabo,
salvo para “hacer algo” y descargar la angustia? El cansancio físico, es sabido, produce descanso en el cerebro. Al menos cuando uno puede dormir después de agotarse al sol. Cuando uno se
levanta se siente nuevo, pese al dolor de espalda y el temblor en las piernas. Pero a eso también uno se sobrepone. Al cabo de varios días de excavación las piernas parecieron
acostumbrarse, al igual que mis brazos y espalda.
El pozo crecía, y comprendí que el trabajo rendía sus frutos porque podía pensar con más claridad. Pensaba que la falta de una guía, por ejemplo, como había sido en la infancia el hierro
del anclaje, era un beneficio, porque sin ella nada me ataba a un fin: podía continuar la excavación porque la excavación era un fin en si misma, no un método (por mas que el psicólogo, a
quien no volví a ver, habría opinado lo contrario, convencido de que se trataba de un medio – el cansancio físico—para llegar a un fin—poner límite a mi pesadumbre–).
Al cabo de una semana tuve que llevar una escalera. El pozo ya tenía mas de dos metros de profundidad, con la consiguiente montaña de tierra que se abría a un costado, y me resultaba
difícil salir a fuerza de brazos. Fue un premio al esfuerzo: había logrado pasar el primer límite natural que imponía el trabajo. La excavación se había complicado, pero esa complicación
suponía, al mismo tiempo, un aliento; estaba en la senda correcta. Sin embargo debió pasar todavía otra semana para comprender hasta donde estaba bien encaminado. Fue cuando papá enfermó y
hubo que internarlo. Mama no tenia idea de nada, por lo que tuve que desatender el trabajo un par de días para dedicarme al sanatorio y la consecuente papelería. No era agradable pero, como
al pozo, alguien debía hacerlo. Quizá fue en ese momento que vislumbré la posibilidad de que el hueco no fuera solo un fin en si mismo, sino el extremo aun oculto de una senda definida.
Senda que, para poder ser apreciada, debía ir desbrozando de tierra y raíces, palada tras palada, siempre hacia abajo y los costados.
Regresé al jardín con espíritu renovado. Papá estaría unos días en observación, tiempo durante el que, mas que visitarlo, nada podría hacer. Tuve que convencer a mamá de que fuera a verlo,
aunque más no sea para mantener las apariencias. Durante el trayecto ella insistía en que debía ser una broma de papá para sacarla de la casa, –cuando él sabe bien que afuera me mareo y me
pueden asaltar–. Inútil explicarle que papá estaba enfermo de verdad y que aunque ella se mareara nadie querría asaltarla, primero, porque seguro no tenía nada de valor, y segundo, porque
a un metro de distancia ya se percibía el tufo de su piel marchita y de ropa sin lavar. Como muchos viejos mamá había restringido el ritual del baño a sólo un día a la semana, y eso cuando
yo se lo recordaba sin eufemismos.
Una vez que mamá se apoltronaba en el sanatorio yo regresaba al trabajo. El jardín había ido cambiando junto con el crecimiento del pozo. Donde antes había césped y plantas ahora se erigía
una montaña de tierra, una especie de volcán en ciernes, como me gustaba pensar entre palada y palada. Había llegado al nivel de la arena y el agua, lo que supone una profundidad de primera
napa, cuando el tiempo se descompuso y papá fue dado de alta, aunque debería guardar reposo en casa. Todo junto, todas cosas que me harían pensar en esa precisión de acontecimientos que no
pueden deberse a la mera casualidad o el azar.
Llovió cinco días seguidos. Papá apenas se enteró; vivía en una duermevela que poca diferencia debía tener con la que sufría mamá desde hacia tiempo. Mamá, por su parte, en cuanto me
descuidaba insistía con sus guisos atiborrados de sal que si para ella y papá resultaban verdaderos atentados para mí eran simplemente incomibles.
Durante la lluvia no pude trabajar. Y cuando escampó y salí comprendí que demoraría bastante en retomar la tarea: lo que había dejado como un bello hueco en medio del jardín ahora era una
pileta infecta, llena hasta la mitad con un agua barrosa plagada de ramitas y hojas y algún que otro caracol que no había alcanzado a aferrarse a la pared de tierra. Todo el trabajo se
había reducido a eso, finalmente. Otra vez estaba en medio de la depresión. ¿Qué diría de esto el psicólogo? Retiré la escalera y me dispuse a esperar. Para colmo se sucedían los cortes de
luz, y se sucedían los mismos diálogos absurdos con mamá en procura de las velas. ¿Dónde las había dejado? ¿En la cómoda o en el baño? ¿En el ropero o en la alacena? ¿Y el sol de noche a
gas? ¿Y el farol a querosén? Sumido como estaba en mi propio pesar, yo mismo no recordaba que durante el día debía procurar las velas o los faroles. Menos podía exigirle a mamá.
A la segunda noche descubrí que no se trataba de simples cortes de luz, sino lisa y llanamente que la empresa nos había retirado el medidor por falta de pago. Era lo último. Pero no se lo
dije a mamá porque habría sido enfrascarme en otra discusión bizantina y porque, además, en el caso de que pudiera comprender lo que le decía, habría sido infligirle un dolor gratuito.
Atiné, en cambio, a sugerirle que el farol a querosén estaba en el cuarto de las herramientas. Por un momento la sorpresa y la gratificación pudieron más que la angustia, y hasta esbocé una
sonrisa: la senda se clarificaba, lo azaroso perdía misterio.
-¿En el galponcito?- preguntó con dudas.
-Si, mamá, ahí. Estoy casi seguro. Pero haga el pedido de la verdura antes, que yo estoy con fiebre y no puedo salir. Así después cocino.
Mamá salió a la calle con el camisón que no se sacaba nunca. El verdulero fue puntual. El pedido, el de siempre. Y, como siempre –a cuenta–. Mamá entro con el bolso con papas y zapallitos
y lo dejó en la cocina.
– En el galponcito, en la estantería…- le susurré, temblando de excitación y temor.
Mamá entendió, y hacia allá fue. Entonces salí de casa. Lejos estaba la fiebre de mí, nunca me había sentido mejor. En el almacén compré un paquete de arroz y una lata de arvejas y me
mostré como de costumbre. Una pizca mas apagado, quizás, cuando el almacenero me preguntó, también como de costumbre, qué pensaba del país.
-Lo veo mal- murmuré-. Bastante mal.
Y entonces, sabiendo que era importante, le pregunté la hora.
-La hora- insistí ante su extrañeza-. Qué hora es, por favor.
Con eso bastaba. La hora y la compra y el diálogo. Y la calma. Nadie tiene el don de la ubicuidad, y es bueno poder demostrarlo con un testimonio certero. Todos los días hay accidentes; la
misma policía lo dice a menudo, la prensa lo repite. Y nosotros lo creemos, ¿por qué no?
Ni siquiera debí retirar el alambre tendido de pared a pared con el que ayudé a la suerte. Al tropezar con él mamá lo arrancó y se lo llevo consigo. Imagino sus esfuerzos, inútiles como los
de los caracoles y las babosas que han invadido el pozo, y preparo a papá sabiendo que realizo un acto de amor, de cristiana piedad, que nos evitará la humillación final:
– El ajedrez, papá, ¿recuerda? una de estas tardes podríamos jugar. Cuando se mejore, claro. Me parece que está en el galponcito de las herramientas.

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