Cuando los hijos callan

Mención de Honor I Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Gabriel Pinciroli

Las ruedas salpicaron de agua el cordón de la vereda hasta que el ómnibus se detuvo. Un hombre con un bolso de cuero descendió. La claridad difusa del amanecer lo hizo parpadear; dos arrugas breves rodearon sus ojos. Bostezó. Dejó el bolso en el suelo y se desperezó.

Cerró su campera y le alzó el cuello. A sus espaldas, el ómnibus partió. Se dio vuelta rápida y ceremonialmente, como para enfrentar a su adversario en un duelo. Observó todo con detenimiento para recuperar un espacio del que hacía mucho que estaba ausente: el inevitable monumento ecuestre, los árboles despojados, los senderos de conchilla, los bancos de piedra: la plaza seguía igual; también la municipalidad, la iglesia, la escuela y el bar en la esquina con las luces encendidas: nada podía cambiar en el pueblo. Decidió tomar un café. No tenía apuro por volver a ver la casa. Además, todavía era muy temprano.
* * *
—Te lo voy a tener que repetir: bajate del auto y esperame en casa.
—No.
—Mirá, lo que yo tengo que hacer…
—Eso no me importa. Lo que sí me importa es lo que yo tengo que hacer, o sea: no voy a dejar solo a mi hermano.
—Hace ocho años que no nos vemos y ahora te preocupás.
—Por eso. Como cualquier pelotudo me pasé los primeros treinta años de mi vida, incluidos estos últimos ocho, buscando cosas perdidas por otro… y sabés muy bien de quién estoy hablando. Al final me di cuenta de que mientras buscaba seguía perdiendo cosas, así que decidí tratar de no perder más nada, ¿me entendés? Lo que vos tengas que hacer tendrá que ver con tus principios. Lo que yo voy a hacer, con los míos. Eso es lo que aprendí en estos ocho años: ser fiel a mis principios, no traicionar a nadie ni traicionarme a mí mismo nunca más. No me pidas que te deje solo.
—Aprendiste a dar discursos. Se me pianta un lagrimón.
—Callate y arrancá. Vamos.
—¿Por qué volviste justo ahora?
—Porque me cansé de buscar soluciones a las cagadas del que ya sabés.
—Nunca lo nombrás.
—¿Querés que le diga “el viejo”, como le decís vos?
—También le digo “el hijo de puta”.
—A mí no me alcanza ninguna puteada. Por eso no lo nombro. Y en definitiva putearlo tampoco
es darle su nombre, así que ni vos ni yo lo nombramos.
—…
—En realidad no me cansé de buscar soluciones.
No encontré ninguna. Eso fue lo que pasó. Me di cuenta de que las cosas no tenían arreglo y de que la culpa no era mía y entonces dejé de tener vergüenza. Antes todo me daba vergüenza. Después de la muerte de mamá yo no podía mirar a nadie a los ojos. Sobre todo a vos. Yo sentía que tendría que haber hecho algo… Que los dos tendríamos que haber hecho algo… Así que tampoco entendía cómo vos le podías seguir el juego al que ya sabés. Y no me vengas con que se peleaban, porque al final siempre hacías lo que él quería y yo quedaba como el que estaba mal, yo era el culpable. Por eso me fui a la mierda. Pero un día me avivé de que la mierda no era mía, ni tampoco tuya, sino del que ya sabés, y decidí volver.
—¿Así que no te enteraste de nada?
—No, ¿por qué? ¿Me tenía que enterar de algo?
—De un par de cosas. Después de que vos desapareciste, a los dos meses también se fue el viejo. Fue como si recién ahí hubiera descubierto la culpa, como vos.
—¿No me digas? ¿Así que se esfumó?
—Sin dejar rastros, como vos.
—Por una vez hicimos lo mismo. Es paradójico,
¿no?
—No, es lógico.
—¿Estás seguro? Yo nunca quise hacer nada como él.
—Nadie es buen juez de sí mismo. Nunca te diste cuenta del parecido.
—No me jodas con eso.
—No te jodo; siempre fue así, ahora es así.
—Basta, en serio. ¿Y jamás llamó por teléfono
ni mandó una carta o algo así?
—Como vos. Nada, hasta ahora.
—Parala, estoy tratando de ser conciliador. Arrancá, dale. Contame en el camino estos últimos ocho años.
—Ya te dije. Prefiero ir solo. Va a ser mejor.
—Estamos grandes, no te hagás el hermano mayor.
—Y vos no te hagás el hermanito comprometido.
—Tenés razón: fui un traidor. Se murió mamá y me cagué y te dejé solo. Pero ahora estoy acá y vos vas a hacer algo muy importante y quiero ir con vos. ¿Te creés que no te conozco? Tenés la misma cara que el día que le fuiste a pegar al Negro Méndez. Vos vas a hacer algo muy jodido y yo no me voy a cagar encima esta vez. Volví y ya no te voy a traicionar más. Dejame ir con vos.
—Mirá, si venís conmigo vas a tener que hacer lo que yo te diga.
—Bueno.
—Escuchame bien: yo hago lo mío en dos minutos y vos me esperás en el auto, no te bajás por nada del mundo, ¿estamos?
—Estamos.
—¿Sabés lo que me dijo una vez el viejo? Que para el hijo de Dios la gloria habían sido dos palos cruzados, tres clavos y un cartel con una burla, y que él, en cambio, sabía que la gloria era encontrar que la última bala en la recámara tenía su nombre.
—¿Cuándo te dijo eso?
—No importa cuándo, la cosa es que lo dijo.
—Siempre hablaba de más. Mirá que decirle a un pelotudo como vos que la gloria es una forma de morir. Y no me vengas con que vamos a buscar la gloria.
—No. Vamos a buscar a uno al que ya le llegó la hora de conocer la gloria.
El Torino gris, salpicado de barro seco, barritó como un elefante y arrancó. En pocos minutos dejó atrás de una nube de tierra las tres últimas casas del pueblo.
* * *
Después de un rato de oír sólo el rumor irregular del motor, el hombre sentado en el asiento del acompañante comprendió que su hermano iba demasiado concentrado en lo que pensaba hacer, o en el camino (lo que viene a ser lo mismo), como para continuar la conversación.
Se dedicó entonces a mirar el paisaje que hacía años que no veía: los alambrados bajos, la extensión verde sin altura ni profundidad, las vacas negras, las vacas marrones, las vacas manchadas,
los montes de eucaliptos, los caminos de tierra hacia casas desdibujadas o invisibles, los postes altos con cables y nidos de hornero, el cielo palpablemente plano como encajado en el horizonte formando un ángulo agudo, las nubes un poco más cercanas e inexplicablemente colgadas del azul chato. Pensó que el campo exageraba su obviedad hasta parecer un decorado de la escena que estaban representando con su hermano y que alguien habría montado para ellos. Por un segundo dudó de que el auto avanzara realmente; imaginó una de esas películas viejas en las que coches inmóviles recorrían fondos en movimiento. La falsedad de las cosas le hizo pensar en su padre. Se alegró de que ya no estuviera en el pueblo, de no tener que enfrentarlo para concretar su regreso. Giró la cabeza y observó el perfil de su hermano: los rasgos le recordaron a su madre, la rigidez a su padre, el silencio, toda su infancia. Habían hecho muchas cosas juntos pero no habían hablado de ellas casi nunca.
Recordó su llegada al pueblo. Había esperado dos horas en el único bar tomando el mismo café quemado de siempre, hasta que se decidió a ir a la casa. Había caminado solamente una cuadra cuando se le cruzó en la esquina un viejo Torino que reconoció enseguida. Su hermano no se mostró muy sorprendido de verlo, simplemente frenó y lo dejó subirse al auto. No se abrazaron. Dieron una vuelta mirándose de reojo, sin conversar. Frente a la casa, ninguno de los dos se bajó del coche. El recién llegado observó las dos hojas entreabiertas de la puerta de calle y el zaguán que se perdía en la oscuridad. No sintió nostalgia, sí incomodidad. Su hermano le pidió que lo esperara allí y él no aceptó. Ya se había dado cuenta de que su hermano tenía algo que hacer que lo mantenía distante y no quiso abandonarlo. Ahora que en el auto pesaba el silencio, no estaba tan seguro de haber hecho lo correcto; probablemente estuviera molestando. Volvió a mirar el paisaje; volvió a sentir que la falsedad lo rodeaba.
* * *
El Torino se detuvo frente a una tranquera con el cartel “prohibido pasar”.
—Abrila.
El hombre sentado en el asiento del acompañante se bajó del auto y caminó hasta la tranquera. Tuvo que acomodarse el cuello de su abrigo; hacía frío a pesar de que faltaba poco para el mediodía. Mientras empujaba la tranquera, miró el horizonte y no pudo definir la distancia: se sintió obligado a pertenecer a esa tierra y a representar esa escena. El Torino pasó muy lentamente a su lado.
—Dejala abierta. Subí.
Regresó al asiento del acompañante y su hermano aceleró. Demoraron unos minutos en llegar a una casa pequeña y algo descuidada, junto a un molino de agua, algunos pinos y un corral vacío.
—Abrí la guantera.
—Una cuarenta y cinco, la mano viene pesada. Si seguís teniendo la puntería de cuando éramos chicos no le vas a dar ni a un elefante. Mejor la llevo yo. Vos marcame al tipo y yo me encargo.
—No soy de esa clase de Judas. Callate y dame la pistola. Y quedate sentado acá.
—¿Estás seguro?
—Sí, no es lo que vos te imaginás. No te preocupes.
Ya vengo.
* * *
A medio camino de vuelta hacia la tranquera, los dos hermanos oyeron el disparo.
—No pudo esperar. Y eso que le dije.
—¿Qué querés decir?
—Que se mató. Nada más.
—¿Vinimos hasta acá para traerle una pistola a un tipo que se quería matar?
—Sí.
—¿Qué clase de persona sos que le traés un arma a un suicida?
—Soy un hijo del hijo de puta. Y vos sos el otro.
—…
—Volvió al pueblo hace como un año y como no lo dejé entrar en casa ni quise hablarle salvo para putearlo se vino a vivir acá, que era el único campo en venta más o menos cerca. Parece que le había ido bien y se había llenado de plata. Ahora nos vamos a enterar. No pongas esa cara.
—…
—Me llamó hoy a la mañana, justo antes de que llegaras vos. Qué sincronía, ¿no? Empezó pidiéndome disculpas por todo lo que había hecho, como la primera vez que apareció y le cerré la puerta en la cara. No sé por qué, pero esta vez lo escuché. Habló un rato largo y yo me iba cagando de risa de todo lo que me decía. Pura mierda. Al final me dijo que había comprado estos campos para nosotros y que ya estaba decidido a hacer lo que acaba de hacer pero que necesitaba una pistola. El hijo de puta me estaba chantajeando… ¿Qué esperaba? ¿Qué yo dijera “no, no hagas eso” y fuera corriendo a abrazarlo?… Toda su vida manipulando, siempre el mismo traidor. Así que le dije que se la llevaba, que no tenía ningún problema.
—Frená.
El Torino se detuvo. El hombre sentado en el asiento del acompañante miró a su hermano a los ojos, tratando de buscar una justificación para la incredulidad. Como no la encontró, se bajó del coche. Caminó unos metros hacia la casa y luego comenzó a correr.
Pateó la puerta. Entró. Dio un par de pasos sintiendo el olor de la pólvora y después lo vio. Ya no se podía hacer nada. Advirtió que estaba agitado, no por la emoción, ni mucho menos por el llanto, sino por haber corrido. Miró a su alrededor. A través de una de las ventanas pudo distinguir cómo el Torino se alejaba. Ahora era su hermano el que lo dejaba solo a él.
Se sentó en una silla casi nueva, como todos los muebles que había en la habitación. Observó el cadáver y se preguntó si la bala tendría escrito el nombre que él no quería pronunciar. Se preguntó también si sus hijos, cuando los tuviera, podrían nombrarlo a él.

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